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Había una vez, en un valle escondido entre montañas que parecían gigantes dormidos, un pequeño dragón llamado Pip. Pip no era como los dragones de los cuentos antiguos. No era grande, ni ruidoso, ni lanzaba fuego por la nariz. Pip era del tamaño de un gatito, tenía escamas de color verde manzana y unas alas pequeñas que todavía no sabía usar muy bien. Lo que hacía a Pip especial no era su tamaño, sino lo que salía de su boca cuando intentaba rugir.
Una mañana de sol brillante, Pip se despertó en su camita de musgo suave. Estiró sus patitas, abrió mucho la boca y se preparó para dar su mejor rugido de buenos días. Pero en lugar de un '¡Roar!', de su boca salió un suave '¡Puf!'. Y de ese 'puf' nació una burbuja. No era una burbuja cualquiera; era una burbuja grande, redonda y brillante que reflejaba todos los colores del arcoíris. La burbuja flotó suavemente por la cueva, rozó una piedra y, al estallar, dejó un aroma a fresas silvestres.
Pip estaba asombrado. Lo intentó de nuevo. '¡Puf, puf, puf!'. Tres burbujas más salieron volando. Una era azul como el cielo, otra amarilla como el sol y la última rosa como las flores del campo. Pip se sintió muy feliz y decidió que era un día perfecto para salir a explorar el valle y compartir sus burbujas con el mundo.

Caminando por el sendero de piedras brillantes, Pip se encontró con Tito el Conejo. Tito estaba intentando alcanzar unas zanahorias que crecían en una parte muy alta del huerto. Pip se acercó y, con mucho cuidado, sopló una burbuja gigante debajo de Tito. El conejito, sorprendido, se elevó suavemente sobre la burbuja hasta llegar a las zanahorias. '¡Gracias, Pip!', exclamó Tito mientras bajaba saltando. Pip respondió con una ráfaga de burbujas pequeñas que bailaban alrededor del conejo como si fueran hadas de cristal.
Más adelante, cerca del río que cantaba canciones de cuna, Pip vio a Susi la Ardilla. Susi estaba triste porque había perdido su nuez favorita en el agua. Pip se acercó a la orilla y sopló una burbuja especial, una burbuja que brillaba con luz propia. La burbuja entró en el agua, rodeó la nuez y la subió a la superficie sin mojarla ni un poquito. Susi saltó de alegría y abrazó su nuez. Pip, emocionado, llenó el aire de burbujas plateadas que hacían un sonido musical al chocar entre sí: '¡Plinc, planc, plonc!'.
El sol empezó a bajar, pintando el cielo de color naranja y violeta. Pip llegó al gran árbol del centro del valle, donde todos los animales se reunían para descansar. Estaban el oso perezoso, los pajaritos de colores y hasta las mariposas de seda. Todos querían ver las burbujas mágicas de Pip. El pequeño dragón tomó aire profundamente, llenó sus pulmones de la brisa fresca de la tarde y sopló con todas sus fuerzas.

Cientos, miles de burbujas de todos los tamaños inundaron el valle. Había burbujas que olían a chocolate, burbujas que brillaban como estrellas y burbujas que, al estallar, soltaban una lluvia de purpurina invisible que hacía reír a todos. Los animales jugaron a atraparlas, a saltar sobre ellas y a ver sus reflejos en las paredes transparentes. El valle nunca había sido tan colorido ni tan alegre.
Cuando la luna blanca asomó por detrás de las montañas, Pip se sintió cansado. Sus alitas pesaban y sus ojitos se cerraban. Sus nuevos amigos le prepararon una cama de pétalos de flores bajo el gran árbol. Tito el Conejo le trajo una hoja suave para taparse, y Susi la Ardilla le dio una bellota de caramelo. Pip se acurrucó, dio un último suspiro y, de su nariz, salió una pequeña burbuja transparente que se quedó flotando sobre él como una lamparita nocturna.
Esa noche, todos en el valle soñaron con mundos de cristal y colores. Pip ya no quería ser un dragón que lanzara fuego. Él era el dragón de las burbujas, el que convertía un día normal en una aventura mágica. Y así, bajo la luz de las estrellas, el pequeño dragón se durmió con una sonrisa, sabiendo que mañana habría muchas más burbujas que soplar y muchos más amigos a los que hacer felices.
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