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Había una vez un viento muy pequeñito llamado Brisita. Brisita era un viento suave, dulce y de color azul transparente. A Brisita le encantaba viajar por el mundo, pero tenía un pequeño problema: ¡no sabía soplar! Cuando intentaba mover las copas de los árboles, nada pasaba. Cuando quería despeinar a los niños, sus cabellos ni se movían. Brisita se sentía un poco triste, pero decidió que iba a practicar mucho hasta convertirse en un gran soplador.
Un día, mientras paseaba por un campo lleno de flores, Brisita encontró una pluma blanca y muy suave que se había caído de un pajarito. La pluma descansaba sobre una piedra. Brisita se acercó despacito, llenó sus mejillas de aire y... ¡pfff! No pasó nada. La pluma seguía allí.
—¡Oh, no! —dijo Brisita—. Necesito ayuda. ¿Puedes ayudarme tú? Vamos a llenar los pulmones de aire, ponemos los labios como si fuéramos a dar un beso y soplamos juntos a la cuenta de tres. ¡Uno, dos y tres! ¡FUUUUUU!
¡Qué maravilla! Con tu ayuda, la pluma blanca se elevó por los aires, bailando y dando vueltas. Brisita estaba tan feliz que empezó a saltar de alegría. ¡Había logrado mover algo ligero!
Después de practicar mucho con la pluma, Brisita voló hasta un jardín donde una niña pequeña estaba jugando con un pompero. La niña intentaba hacer pompas, pero no había nada de viento. Brisita se puso justo delante del aro lleno de jabón. Quería hacer las burbujas más grandes del mundo.

—Esta vez necesito un soplido más largo —pensó Brisita—. ¿Me ayudas otra vez? Vamos a tomar mucho aire por la nariz... y ahora soltamos el aire muy despacito, como si estuviéramos inflando un globo gigante. ¡FUUUUUUUUUUUU!
¡Mira! Una, dos, tres... ¡cientos de burbujas de colores salieron volando! Eran brillantes y flotaban por todo el jardín. La niña reía y Brisita también. ¡Ya sabía soplar cosas un poquito más pesadas!
Pero Brisita quería seguir aprendiendo. Voló hasta la cocina de una casa y vio un vaso de agua con una pajita de rayas rojas. Brisita se metió dentro del vaso y se puso justo al final de la pajita. Quería hacer burbujas dentro del agua.
—Este soplido tiene que ser con fuerza, como si estuviéramos haciendo puntería —le dijo Brisita a su amiga—. ¿Estás lista? Toma aire... ¡y sopla fuerte por la pajita! ¡FU! ¡FU! ¡FU!
¡GLUB, GLUB, GLUB! El agua empezó a saltar y a llenarse de burbujas divertidas. ¡Era como una fiesta en el vaso! Brisita estaba cada vez más fuerte y sus mejillas ya no se cansaban tanto.

Ya era otoño, y el suelo estaba cubierto de hojas secas de colores amarillo, naranja y rojo. Brisita sabía que las hojas pesaban más que las plumas y las burbujas, pero no tenía miedo. Se colocó frente a un montón de hojas y se preparó.
—Este es el soplido más difícil —dijo Brisita—. Necesito que soplamos con todas nuestras fuerzas, como si quisiéramos apagar las velas de un pastel de cumpleaños muy grande. ¿Preparada? ¡A la una, a las dos y a las tres! ¡¡¡FUUUUUUUUUUUUUUU!!!
¡ZAS! Las hojas salieron volando como si fueran pájaros de colores. Se elevaron por encima de las casas y los árboles. ¡Brisita lo había logrado! Ahora era un viento valiente y capaz de mover cosas pesadas.
Para celebrar, Brisita fue al estanque del parque. Allí había un barquito de papel flotando en el agua. El barquito estaba quieto y no podía navegar. Brisita se puso detrás de la vela del barco, respiró hondo y dio un soplido constante y firme.
—¡Soplemos juntos para que el barco llegue al otro lado! ¡FUUUUUUU!
El barquito empezó a deslizarse por el agua, rápido y elegante. Brisita sonrió. Ya no era solo un viento pequeño, era un viento que sabía ayudar, jugar y, sobre todo, ¡sabía soplar de maravilla! Y cada vez que Brisita necesitaba un poco de ayuda, sabía que podía contar contigo para soplar muy, muy fuerte. ¡Adiós, Brisita! ¡Hasta el próximo soplido!
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