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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblo a orillas del río Paraguay, vivía una niña llamada Ana. Ana era muy curiosa y amaba explorar el monte que rodeaba su casa. Su abuela, Doña Elena, siempre le advertía: “Ana, ten cuidado al caer la noche. No te adentres en el monte cuando el sol se esconde, porque ahí vaga el Pombero”.
El Pombero, contaba Doña Elena, era un personaje de la mitología paraguaya. Un ser pequeño, cubierto de pelos, que protegía el monte y los animales. Se decía que era muy travieso y que podía ser bueno o malo, dependiendo de cómo lo trataran. A algunos les dejaba miel y frutas silvestres, a otros les escondía las herramientas o les asustaba con silbidos misteriosos.
Ana, aunque asustada por las historias de su abuela, sentía una gran curiosidad por el Pombero. Una tarde, mientras jugaba cerca del monte, escuchó un silbido suave y melancólico. Venía de la espesura de los árboles. Su corazón latió con fuerza. ¿Sería el Pombero?
Decidida a descubrirlo, Ana, ignorando las advertencias de su abuela, se adentró en el monte. El sol comenzaba a ocultarse, pintando el cielo de colores naranjas y violetas. El aire se llenó de sonidos extraños: el croar de las ranas, el canto de los grillos y el susurro del viento entre las hojas.
Siguiendo el silbido, Ana llegó a un claro. En el centro, vio una pequeña figura sentada sobre una raíz. Era pequeño, cubierto de pelos y tenía unos ojos brillantes que parecían dos luceros. Era el Pombero.
Ana sintió miedo, pero también una inmensa curiosidad. El Pombero la miró fijamente, sin decir una palabra. El silencio se hizo pesado. Ana, respirando hondo, le ofreció una galleta que llevaba en su bolsillo.
El Pombero la miró con desconfianza, pero finalmente tomó la galleta. La olió, la probó y luego sonrió. Su sonrisa era dulce y amable. Ana se sintió aliviada.
“Gracias”, dijo el Pombero con una voz suave y ronca. “Hace mucho que no pruebo algo tan delicioso.”
Ana se sorprendió. “¿No te gusta la miel y las frutas silvestres?”
El Pombero negó con la cabeza. “Me gustan, pero a veces me aburro de comer siempre lo mismo.”
Ana y el Pombero comenzaron a hablar. Ana le contó sobre su pueblo, sobre sus amigos y sobre su amor por el monte. El Pombero le contó sobre su trabajo de proteger los animales y las plantas, y sobre lo solo que se sentía a veces.
“A veces, los humanos no me entienden”, dijo el Pombero. “Creen que soy malo, pero solo quiero proteger lo que es mío.”
Ana entendió. Ella también se había sentido incomprendida a veces. Le prometió al Pombero que siempre respetaría el monte y los animales.
El sol se había ocultado por completo y la noche había caído sobre el monte. Era hora de que Ana regresara a casa. El Pombero la acompañó hasta el borde del monte.
“Gracias por la galleta y por tu compañía”, dijo el Pombero. “Espero que volvamos a vernos pronto.”
Ana se despidió del Pombero y corrió hacia su casa. Cuando llegó, su abuela la estaba esperando, muy preocupada.
“¡Ana! ¿Dónde estabas? Estaba muy preocupada”, dijo Doña Elena.
Ana le contó a su abuela sobre su encuentro con el Pombero. Doña Elena la escuchó con atención y luego sonrió.
“Ves, Ana”, dijo Doña Elena. “El Pombero no es malo. Solo hay que tratarlo con respeto y amabilidad.”
Desde esa noche, Ana y el Pombero se hicieron amigos. Ana visitaba al Pombero en el monte, le llevaba galletas y le contaba historias. El Pombero le enseñaba los secretos del monte y le mostraba los animales que protegía. Ana aprendió a amar y respetar la naturaleza gracias a su amistad con el Pombero.
Y aunque a veces escuchaba el silbido misterioso del Pombero en la noche, ya no sentía miedo. Sabía que era un amigo que la cuidaba y protegía.
Una noche, un granjero intentó talar árboles en el monte. El Pombero, furioso, le escondió las herramientas y le hizo perderse en el bosque. El granjero, asustado, huyó del monte y nunca más volvió.
Ana, al enterarse de lo sucedido, felicitó al Pombero. “Hiciste bien en proteger el monte”, le dijo.
El Pombero sonrió. “Siempre protegeré lo que es mío”, respondió.
Ana y el Pombero siguieron siendo amigos por muchos años. Ana creció y se convirtió en una defensora de la naturaleza. Siempre recordaba las enseñanzas del Pombero y siempre respetaba el monte y los animales.
Y cada vez que escuchaba el silbido misterioso del Pombero en la noche, sonreía, sabiendo que su amigo estaba allí, cuidando de ella y del monte.
Un día, Ana le preguntó al Pombero por qué siempre silbaba. El Pombero le respondió que silbaba para llamar a sus amigos, los animales del monte, y para espantar a los malos espíritus.
Desde ese día, Ana también aprendió a silbar. Silbaba para llamar a sus amigos, para expresar su alegría y para agradecer al Pombero por su amistad.
Y así, la amistad entre Ana y el Pombero se convirtió en una leyenda, una historia que se contaba de generación en generación en el pequeño pueblo a orillas del río Paraguay. Una historia de respeto, amistad y amor por la naturaleza.
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