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Gratis · elegí una vozA Elisa le encantaba el invierno. No por la nieve, que rara vez caía en su ciudad, sino por la lluvia. Le gustaba correr bajo la lluvia, sintiendo cada gota como un pequeño beso frío en su piel. Le encantaba chapotear en los charcos de agua, observando cómo las ondas se expandían y deformaban su reflejo. Y, sobre todo, le gustaba hablar con los pájaros que huían despavoridos por el viento y la lluvia. Les contaba secretos al viento, sabiendo que los pájaros, a pesar de su prisa, siempre escuchaban con atención.
Ella era tan feliz al sentir la brisa mojada del invierno y el techo del cielo jaspeado de grises, negras y blancas nubes. Cada forma era una nueva aventura, una nueva historia esperando ser contada. Unas parecían dragones dormidos, otras barcos navegando por un mar invisible, y algunas, incluso, elefantes danzando al ritmo del viento. No había como la estación del invierno que te otorgaba libertad para correr sola por las calles sintiendo la lluvia intensa en tu rostro. Era como si el mundo entero se volviera un patio de juegos gigante, solo para ella.
Su melena negra corta ondeaba con el viento junto a su bufanda blanca, que se contradecía con el negro azabache de sus botas cortas, pero que le daba un contraste melancólico con su abrigo rojo que la hacía ver como una estrella brillante en medio de la lluvia. Hoy, la lluvia caía con fuerza. Era una de esas tardes en las que el cielo parecía un gran lienzo gris, pintado con trazos gruesos y oscuros. Elisa, con su abrigo rojo brillante, era como una pincelada de alegría en ese paisaje monocromático.
Mientras corría, vio a un pequeño gorrión atrapado bajo una banca. El viento lo azotaba con fuerza y sus pequeñas plumas estaban empapadas y pegadas a su cuerpo. Elisa sintió una punzada de pena. Se acercó con cuidado al gorrión y le habló suavemente.
"Hola, pequeño," dijo Elisa, extendiendo su mano. "No tengas miedo. Te ayudaré."
El gorrión, tembloroso, se dejó tomar por Elisa. Ella lo envolvió con cuidado en su bufanda blanca, protegiéndolo del viento y la lluvia. Luego, corrió hacia su casa, sintiendo el pequeño cuerpo del gorrión temblar en sus manos.
Al llegar a casa, la tarde ya caía. Las luces de las ventanas brillaban cálidamente, invitándola a entrar. Abrió la puerta y el aroma reconfortante del chocolate caliente la envolvió. En la sala, la chimenea crepitaba alegremente, llenando el espacio con una luz dorada y acogedora. Su gato, Medianoche, y su perro, Sombra, ambos negros como la noche, la esperaban junto a la chimenea, acurrucados en los cojines calientes y suaves.
"¡Elisa!" exclamó su abuela, levantándose de su sillón. "¡Estás empapada! Ven, te prepararé un chocolate caliente."
Elisa sonrió y le mostró el gorrión a su abuela. "Lo encontré bajo una banca, abuela. Estaba muy asustado y empapado."
La abuela sonrió con ternura. "Eres una niña muy bondadosa, Elisa. Vamos a cuidarlo."
Juntos, Elisa y su abuela secaron cuidadosamente al gorrión con una toalla suave. Le ofrecieron un poco de agua y unas migajas de pan. El gorrión, poco a poco, fue recuperando su energía. Medianoche y Sombra observaban al pequeño pájaro con curiosidad, sin acercarse demasiado.
Mientras Elisa bebía su chocolate caliente frente a la chimenea, sintió una inmensa felicidad. La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro de su casa reinaba la calidez y el amor. El gorrión, ahora seco y tranquilo, dormía plácidamente en un pequeño nido que Elisa le había preparado en una caja de zapatos.
Esa noche, Elisa soñó que volaba con el gorrión por encima de las nubes grises. El sol brillaba con fuerza y el mundo entero se veía hermoso y brillante. Cuando despertó, la lluvia había cesado y el sol brillaba a través de la ventana. El gorrión piaba alegremente en su nido. Elisa lo liberó en el jardín y lo vio volar hacia el cielo, uniéndose a otros gorriones que cantaban felices en las ramas de los árboles.
Elisa sonrió. Sabía que el invierno, con su lluvia y su viento, no solo era una estación de soledad, sino también una oportunidad para ayudar a los demás y encontrar la alegría en las cosas más pequeñas. Y ella, con su abrigo rojo brillante, seguiría corriendo bajo la lluvia, chapoteando en los charcos y hablando con los pájaros, llevando la alegría del invierno a todos los rincones de su ciudad.
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