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Gratis · elegí una vozJacinta era una lagartija pequeñita, de color verde esmeralda brillante. Vivía en un jardín lleno de flores y mariposas, pero últimamente, Jacinta estaba muy, muy friolenta. Temblaba incluso cuando el viento era suave, y sus escamas parecían tener la piel de gallina. ¿La razón? El señor Sol se había vuelto increíblemente perezoso.
Cada mañana, cuando debería estar radiante y calentando la tierra, el señor Sol se quedaba dormido, escondido detrás de las nubes. ¡Ni siquiera un tímido rayito! Jacinta suspiraba. Ella necesitaba el calor del sol para sentirse fuerte y feliz, para cazar deliciosos bichitos y jugar con sus amigos los caracoles.
Un día, Jacinta decidió que ya era suficiente. "¡Esto tiene que cambiar!" exclamó, moviendo su colita con determinación. "¡Voy a hablar con el señor Sol!"
Así que, Jacinta emprendió un viaje hacia la montaña más alta del jardín, la más cercana al cielo. El camino era largo y lleno de obstáculos. Tuvo que esquivar piedras resbaladizas, trepar por tallos de flores gigantes y evitar las miradas hambrientas de un gato dormilón.
Finalmente, llegó a la cima. Allí, envuelta en una nube gris y esponjosa, estaba la cara adormilada del señor Sol. Roncaba suavemente, haciendo que la nube temblara un poquito.
Jacinta tosió suavemente. "Ejem, ejem... Señor Sol?"
El señor Sol no se movió.
Jacinta tosió más fuerte. "¡SEÑOR SOL!"
El señor Sol abrió un ojo, muy despacio. "¿Qué... qué pasa? ¿Quién me molesta a estas horas?" preguntó con voz ronca.
"Soy Jacinta, una lagartija del jardín. Señor Sol, ¡necesitamos su calor! Estoy friolenta, las flores están tristes y los caracoles no quieren salir de sus caparazones. ¡Por favor, despierte y brille!"
El señor Sol bostezó, un bostezo tan grande que hizo que la nube se sacudiera. "Lo siento, pequeña lagartija. Es que estoy muy cansado. He estado brillando durante millones de años, y necesito un descanso."
Jacinta sintió que su corazón se hundía. "Pero, señor Sol, si usted no brilla, todo el jardín se pondrá triste y frío. ¡Las flores se marchitarán y yo no podré jugar!"
El señor Sol suspiró. "Supongo que tienes razón. Pero, ¿qué puedo hacer? No tengo energía."
Jacinta pensó por un momento. Recordó que su abuela lagartija siempre le decía que la energía venía de la alegría y de hacer cosas buenas por los demás. Entonces, tuvo una idea brillante.
"Señor Sol," dijo Jacinta, "¿qué le parece si le contamos un cuento? Un cuento divertido que le haga reír y le dé energía."
El señor Sol se mostró interesado. "Un cuento, ¿eh? Nunca me han contado un cuento. Adelante, pequeña lagartija, cuéntame algo que me haga reír."
Jacinta respiró hondo y comenzó a contarle una historia sobre un caracol que quería volar, sobre una mariquita que se creía una estrella de rock y sobre una hormiga que intentaba escalar una montaña de terrones de azúcar. Contó las historias con tanta gracia y entusiasmo que el señor Sol comenzó a sonreír.
Al principio, fue solo una pequeña sonrisa, pero poco a poco, la sonrisa se hizo más grande y más brillante. El señor Sol comenzó a reír a carcajadas, una risa cálida y sonora que hizo que la nube gris se disipara.
La risa del señor Sol era tan poderosa que lo llenó de energía. Sus rayos comenzaron a brillar con fuerza, calentando el jardín y haciendo que las flores levantaran sus cabezas. Los caracoles salieron de sus caparazones y Jacinta sintió que su cuerpo se calentaba y se llenaba de alegría.
El señor Sol miró a Jacinta con gratitud. "Gracias, pequeña lagartija. Tu cuento me ha dado la energía que necesitaba. Prometo que nunca más me quedaré dormido."
Jacinta sonrió. "De nada, señor Sol. Me alegra haber podido ayudar."
Jacinta bajó de la montaña saltando de alegría. El jardín estaba radiante y lleno de vida. Corrió a jugar con sus amigos los caracoles y a cazar deliciosos bichitos, sintiendo el calor del sol en sus escamas.
Desde ese día, el señor Sol nunca más se quedó dormido. Siempre brillaba con fuerza, calentando la tierra y haciendo feliz a Jacinta y a todos los habitantes del jardín. Y Jacinta, cada vez que veía al señor Sol, le recordaba la importancia de la alegría y de ayudar a los demás. Aprendió que incluso la criatura más pequeña puede hacer una gran diferencia, incluso despertar a un sol perezoso.
Y así, Jacinta, la lagartija friolenta, se convirtió en la heroína del jardín, la que despertó al Sol perezoso con una simple historia y mucha valentía.
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