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Gratis · elegí una vozMaría era una niña radiante como el sol de la mañana. Le encantaba pintar, cantar y jugar a la rayuela con sus amigos en el parque. Tenía una sonrisa que podía iluminar toda la ciudad. Pero, un día, una sombra empezó a oscurecer su alegría. Algunos niños del colegio, con nombres como Pablo y Sofía, empezaron a burlarse de sus manos. "¡Mira, María, qué manos tan grandes! ¡Parecen palas!" se reían, señalando sus manos con dedos acusadores.
Al principio, María no les prestó mucha atención. Pensaba que era una broma sin importancia. Pero las risas y los comentarios hirientes se volvieron más frecuentes y crueles. Empezaron a evitar jugar con ella, murmurando a sus espaldas. María empezó a sentirse avergonzada de sus manos. Las escondía en sus bolsillos, las mantenía pegadas a su cuerpo y evitaba usarlas tanto como podía. Ya no disfrutaba pintar ni jugar a la rayuela, porque cada movimiento le recordaba las palabras crueles de Pablo y Sofía.
Un día, mientras caminaba a casa después de un día particularmente difícil en la escuela, María se sentó en un banco del parque, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Se sentía sola y triste. "¿Por qué mis manos tienen que ser tan grandes?" se lamentó en voz alta. Justo en ese momento, una anciana se sentó a su lado. La anciana tenía el pelo blanco como la nieve y una mirada amable en sus ojos.
"¿Qué te aflige, pequeña?" preguntó la anciana con una voz suave y reconfortante.
María, tímidamente, le contó sobre las burlas y su vergüenza por sus manos. La anciana escuchó atentamente, sin interrumpir ni una sola vez. Cuando María terminó de hablar, la anciana sonrió y tomó suavemente una de las manos de María en la suya.
"¿Sabes, querida?" dijo la anciana. "Tus manos son hermosas. Son fuertes y capaces. Son las manos de una artista, de una creadora. No dejes que las palabras de otros te hagan olvidar eso."
La anciana le contó a María la historia de su propia vida. Le contó cómo había usado sus manos para construir casas, cuidar a sus hijos y crear hermosos jardines. Le dijo que cada mano, grande o pequeña, tiene un propósito especial. "Tus manos son un regalo, María. Úsalas para hacer el bien, para crear belleza y para ayudar a los demás," aconsejó la anciana.
Las palabras de la anciana resonaron en el corazón de María. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un rayo de esperanza. Se dio cuenta de que la anciana tenía razón. Sus manos eran fuertes y capaces. Podía usarlas para pintar cuadros hermosos, para construir castillos de arena y para abrazar a sus amigos y familiares.
Al día siguiente, María fue a la escuela con una nueva determinación. Cuando Pablo y Sofía empezaron a burlarse de sus manos, María no se escondió ni se avergonzó. En cambio, levantó sus manos bien alto y dijo con voz firme: "Sí, mis manos son grandes. Y estoy orgullosa de ellas. Puedo hacer muchas cosas con mis manos. Puedo pintar cuadros hermosos, puedo construir cosas increíbles y puedo ayudar a los demás."
Pablo y Sofía se quedaron sorprendidos por la valentía de María. No esperaban que ella se defendiera. Se sintieron avergonzados de su propio comportamiento. María continuó: "En lugar de burlarse de mis manos, ¿por qué no las usan para hacer algo bueno? Podríamos trabajar juntos para construir un jardín en la escuela o para crear un mural para el hospital."
Pablo y Sofía se miraron el uno al otro. Se dieron cuenta de que María tenía razón. Se disculparon con María por sus palabras hirientes y le prometieron que nunca más se burlarían de ella.
Juntos, María, Pablo y Sofía, junto con otros niños del colegio, empezaron a trabajar en un proyecto para embellecer el jardín de la escuela. María usó sus manos para plantar flores y construir una fuente. Pablo y Sofía ayudaron a limpiar el jardín y a pintar un mural colorido. Juntos, crearon un espacio hermoso y acogedor para todos los estudiantes.
María aprendió que sus manos no eran algo de lo que avergonzarse, sino algo de lo que estar orgullosa. Aprendió que la verdadera belleza reside en el corazón y en las acciones. Y aprendió que, con valentía y determinación, podía superar cualquier obstáculo. Desde ese día en adelante, María nunca más dejó que las palabras de los demás la definieran. Siguió pintando, cantando y jugando con alegría, usando sus manos mágicas para hacer del mundo un lugar mejor.
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