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Gratis · elegí una vozSasha, con sus veinticuatro años y su uniforme de policía que le quedaba un poquito grande, no estaba persiguiendo ladrones de bancos ni gatos traviesos. ¡No, señor! Estaba persiguiendo… ¡zombis! Todo empezó con una gran tos, una tos muy, muy contagiosa que, según decían, había salido de muy lejos. No era una tos normal, ¡no! Esta tos convertía a la gente en… ¡zombis bailarines!
Los zombis no eran malvados, solo un poco torpes y con ganas de bailar todo el tiempo. Pero claro, ¡imagínate intentar cruzar la calle con un montón de zombis bailando el cha-cha-chá! Era un caos.
Sasha no estaba sola. Tenía a Ezequiel, su pareja, que era un genio con los aparatos. Ezequiel inventaba cosas increíbles con latas viejas, cables sueltos y un poco de imaginación. Juntos, eran el equipo perfecto para detener la Gran Tos Zombi.
"Tenemos que encontrar una cura, Ezequiel," decía Sasha, mirando a un grupo de zombis intentando bailar la macarena con un poste de luz. "Pero no una cura que les quite la alegría. ¡Solo que dejen de bailar sin parar!"
Ezequiel, rascándose la cabeza, respondió: "Tengo una idea. ¿Recuerdas la canción de cuna que le cantaba tu abuela a tu hermano pequeño? ¡La que lo dormía en dos segundos!"
Sasha abrió los ojos como platos. "¡La nana del koala! ¡Pero Ezequiel, eso es muy… aburrido!"
"Exacto," dijo Ezequiel con una sonrisa. "¡Tan aburrido que los zombis dejarán de bailar y se quedarán… dormiditos! Solo necesitamos un altavoz gigante y… ¡listo!"
Así que se pusieron manos a la obra. Ezequiel construyó un altavoz gigante con una olla vieja, un paraguas roto y un megáfono que encontró en el depósito de la policía. Sasha, mientras tanto, buscó la letra de la nana del koala. Era una canción larguísima, llena de koalas bostezando y eucaliptos que se balanceaban lentamente.
Cuando el altavoz estuvo listo, lo llevaron a la plaza principal, donde más zombis bailarines había. La música a todo volumen era… ¡caótica! Zombis bailando salsa se chocaban con zombis bailando tango, y un grupo de zombis intentaba hacer la ola sin mucho éxito.
Ezequiel enchufó el altavoz. Al principio, solo se escuchó un zumbido. Luego, la voz suave de Sasha empezó a cantar la nana del koala. "Duérmete, koala, duérmete ya… la luna te mira desde el eucalipto…"
Al principio, los zombis no hicieron caso. Pero poco a poco, sus movimientos se fueron haciendo más lentos. Los pies dejaron de moverse con tanta energía. Los brazos dejaron de balancearse. La sonrisa en sus caras se volvió… somnolienta.
Uno por uno, los zombis empezaron a bostezar. Se apoyaron en los árboles, en los postes de luz, incluso en los hombros de otros zombis. Y, poco a poco, ¡se quedaron dormidos!
La plaza quedó en silencio, llena de zombis dormidos. Sasha y Ezequiel se miraron, exhaustos pero felices. ¡Habían logrado detener la Gran Tos Zombi… con una canción de cuna!
Pero la aventura no terminaba ahí. Ahora, tenían que encontrar una forma de que la gente despertara sin volver a toser y convertirse en zombis bailarines. Ezequiel, siempre con una idea en la manga, propuso un plan.
"Necesitamos algo que les recuerde lo divertido que es estar despiertos," dijo Ezequiel. "¡Algo que les haga reír!"
Sasha pensó un momento. "¡Ya sé! ¡Un festival de payasos!"
Organizaron un festival de payasos con narices rojas, globos de colores y muchísimos chistes tontos. Cuando los zombis empezaron a despertar, lo primero que vieron fueron payasos haciendo malabares con zanahorias y contándoles chistes sobre pollos que no sabían cruzar la calle.
¡Funcionó! Los zombis se echaron a reír a carcajadas. La risa era tan contagiosa que, poco a poco, todos volvieron a ser personas normales, sin ganas de bailar el cha-cha-chá ni bostezar como koalas.
Sasha y Ezequiel fueron aclamados como héroes. Habían salvado la ciudad de la Gran Tos Zombi con una canción de cuna y un festival de payasos. Y así, Sasha aprendió que a veces, las soluciones más inesperadas son las más efectivas, y que incluso los zombis necesitan una buena siesta y un buen chiste para volver a ser ellos mismos.
Desde ese día, Sasha siguió siendo policía, pero también se convirtió en la protectora oficial de las siestas y los chistes buenos. Y Ezequiel, bueno, Ezequiel siguió inventando cosas increíbles, siempre listo para salvar el día… ¡con una buena dosis de imaginación!
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