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Victoria tenía un secreto, un secreto grande como un elefante rosa y peludo: ¡le tenía miedo a la oscuridad! No era un miedo pequeño, no señor. Era un miedo que le hacía cosquillas en la barriga, que le hacía saltar el corazón como una rana y que le susurraba cosas raras al oído cuando las luces se apagaban.
Cada noche, cuando su mamá le decía: "¡Buenas noches, mi amor!", y apagaba la luz, Victoria se acurrucaba bajo las sábanas, esperando que el miedo no viniera a visitarla. Imaginaba monstruos debajo de la cama, sombras que se movían en las paredes y ruidos extraños que venían de todas partes.
Una noche, el miedo era especialmente grande. La luna se escondía detrás de unas nubes gordas y grises, y el viento aullaba afuera como un lobo hambriento. Victoria apretó los ojos con fuerza y se tapó los oídos. De repente, sintió algo suave en su mano. Abrió un poquito los ojos y vio… ¡una pequeña luciérnaga!
La luciérnaga brillaba con una luz tenue y amigable. Voló alrededor de la habitación, dibujando círculos luminosos en el aire. Victoria, con un poco de miedo aún, la observó con curiosidad.
La luciérnaga se posó en su nariz. Victoria soltó una pequeña risita. "¡Cosquillas!", dijo.
La luciérnaga pareció entenderla. Voló hasta una estantería y se posó sobre un libro. Victoria se sentó en la cama y miró el libro. Era un libro de cuentos de hadas, lleno de princesas valientes y dragones amigables.
La luciérnaga brilló con más intensidad. Victoria entendió el mensaje: ¡no tenía que tener miedo! La oscuridad no era un lugar lleno de monstruos, sino un lugar lleno de posibilidades. Podía imaginar mundos fantásticos, soñar con aventuras increíbles y crear historias maravillosas en su mente.
Así que Victoria tomó el libro de cuentos de hadas y comenzó a leer. La luz de la luciérnaga iluminaba las páginas, haciéndolas brillar como si estuvieran hechas de estrellas. A medida que leía, el miedo se iba desvaneciendo, reemplazado por la emoción y la imaginación.
Leyó sobre princesas que rescataban príncipes, sobre dragones que hacían amigos y sobre hadas que cumplían deseos. Se dio cuenta de que la oscuridad no era tan mala después de todo. Era un lienzo en blanco donde podía pintar sus propios sueños.
Cuando terminó el primer cuento, Victoria se sentía mucho más valiente. La luciérnaga seguía allí, brillando con su luz suave y amigable. Victoria le sonrió. "Gracias", le dijo. "Me has enseñado que la oscuridad no es algo a lo que hay que temer".
La luciérnaga voló hasta la ventana y miró hacia afuera. Luego, volvió a Victoria y brilló una última vez antes de salir volando hacia la noche. Victoria la siguió con la mirada hasta que desapareció entre los árboles.
Victoria se acostó de nuevo en la cama, pero esta vez no tenía miedo. La oscuridad ya no le parecía amenazante, sino misteriosa y llena de posibilidades. Cerró los ojos y comenzó a imaginar su propia historia de hadas, una historia donde ella era la princesa valiente que salvaba el mundo.
Desde esa noche, Victoria ya no le tuvo miedo a la oscuridad. Aprendió que el miedo es solo una sombra y que la imaginación es una luz que puede iluminar cualquier noche. Y cada vez que veía una luciérnaga, recordaba a su pequeña amiga que le había enseñado a amar la noche.
Al día siguiente, Victoria le contó a su mamá sobre la luciérnaga. Su mamá sonrió y le dijo: "Quizás era un ángel de la guarda que vino a cuidarte".
Victoria sonrió también. Tal vez su mamá tenía razón. O tal vez, simplemente, era una luciérnaga muy especial que le había mostrado el poder de su propia valentía.
Ahora, cuando llega la noche, Victoria espera con alegría el momento de apagar la luz. Ya no se acurruca bajo las sábanas, sino que se sienta en la cama con su libro de cuentos de hadas y deja volar su imaginación. Porque sabe que, incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay una luz que puede guiarla: la luz de su propia valentía y la luz de la noche amiga.
Desde entonces, Victoria siempre deja la ventana un poco abierta, por si acaso su amiga la luciérnaga decide volver a visitarla. Y cada vez que ve una estrella fugaz, pide un deseo: que todos los niños del mundo aprendan a amar la noche y a vencer sus miedos.
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