¡Ana y Simón en la Luna Lunática!
Ana y su hermanito Simón viajan en un cohete a la Luna donde conocen a los Lunáticos, unos alienígenas amigables. Después de jugar y comer cosas deliciosas, Ana los invita a visitar la Tierra para conocer a sus gatitos Clara y Tita.
Ana, con sus siete años y un entusiasmo que podía iluminar una galaxia, ajustó el cinturón de seguridad de su hermanito Simón, de apenas dos. Simón, con sus ojos grandes y redondos, observaba todo con asombro. "¡Listos para el despegue, Simón!", exclamó Ana, mientras presionaba el botón rojo que decía ¡A la Luna!. El cohete, que en realidad era una vieja lavadora modificada por el abuelo científico, tembló, vibró y ¡BUM! Despegó hacia el cielo estrellado. Ana y Simón gritaban de alegría mientras veían la Tierra hacerse más pequeña debajo de ellos. Después de un viaje lleno de estrellas fugaces y constelaciones brillantes, el cohete aterrizó suavemente en la Luna. Al abrir la puerta, Ana y Simón se quedaron boquiabiertos. La Luna no era gris y polvorienta como en los libros. ¡Era de color rosa chicle y olía a fresa! De pronto, unos seres pequeñitos, con antenas brillantes y piel verde manzana, se acercaron saltando. Tenían ojos enormes y sonrisas aún más grandes. "¡Bienvenidos, terrícolas!", dijeron en una voz melodiosa que sonaba como campanillas. "Somos los Lunáticos y estamos muy contentos de tener visitantes". Ana, siempre valiente, dio un paso adelante y se presentó. "Hola, soy Ana y este es mi hermanito Simón". Simón, tímidamente, saludó con la mano. Los Lunáticos los invitaron a su ciudad, que estaba hecha de queso lunar y decorada con caramelos gigantes. "¡Qué lindo!", exclamó Ana, maravillada. "¡Tenemos muchas cosas ricas para ofrecerles!", dijo un Lunático llamado Zorp. Trajeron platos llenos de helado de meteorito, galletas de polvo de estrellas y jugo de arcoíris. Simón probó todo con gusto, manchándose la cara de colores. Ana también disfrutó de la deliciosa comida lunar. Después de la comida, los Lunáticos los llevaron a jugar. Se deslizaron por toboganes de chocolate, saltaron en camas elásticas de nubes y jugaron a las escondidas entre cráteres de algodón de azúcar. Simón reía a carcajadas mientras los Lunáticos lo hacían volar por el aire con sus poderes lunares. Ana y Simón pasaron horas jugando con los Lunáticos. Aprendieron su idioma, que consistía en risas y melodías, y les enseñaron a jugar a la rayuela. La tarde lunar pasó volando. Cuando el sol, que en la Luna era una bola gigante de chicle, comenzó a ponerse, Ana supo que era hora de regresar a la Tierra. "Muchas gracias por todo, Lunáticos", dijo Ana. "Nos hemos divertido mucho". "¡Nosotros también!", respondieron los Lunáticos. "Esperamos que vuelvan pronto". Ana tuvo una idea brillante. "¿Y si ustedes nos visitan a nosotros?", preguntó. "Podemos mostrarles nuestra casa, nuestro jardín y… ¡mis dos gatitos! Se llaman Clara y Tita y son muy cariñosas". Los Lunáticos se miraron emocionados. "¡Claro que sí!", dijeron al unísono. "Nos encantaría conocer la Tierra y a tus gatitos". Ana les explicó cómo llegar a su casa y prometió prepararles un festín terrestre con pizza y helado de chocolate. Los Lunáticos se despidieron con abrazos y promesas de una pronta visita. Ana y Simón subieron al cohete, sintiéndose felices y llenos de aventuras. Mientras despegaban, vieron a los Lunáticos agitando sus antenas brillantes en señal de despedida. De regreso en la Tierra, Ana y Simón se acostaron en sus camas, soñando con los Lunáticos y su visita a la Tierra. Ana estaba especialmente emocionada de presentarles a Clara y Tita. Sabía que los Lunáticos y sus gatitos se harían grandes amigos. La Luna Lunática había sido una aventura inolvidable, y la promesa de una visita extraterrestre llenaba sus corazones de alegría y anticipación. Dormir se hizo fácil, pensando en todos los juegos y risas que compartirían con sus nuevos amigos lunares y sus adorables gatitos. Al día siguiente, Ana y Simón pasaron la mañana preparando la casa para sus visitantes. Limpiaron sus juguetes, hicieron dibujos de la Luna y prepararon un gran cartel de bienvenida. Estaban tan emocionados que apenas podían contenerse. Sabían que la visita de los Lunáticos sería una experiencia maravillosa para todos, y estaban ansiosos por compartir la belleza de la Tierra con sus nuevos amigos del espacio.
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