El Laberinto de las Luces Perdidas

El Laberinto de las Luces Perdidas

Cuento corto para niños

El Laberinto de las Luces Perdidas

En un laberinto de luces, un hombre conoce a una mujer misteriosa que lo despoja de todo. Perdido y sin rumbo, encuentra a otra mujer que lo ayuda a ver sus errores pasados. Al darse cuenta de que debe encontrar su propia alma, se embarca en un viaje lleno de vida y lecciones.

A partir de: La ciudad era un laberinto de luces heridas y calles que nunca llevaban al mismo destino. Fue allí donde la vi por primera vez: el cabello rojo como un incendio en su último suspiro, los ojos oscuros como la última profundidad del océano. No preguntó mi nombre ni me dio el suyo. Simplemente encendió un cigarro con mi encendedor y, con la naturalidad de quien reclama lo que siempre le ha pertenecido, se fumó mi hierba, bebió mi agua, secó la tinta de mi lapicera. Me despojó de todo, incluso de mi voz. —¿Qué haces? —pregunté, pero su mirada me dejó claro que las respuestas eran irrelevantes. Esa noche la pasamos juntos, pero fue como si yo no estuviera allí. Ella devoraba el mundo con la misma indiferencia con la que me dejaba atrás. A la mañana siguiente, solo quedaron las cenizas de su cigarro mal armado y un vacío en el aire, como si alguien hubiese apagado la música de golpe. Algo en mí se había roto. Huir fue lo único que pude hacer. Dejé la cama hecha y una carta que nunca envié. Me alejé de todo, incluso de mí mismo. Perdí mi sombra en el camino, olvidé de dónde venía, y en el intento de encontrarme, me despojé hasta de mis recuerdos. Solo quedó el eco de lo que alguna vez fui, caminando sin rumbo en una ciudad que ya no me reconocía. El viaje no tenía destino, solo rutas abiertas y canciones mal tarareadas. En algún momento el viento me llevó hasta otra mujer. Era rubia, con flores en el cabello, como si la primavera la hubiera reclamado para sí. Me observó en silencio, como si pudiera ver lo que no había contado a nadie, lo que ni siquiera yo entendía. Con una delicadeza inesperada cerró mis ojos, puso un cigarro en mis labios y sostuvo el cenicero entre sus dedos. —Míralo todo —dijo al fin, alcanzándome una escalera. Desde lo alto pude ver las ruinas de lo que había sido. Cada paso que había dejado atrás, cada error y cada verdad que no quise enfrentar. La noche en que dejé la carta sobre la mesa. La sombra que se quedó esperando en una esquina. Cuando bajé, ella dejó caer una lágrima y me besó la mejilla. Nos separaban apenas unos centímetros, lo suficiente para que sintiera su aliento mezclarse con el mío. Intenté abrazarla, pero ella negó con la cabeza y retrocedió. —No me toques. No me lastimes. No profanes lo que no puedes sostener. Eres demasiado humano para quedarte. —¿Puedo volver? —pregunté. Ella negó nuevamente, con una tristeza que me atravesó el pecho. —Cuando encuentres tu alma, mi nombre ya no será mi nombre. Mi rostro será otro, mis manos ya no serán tuyas. No perteneceré a nadie. Selló mis labios con la punta de sus dedos y se desvaneció en la niebla. Su última advertencia quedó flotando en el aire, pesando más que el humo de su cigarro: —No busques en los cuerpos lo que perdiste dentro de ti. Sigue caminando antes de que también pierdas tu sombra. El cielo no está para que lo pintes, sino para que sueñes despierto. Y recuerda: el errante no tiene casa, solo caminos. Caminos llenos de vida. Me quedé solo con un cigarro mal armado y un cenicero lleno de cenizas que no eran del todo mías. Encendí la colilla, respiré hondo y seguí andando, porque al final, cuando no tienes un lugar al que volver, el único sentido está en no detenerse.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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El Laberinto de las Luces Perdidas

La ciudad era un laberinto de luces heridas y calles que nunca llevaban al mismo destino. Fue allí donde la vi por primera vez: el cabello rojo como un incendio en su último suspiro, los ojos oscuros como la última profundidad del océano. No preguntó mi nombre ni me dio el suyo. Simplemente encendió un cigarro con mi encendedor y, con la naturalidad de quien reclama lo que siempre le ha pertenecido, se fumó mi hierba, bebió mi agua, secó la tinta de mi lapicera. Me despojó de todo, incluso de mi voz.

—¿Qué haces? —pregunté, pero su mirada me dejó claro que las respuestas eran irrelevantes.

Esa noche la pasamos juntos, pero fue como si yo no estuviera allí. Ella devoraba el mundo con la misma indiferencia con la que me dejaba atrás. A la mañana siguiente, solo quedaron las cenizas de su cigarro mal armado y un vacío en el aire, como si alguien hubiese apagado la música de golpe. Algo en mí se había roto. Huir fue lo único que pude hacer.

Dejé la cama hecha y una carta que nunca envié. Me alejé de todo, incluso de mí mismo. Perdí mi sombra en el camino, olvidé de dónde venía, y en el intento de encontrarme, me despojé hasta de mis recuerdos. Solo quedó el eco de lo que alguna vez fui, caminando sin rumbo en una ciudad que ya no me reconocía.

El viaje no tenía destino, solo rutas abiertas y canciones mal tarareadas. En algún momento el viento me llevó hasta otra mujer. Era rubia, con flores en el cabello, como si la primavera la hubiera reclamado para sí. Me observó en silencio, como si pudiera ver lo que no había contado a nadie, lo que ni siquiera yo entendía. Con una delicadeza inesperada cerró mis ojos, puso un cigarro en mis labios y sostuvo el cenicero entre sus dedos.

—Míralo todo —dijo al fin, alcanzándome una escalera.

Desde lo alto pude ver las ruinas de lo que había sido. Cada paso que había dejado atrás, cada error y cada verdad que no quise enfrentar. La noche en que dejé la carta sobre la mesa. La sombra que se quedó esperando en una esquina. Cuando bajé, ella dejó caer una lágrima y me besó la mejilla. Nos separaban apenas unos centímetros, lo suficiente para que sintiera su aliento mezclarse con el mío. Intenté abrazarla, pero ella negó con la cabeza y retrocedió.

—No me toques. No me lastimes. No profanes lo que no puedes sostener. Eres demasiado humano para quedarte.

—¿Puedo volver? —pregunté.

Ella negó nuevamente, con una tristeza que me atravesó el pecho.

—Cuando encuentres tu alma, mi nombre ya no será mi nombre. Mi rostro será otro, mis manos ya no serán tuyas. No perteneceré a nadie.

Selló mis labios con la punta de sus dedos y se desvaneció en la niebla. Su última advertencia quedó flotando en el aire, pesando más que el humo de su cigarro:

—No busques en los cuerpos lo que perdiste dentro de ti. Sigue caminando antes de que también pierdas tu sombra. El cielo no está para que lo pintes, sino para que sueñes despierto. Y recuerda: el errante no tiene casa, solo caminos. Caminos llenos de vida.

Me quedé solo con un cigarro mal armado y un cenicero lleno de cenizas que no eran del todo mías. Encendí la colilla, respiré hondo y seguí andando, porque al final, cuando no tienes un lugar al que volver, el único sentido está en no detenerse.

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Publicado el 14/04/2026

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