¡Elur, la Pequeña Estrella de Vitoria!
Elur cuenta la historia de sus primeros tres años de vida. Desde las expectativas de sus padres antes de nacer, pasando por sus dificultades iniciales con la lactancia, hasta sus primeros pasos y palabras. Es un relato tierno sobre el crecimiento, el amor familiar y el aprendizaje.
Mi nombre es Elur y nací el 26 de septiembre de 2018 en Vitoria-Gasteiz. A lo largo de mi vida he pasado por varias etapas, que me han ayudado a crecer, a aprender y a convertirme en la persona que soy hoy, pero en esta autobiografía solo contaré mi historia de 0 a 3 años. Antes de que yo naciera, mis padres sentían emociones muy intensas. Para ellos, ser padres fue una experiencia llena de ilusión, miedo y preguntas. Mi padre, sobre todo, vivía el momento tan emocionado como asustado: estaba eufórico, pero temía lo desconocido. Mi madre, en cambio, vivía el embarazo con ilusión y felicidad, aunque siempre tenía ese miedo interno a que algo saliera mal. Ambos querían hacerlo lo mejor posible. Querían que todo saliera bien, y por eso asistieron a cursos de preparación al parto y de cuidado del bebé. Querían aprender cómo cuidar, cómo comprender y cómo estar preparados. Desde el principio tuvieron muy clara su visión sobre la educación. Querían que mi infancia estuviera libre de influencias religiosas, que me educaran en escuelas públicas y que tuviera libertad para tomar mis propias decisiones. Un ejemplo de ello es que no querían ponerme pendientes, para que yo pudiera decidirlo cuando creciera. Esa libertad y la idea del respeto han estado muy presentes en mi vida, y han influido mucho en mi forma de pensar. Durante el embarazo, mi madre tuvo una conexión especial conmigo a través de la música. En casa se escuchaba mucho rock, el género favorito de mis padres. Yo no he heredado del todo esa afición al rock, pero sí el amor por la música. Durante el embarazo, mi madre tuvo diabetes gestacional y tuvo que seguir una dieta estricta. Algunos olores le resultaban insoportables, sobre todo el de la nevera, y a menudo vomitaba. Sin embargo, siempre dice que el embarazo fue una época muy especial, llena de amor e ilusión. Mi nacimiento no fue del todo fácil, porque nací por cesárea y el cordón umbilical me dio dos vueltas. Nací con solo ocho meses y una semana, y pasé las dos primeras semanas en la incubadora. Al nacer pesaba 2.310 gramos y medía 45 centímetros, con un perímetro craneal de 32 cm. En la prueba de Apgar obtuve una puntuación de 9 en el primer minuto y de 10 en los cinco minutos. Al principio intentamos la lactancia natural, con mi madre dándome el pecho. Sin embargo, empecé a perder peso y no comía lo suficiente. Mi madre lo intentaba, pero mi cuerpo no recibía suficiente alimento. Los médicos le dijeron a mi madre que lo estaba haciendo todo muy bien, pero como mi peso seguía bajando, existía el riesgo de que tuvieran que ingresarme en el hospital. Por eso, mis padres decidieron utilizar la lactancia artificial. Esa decisión no fue fácil, pero supieron que era la mejor opción para mí. No fue un problema de mi madre con el pecho, sino una decisión para garantizar mi bienestar y mi salud. Así, empecé a alimentarme con biberón y, poco a poco, fui ganando peso y haciéndome más fuerte. Desde los primeros meses de mi vida, mi desarrollo sensorial fue bastante bueno. Mostraba una gran sensibilidad auditiva: los ruidos fuertes me hacían sentir incómoda y me despertaba fácilmente. En cambio, disfrutaba de los sonidos suaves, como la voz de mis padres o las canciones que me cantaban. También tenía un olfato muy desarrollado, lo que me hacía reaccionar rápidamente a los olores, distinguiendo fácilmente los que me gustaban de los que no. Nunca usé chupete, no me gustaba. Mis padres solían acostarme boca arriba, y según me cuentan, aprendí a sentarme sola. A veces me ponían en la hamaca o en el andador, sobre todo cuando mis padres tenían que hacer algo y no podían tenerme en brazos. Pero no lo usaban demasiado. Gateé durante cinco meses y empecé a andar con 13 meses. Mis padres vivían esos momentos como una celebración y siempre me animaban. Eso me dio mucha confianza desde el principio. Mis hábitos de higiene surgieron desde pequeña: aprendí a lavarme las manos y los dientes con frecuencia, y he mantenido ese hábito hasta hoy. En cuanto al descanso, dormía bien; al principio de un tirón, aunque luego me despertaba con más frecuencia. Recibí todas las vacunas, incluso algunas adicionales. Me cambiaban la ropa interior a diario y usaba una silla homologada cuando iba en coche. Mis primeros dientes salieron con 5-6 meses y luego me salieron más cuando empecé poco a poco con la alimentación. En mi primer año recibí muchos estímulos sensoriales: musicales, visuales y orales. En casa me hablaban constantemente, me contaban cuentos y me ponían música, lo que ayudó mucho a completar el desarrollo del lenguaje y de los sentidos. Mis primeras palabras fueron "papá", "mamá" y "tata". Mis padres dicen que las escucharon por primera vez de mi boca cuando tenía unos 7 meses. Al principio eran sonidos sueltos, pero poco a poco se fueron convirtiendo en palabras llenas de significado. Empecé a hablar de verdad cuando tenía 16 o 17 meses. Ese momento fue muy especial en mi familia: mis padres me escuchaban asombrados y contentos decir frases pequeñas, y yo también me sentía a gusto comunicándome con los que me rodeaban. Desde pequeña, a mi alrededor han estado presentes dos idiomas: el euskera y el castellano. Mi madre me hablaba en euskera y mi padre en castellano. La abuela fue una persona fundamental en el desarrollo de mi lenguaje oral, ya que me contaba muchos cuentos, tanto de noche como de día. Algunos eran clásicos, como Caperucita Roja o Los Tres Cerditos, por ejemplo, pero muchas veces los inventaba ella, añadiendo personajes o historias nuevas. Utilizaba algunas palabras especiales para nombrar o expresar mi entorno, por ejemplo "kakasura" (¡mira el camión de la basura!), o "lendacario" (calendario), kotxolate (chocolate) y repetía mucho "agua". En lugar de decir "furgoneta", decía "furuleta". Mi primer idioma fue el castellano, el que más se usaba en casa, y el segundo idioma el euskera, que utilizaba principalmente mi madre. El ambiente familiar era cálido y permisivo, pero también estructurado, debido a mis necesidades de salud. Mis padres mantenían una rutina fija, pero siempre desde el amor. Empecé en la guardería con tres años, porque mis padres tenían largas jornadas laborales. Al principio, habían pensado llevarme un poco más tarde, pero al final fue necesario. El proceso de adaptación a la guardería fue bastante fácil. No era una niña tímida, y rápidamente hice amigos. Me gustaba mucho ir, y allí conocí a uno de mis primeros amigos, Egoitz. Los dos jugábamos juntos todos los días, y fuimos buenos amigos durante muchos años. Aunque con el tiempo perdimos el contacto, a menudo recuerdo los juegos que compartimos, las risas y los primeros pequeños secretos. En esa amistad aprendí lo que era la confianza, y me di cuenta de que la amistad no siempre es para siempre, pero deja huellas para siempre.
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