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Gratis · elegí una vozEn lo profundo de la Amazonía vivía Kuri, un niño kichwa curioso y alegre, que amaba correr entre los árboles gigantes y escuchar los sonidos del bosque. Sus pies descalzos conocían cada raíz, cada piedra, cada rincón secreto. Sus oídos, afinados por la selva, distinguían el canto del colibrí del zumbido del mosquito. Kuri era parte del bosque, y el bosque era parte de Kuri.
Cada mañana, antes de ir a la escuela, Kuri saludaba al río Napo:
—¡Buenos días, yaku mama! —decía con respeto, usando la palabra kichwa para “agua madre”.
El río le respondía con un murmullo suave, como si le contara secretos. A veces, le hablaba del viaje de las nutrias río abajo, otras veces del reflejo plateado de la luna en sus aguas quietas.
Un día, mientras jugaba con su amiga Nina, una niña de ojos brillantes y trenzas largas adornadas con plumas, encontraron un árbol caído. Era un árbol enorme, un gigante desplomado sobre la tierra. A su alrededor, los animales parecían tristes: los guacamayos no cantaban, sus plumas antes vibrantes ahora opacas; los monos no jugaban, sus saltos alegres reemplazados por silencios inquietantes. Incluso las mariposas, normalmente danzarinas, permanecían inmóviles sobre las hojas.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Nina, con el rostro lleno de preocupación.
Kuri sintió un escalofrío. No era solo un árbol caído. Era algo más, algo que perturbaba la armonía del bosque.
—El bosque está enfermo —dijo una voz profunda. Era el abuelo ceibo, el árbol más antiguo del lugar. Sus raíces, gruesas como serpientes gigantes, se extendían por la tierra. Su tronco, cubierto de musgo y líquenes, parecía una piel arrugada por el tiempo. Sus ramas, elevándose hacia el cielo, eran como brazos sabios que abrazaban el sol.
Kuri y Nina se acercaron al abuelo ceibo con respeto. Nunca antes lo habían escuchado hablar, aunque sabían que era el guardián del bosque.
—Los hombres han cortado demasiados árboles y el bosque ya no puede respirar —continuó el abuelo ceibo, su voz resonando como el eco de un trueno lejano—. Han tomado más de lo que necesitan, sin pensar en las consecuencias.
Kuri se asustó. Amaba el bosque con todo su corazón y no podía imaginarlo enfermo o muriendo. Nina le tomó la mano, ofreciéndole consuelo.
—Pero... ¿qué podemos hacer? —preguntó Kuri, con la voz temblorosa.
El abuelo ceibo agitó sus ramas lentamente, como si estuviera pensando. Luego, con una voz suave, dijo:
—Ustedes pueden ayudar. Enseñen a los demás que cada árbol tiene vida, que el bosque nos da aire, agua y medicina. Muéstrenles la importancia de respetar la naturaleza, de vivir en armonía con ella.
Esa noche, Kuri y Nina no pudieron dormir. Las palabras del abuelo ceibo resonaban en sus cabezas. Sabían que debían hacer algo para salvar el bosque.
Al día siguiente, en lugar de jugar, Kuri y Nina prepararon carteles para su escuela: “Cuidar el bosque es cuidar la vida”, “Los árboles son nuestros amigos”, “El bosque nos da, nosotros debemos protegerlo”. Dibujaron árboles, animales y el río Napo, llenando los carteles de colores vibrantes.
Invitaron a sus compañeros a unirse a su causa. Al principio, algunos niños se mostraron indiferentes, pero la pasión de Kuri y Nina era contagiosa. Poco a poco, más y más niños se unieron a su iniciativa.
Juntos, sembraron nuevas plantas a orillas del río Napo. Plantaron árboles frutales para alimentar a los animales y plantas medicinales para curar a los enfermos. Cantaron canciones al bosque, pidiendo perdón por el daño causado y prometiendo protegerlo.
El bosque comenzó a sonreír nuevamente. Los pájaros volvieron a cantar con alegría, sus melodías llenando el aire. Los monos jugaron en las ramas de los árboles, sus risas resonando en la selva. El abuelo ceibo agitó sus ramas con alegría, sus hojas danzando al ritmo del viento.
Desde entonces, Kuri prometió ser el guardián del bosque que hablaba. Aprendió los nombres de cada árbol, cada planta, cada animal. Conoció sus necesidades y sus secretos. Se convirtió en un defensor incansable de la naturaleza.
Y cada vez que alguien tiraba basura o cortaba un árbol sin pensar, Kuri decía con voz firme:
—¡Recuerda! El bosque nos escucha, y también nos enseña. Debemos respetarlo y protegerlo, porque es nuestra casa y nuestra fuente de vida.
Y así, Kuri, el niño kichwa que amaba el bosque, se convirtió en un ejemplo para todos, demostrando que incluso los más pequeños pueden hacer una gran diferencia para salvar nuestro planeta.
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