"Simón y Rafaella: ¡No hay monstruo que nos asuste!"
Simón y Rafaella, dos hermanos valientes, no le temen a los monstruos que, según los rumores, habitan su vieja casa. Una noche, tras un apagón, deciden investigar ruidos extraños, descubriendo que los "monstruos" son solo una polilla atrapada y un espantapájaros necesitado de reparación, a quienes ayudan.
Simón y Rafaella eran dos hermanos muy valientes. Vivían en una casa antigua con un jardín enorme, lleno de árboles retorcidos que parecían brazos huesudos en la noche. Otros niños del vecindario decían que la casa estaba embrujada, que por las noches se oían ruidos extraños y que monstruos horribles se escondían entre las sombras. Pero Simón y Rafaella no les creían. "¡Tonterías!", decía Simón, cruzándose de brazos. "¡Solo son cuentos para asustar!", añadía Rafaella, guiñando un ojo. Una noche, mientras leían un libro de aventuras en el salón, la luz parpadeó y se apagó de repente. La casa quedó sumida en una oscuridad total. Un trueno retumbó en el cielo, iluminando brevemente el jardín a través de la ventana. "¡Qué miedo!", dijo una voz temblorosa. Era Bruno, el gato de la familia, que se había acurrucado entre los cojines del sofá. "No te preocupes, Bruno", le tranquilizó Rafaella. "No hay nada que temer." Simón encendió una linterna y la luz reveló un rostro felino asustado. "Vamos a investigar", propuso Simón. "Si hay un monstruo, le daremos una buena sorpresa." Rafaella asintió con entusiasmo y ambos hermanos, armados con la linterna y un par de espadas de juguete, se adentraron en la oscuridad. Primero, revisaron la cocina. Abrieron todos los armarios y cajones, pero solo encontraron ollas, sartenes y latas de comida. Luego, subieron las escaleras, que crujían bajo sus pies. Cada sombra parecía un monstruo acechando, pero Simón y Rafaella no se acobardaron. Llegaron al ático, un lugar polvoriento y lleno de objetos antiguos. Allí, oyeron un ruido extraño: un rasguido suave y constante. Simón apuntó la linterna hacia un rincón oscuro. Allí, entre cajas y muebles viejos, vieron algo que se movía. Era una sombra grande y deforme. "¡Un monstruo!", exclamó Bruno, escondiéndose detrás de Rafaella. Simón se acercó con cautela, con la espada de juguete en alto. "¡Alto ahí, monstruo!", gritó. La sombra se detuvo. Poco a poco, la linterna reveló la figura del monstruo: era solo una polilla gigante, atrapada en una telaraña. Rafaella soltó una carcajada. "¡Un monstruo polilla! ¡Qué ridículo!" Simón ayudó a la polilla a liberarse de la telaraña y la guio hacia la ventana abierta. La polilla aleteó unas cuantas veces y desapareció en la noche. "Ves, Bruno", dijo Simón. "No todos los monstruos son aterradores. A veces, solo necesitan ayuda." Bruno salió de su escondite y ronroneó, frotándose contra las piernas de Rafaella. De repente, oyeron otro ruido. Esta vez, venía del jardín. Simón y Rafaella se asomaron por la ventana. En medio del césped, vieron una figura alta y delgada que se movía de un lado a otro. Parecía un fantasma blanco. "¡Otro monstruo!", gritó Bruno, volviendo a esconderse. Simón y Rafaella bajaron corriendo las escaleras y salieron al jardín. Se acercaron con cuidado a la figura blanca, decididos a enfrentarla. A medida que se acercaban, pudieron ver que no era un fantasma, sino un espantapájaros. Pero no era un espantapájaros normal. Este espantapájaros tenía la cabeza caída y uno de sus brazos colgaba roto. Parecía triste y desamparado. "Pobre espantapájaros", dijo Rafaella. "Está roto y solo." Simón tuvo una idea. "Podemos arreglarlo", propuso. "Tenemos herramientas y tela en casa." Así que Simón y Rafaella llevaron el espantapájaros al cobertizo. Utilizando hilo, aguja y trozos de tela vieja, repararon su brazo roto y le cosieron una nueva cabeza rellena de paja. Le pusieron un sombrero viejo y una bufanda de colores. Cuando terminaron, el espantapájaros parecía mucho más feliz. "¡Ahora sí que da gusto verlo!", exclamó Rafaella. Colocaron el espantapájaros de nuevo en el jardín. Esa noche, el jardín pareció menos oscuro y amenazante. De vuelta en casa, la luz volvió a encenderse. Bruno saltó de alegría y empezó a jugar con un ovillo de lana. Simón y Rafaella se sentaron de nuevo en el sofá, listos para seguir leyendo su libro de aventuras. "¿Ves, Bruno?", dijo Simón. "No hay que tener miedo a los monstruos. A veces, solo necesitan un poco de ayuda y comprensión." Rafaella asintió con una sonrisa. "Y además", añadió, "¡nosotros somos los cazamonstruos más valientes del mundo!" Y así, Simón y Rafaella, los hermanos que no le temían a los monstruos, se quedaron dormidos, soñando con nuevas aventuras y criaturas fantásticas.
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