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Gratis · elegí una vozEn el corazón de la exuberante selva misionera, vivía un yaguareté llamado Yago. Yago era un yaguareté joven, fuerte y juguetón, pero tenía un secreto: ¡no podía rugir! En lugar de un rugido imponente, de su garganta salía un sonido parecido al maullido de un gatito asustado.
Esto avergonzaba mucho a Yago. Todos los yaguaretés de la selva misionera eran conocidos por sus rugidos poderosos, que hacían temblar las hojas de los árboles y mantenían a raya a los animales traviesos. Yago soñaba con rugir como su padre, el gran yaguareté Balú, cuyo rugido resonaba por toda la selva.
Yago tenía muchos amigos en la selva, quienes conocían su problema y lo querían tal como era. Estaba Oso Hormiguero, un animalito muy ingenioso y siempre dispuesto a ayudar. También estaba Yacaré, un reptil tranquilo y sabio, con una paciencia infinita. Y luego estaba Toco Tucán, el más charlatán y alocado de todos, siempre lleno de ideas descabelladas.
Un día, Yago se sentía particularmente triste. Balú había rugido para marcar su territorio, y el sonido había hecho vibrar el suelo bajo las patas de Yago. Yago intentó imitarlo, pero solo logró un débil "¡Miau!" Oso Hormiguero, Yacaré y Toco Tucán se acercaron a consolarlo.
"¡No te preocupes, Yago!", dijo Oso Hormiguero. "¡Encontraremos la manera de que puedas rugir!"
Yacaré asintió con la cabeza. "Tenemos que pensar en algo que te ayude a proyectar tu voz."
Toco Tucán, como siempre, tenía la idea más extravagante. "¡Ya sé! ¡Vamos a inflarte como un globo! ¡Cuanto más grande te pongas, más fuerte será tu rugido!"
Oso Hormiguero y Yacaré intercambiaron miradas de incredulidad, pero Yago estaba dispuesto a intentarlo todo. Toco Tucán comenzó a soplar aire en la boca de Yago, quien se hinchaba poco a poco. Parecía un globo a punto de explotar. Finalmente, Yago intentó rugir, pero solo logró expulsar todo el aire de golpe, haciendo un sonido parecido al de un neumático pinchado. Todos se echaron a reír.
"¡Esa idea no funcionó!", exclamó Oso Hormiguero. "¡Pero no nos rendiremos!"
La siguiente idea fue de Yacaré. "He notado que cuando canto cerca del río, mi voz suena más fuerte. Podríamos intentar que rugieras dentro de un tronco hueco. El sonido se amplificará."
Así que, buscaron el tronco hueco más grande que encontraron y Yago se metió dentro. Yacaré le indicó que rugiera. Yago respiró hondo y lo intentó. El sonido que salió del tronco fue un poco más fuerte, pero aún seguía sonando como un maullido. Además, el tronco comenzó a vibrar tan fuerte que Yago salió corriendo, temiendo que se rompiera.
"¡Casi lo logramos!", dijo Yacaré con optimismo.
Oso Hormiguero pensó durante un rato. "Tal vez el problema no es la fuerza de tu voz, sino el sonido en sí. Quizás necesitas practicar con diferentes sonidos. Podríamos intentar imitar a otros animales."
Y así lo hicieron. Intentaron imitar el graznido de los monos, el croar de las ranas, el silbido de las serpientes. Yago se esforzó mucho, pero ninguno de los sonidos se parecía ni remotamente a un rugido. Estaba a punto de rendirse.
"¡Es inútil!", dijo Yago, con lágrimas en los ojos. "Nunca podré rugir como un verdadero yaguareté."
Sus amigos lo abrazaron para consolarlo. En ese momento, Balú, el padre de Yago, se acercó. Había estado observando todo desde la distancia.
"Yago, hijo mío", dijo Balú con una voz suave. "He visto todo lo que has intentado. Entiendo que quieres rugir como yo, pero la verdad es que tu voz es única. No tienes que ser como los demás yaguaretés. Tu valor no está en tu rugido, sino en tu corazón."
Balú continuó: "He escuchado tus intentos de rugir. He notado tu esfuerzo y tu dedicación. Quizás no suenas como un yaguareté tradicional, pero tienes tu propio sonido. Y ese sonido es especial. No lo escondas, úsalo con orgullo."
Yago miró a su padre con sorpresa. Luego miró a sus amigos, quienes lo animaban con una sonrisa. Respiro hondo, cerró los ojos, y dejó salir el sonido que siempre había intentado esconder. No era un rugido, era un sonido único, una mezcla de maullido y gruñido, un sonido que expresaba su alegría, su valentía y su cariño.
Los animales de la selva lo escucharon con atención. Al principio, se sorprendieron, pero luego comenzaron a sonreír. Era un sonido diferente, pero era un sonido hermoso. Yago había encontrado su propia voz.
Desde ese día, Yago dejó de preocuparse por no poder rugir. Aprendió a amarse a sí mismo tal como era, con su sonido único y sus amigos leales. Y aunque su sonido no hacía temblar las hojas de los árboles, hacía sonreír a todos los que lo escuchaban.
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