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Gratis · elegí una vozAlonso era un niño muy curioso y alegre, pero últimamente sentía algo extraño en su barriga. Era como si un montón de pequeños monstruos saltarines estuvieran organizando una fiesta sin invitación. Los llamaba "los nervios". Aparecían cuando tenía un examen en la escuela, cuando jugaba un partido de fútbol importante, o incluso cuando simplemente tenía que hablar con alguien que no conocía bien.
Estos nervios hacían que su corazón latiera muy rápido, sus manos sudaran y su mente se llenara de pensamientos preocupantes. "¿Y si me equivoco?", "¿Y si no le gusto?", "¿Y si no soy lo suficientemente bueno?". Alonso odiaba a los nervios saltarines.
Un día, Alonso se sentó en el jardín con su abuela Elena. El sol brillaba y los pájaros cantaban, pero Alonso no podía disfrutarlo. Estaba preocupado porque al día siguiente tenía que dar una presentación en clase sobre su animal favorito, el perezoso.
"Abuela, estoy muy nervioso", dijo Alonso, con la voz temblorosa. "Siento a los monstruos saltarines en mi barriga otra vez".
La abuela Elena sonrió y lo invitó a sentarse a su lado. "Alonso, cariño, todos sentimos nervios alguna vez. Los nervios son como una señal. Nos dicen que algo es importante para nosotros".
Alonso frunció el ceño. "¿Importante? Pero me hacen sentir fatal".
"Sí, pero también te dan energía", explicó la abuela. "Imagina que eres un superhéroe. Los nervios son como tu superpoder. Te preparan para la acción".
Alonso se quedó pensando en eso. Nunca había visto los nervios de esa manera.
"Pero, ¿cómo puedo controlarlos?", preguntó.
La abuela Elena le contó un secreto. "Hay muchas maneras. Una de ellas es respirar profundamente. Imagina que inflas un globo con cada inhalación y lo desinflas con cada exhalación". Le mostró cómo hacerlo, inhalando lentamente por la nariz y exhalando lentamente por la boca. Alonso la imitó y sintió que los monstruos saltarines se calmaban un poco.
"Otra cosa que puedes hacer es hablar sobre tus nervios", continuó la abuela. "Contarle a alguien cómo te sientes ayuda a que los nervios se hagan más pequeños".
Alonso le contó a su abuela sobre su presentación. Le preocupaba olvidar lo que había practicado y que sus compañeros se rieran de él.
La abuela Elena lo escuchó atentamente y luego le dijo: "Alonso, has trabajado mucho en esta presentación. Sabes mucho sobre los perezosos. Confía en ti mismo. Y si te equivocas, no pasa nada. Todos cometemos errores".
También le enseñó una técnica secreta: imaginar un lugar tranquilo y seguro. "Cierra los ojos y piensa en un lugar donde te sientas feliz y relajado", le dijo. "Puede ser este jardín, la playa, o incluso un lugar inventado". Alonso cerró los ojos e imaginó que estaba en una hamaca en la playa, escuchando el sonido de las olas y sintiendo la brisa en su cara. Los nervios saltarines se volvieron casi imperceptibles.
Al día siguiente, Alonso se despertó con nervios, pero esta vez no se sintió abrumado. Respiró profundamente, imaginó su playa tranquila y habló con su mamá sobre cómo se sentía.
Cuando llegó a la escuela, todavía estaba un poco nervioso, pero recordó las palabras de su abuela. Los nervios eran su superpoder, lo estaban preparando para la acción. Subió al frente de la clase, respiró hondo y comenzó su presentación.
Al principio, su voz temblaba un poco, pero a medida que hablaba sobre los perezosos, se sintió más seguro. Compartió datos interesantes, mostró fotos y hasta imitó el movimiento lento de un perezoso. Sus compañeros se rieron con él y le hicieron preguntas.
Alonso se dio cuenta de que disfrutar de la presentación era más importante que hacerla perfecta. Al final, recibió un aplauso muy grande. Estaba orgulloso de sí mismo. Había logrado domar a los monstruos saltarines.
Desde ese día, Alonso aprendió a manejar sus nervios. Sabía que siempre estarían ahí, pero ya no les tenía miedo. Los veía como una señal, una invitación a respirar profundamente, a hablar sobre sus sentimientos y a confiar en sí mismo. Los nervios saltarines ya no eran monstruos, eran pequeños amigos que le recordaban que era valiente y capaz de hacer cosas increíbles. Y a veces, hasta se unía a su pequeña fiesta saltarina, ¡pero ahora él era quien decidía el ritmo de la música!
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