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Había una vez un oso muy grande, de pelaje color canela y una sonrisa amable, llamado Bernardo. Bernardo amaba muchas cosas: las siestas bajo el sol, el aroma de los pinos y el sonido del río, pero lo que más amaba en el mundo entero eran las donas. No cualquier tipo de donas, sino aquellas que tenían glaseados de colores brillantes, chispas de chocolate y rellenos de mermelada de fresa. Un sábado por la mañana, Bernardo decidió que era el día perfecto para organizar un día de campo inolvidable en el Valle de los Girasoles.
Con mucho cuidado, preparó su canasta. Colocó un mantel de cuadros rojos y blancos, una jarra de jugo de manzana y, lo más importante, una docena de donas frescas y coloridas. Había donas rosas, verdes, azules y amarillas. Bernardo caminó tarareando una melodía alegre hasta llegar al centro del campo, donde la hierba era suave y las mariposas bailaban en el aire. Con mucha parsimonia, extendió su mantel sobre la hierba, colocó su mesa plegable de madera y puso el plato de donas justo en el centro. Las donas brillaban bajo el sol como pequeñas joyas dulces.
—¡Qué banquete me espera! —exclamó Bernardo relamiéndose los bigotes—. Pero antes de comer, necesito estirar un poco las patas. Un poco de ejercicio me abrirá el apetito.
Bernardo se alejó unos metros para jugar con una pelota de cuero que había llevado. Mientras el oso corría y saltaba alegremente, una pequeña abeja llamada Berta pasó volando por el lugar. El aroma del azúcar era irresistible. Berta aterrizó en el borde del plato y sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Mmm, qué ricas donas! —zumbó Berta con entusiasmo—. Somos muchas en el panal, creo que me llevaré dos para compartir con mi reina.
Con una fuerza sorprendente para su tamaño, la abeja enganchó sus patitas en dos donas de glaseado rosa y se las llevó volando hacia el bosque. Poco después, Bernardo regresó a su mesa, jadeando un poco por el juego. Se sentó frente al plato y frunció el ceño.
—Qué extraño... —murmuró rascándose la cabeza—. Yo juraría que había más donas aquí. ¿Acaso las conté mal?
Bernardo, un poco confundido pero aún animado, decidió que quizás necesitaba buscar su sombrero antes de empezar a comer. Se levantó y fue a buscarlo cerca de unos arbustos. En ese preciso momento, una oruga verde y rechoncha llamada Olivia emergió de entre las flores. Al ver el plato, sus ojos brillaron.
—¡Oh, qué bonitos aros de colores! —dijo Olivia con voz suave—. Parecen columpios perfectos para mi jardín de seda. Creo que me llevaré uno para decorar mi ramita.
La oruga, con mucha paciencia, empujó una dona de color verde lima hacia la espesura de la hierba. Cuando Bernardo volvió con su sombrero puesto, sus ojos casi se salen de sus órbitas.
—¡¿Qué?! —gritó sorprendido—. ¡Aquí faltan todavía más donas! Esto no es normal. Las donas no tienen patas, ni alas... ¿o sí?
Bernardo empezó a buscar por todo el lugar. Miró debajo del mantel, detrás de las piedras y hasta dentro de su jarra de jugo, pero no encontró nada. Estaba decidido a resolver el misterio.
—Ya sé lo que haré —pensó el oso con astucia—. Me esconderé detrás de ese viejo roble y esperaré a ver qué sucede. El ladrón de donas volverá, ¡estoy seguro!
Bernardo se agachó detrás del grueso tronco del árbol. Esperó cinco minutos. Esperó diez minutos. Esperó media hora. El sol empezaba a calentar y el oso sentía que los párpados le pesaban. De repente, una mosca muy ruidosa comenzó a zumbar alrededor de su nariz. Bernardo se distrajo tratando de espantarla con su pata, sin quitarle el ojo al plato... o eso creía él.
Cerca de la mesa, un sapo grande y verrugoso llamado Filemón estaba sentado sobre una piedra. Filemón no estaba interesado en el dulce, él tenía mucha hambre y buscaba una mosca gorda para almorzar. Vio a la mosca que molestaba al oso y esperó el momento justo. Cuando la mosca voló sobre el plato de donas, Filemón lanzó su lengua larga, pegajosa y rapidísima.
¡Zas! La lengua de Filemón falló el tiro de la mosca, pero se pegó con fuerza a tres donas de colores azul y amarillo que estaban apiladas. Antes de que el sapo pudiera reaccionar, su lengua se retrajo con la fuerza de un resorte, llevándose las tres donas directamente a su boca (aunque no le cupieron y tuvo que saltar hacia el charco con ellas a cuestas).
Bernardo, que justo en ese momento había dejado de mirar por espantar a la mosca de su oreja, volvió a mirar el plato.
—¡No puede ser! —exclamó corriendo hacia la mesa—. ¡Ahora faltan tres más! ¡Esto es magia negra o un truco de algún duende travieso!
Bernardo miró el plato, donde solo quedaban unas pocas donas de las doce originales. Se dio cuenta de que mientras más tiempo pasaba jugando o escondido, más vacío se quedaba su banquete. El oso suspiró y tomó una decisión muy sabia. Se sentó firmemente en su silla de madera, se anudó una servilleta al cuello y tomó la dona más grande que quedaba.
—Ya no me iré de aquí ni por un segundo —dijo Bernardo con determinación—. El misterio de las donas desaparecidas se termina ahora mismo. Mejor comeré todas estas delicias antes de irme a jugar, porque en este campo, ¡parece que las donas vuelan!
Y así, Bernardo disfrutó de su día de campo, compartiendo finalmente las últimas migajas con los pajaritos que lo miraban desde las ramas, aprendiendo que a veces, para disfrutar de lo que queremos, debemos estar presentes y no dejar que las distracciones nos quiten lo más dulce de la vida. El oso terminó su merienda con la panza llena y el corazón contento, mientras a lo lejos, una abeja, una oruga y un sapo también disfrutaban de su inesperado y colorido festín.
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