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Gratis · elegí una vozEn el pequeño pueblo andino de Yanahuara, donde el viento silbaba entre las piedras y las casas se aferraban a la ladera de la montaña como cabritas asustadas, vivía un niño llamado Mateo. Mateo tenía la piel morena como la tierra fértil y los ojos brillantes como el río Huatanay que serpenteaba valle abajo. Pero a diferencia del río, que cantaba alegremente entre las rocas, Mateo a menudo sentía una tristeza profunda en su corazón.
Yanahuara era un pueblo dividido. En la parte alta, donde las casas eran grandes y pintadas de colores vivos, vivían los dueños de las minas. Ellos se vestían con ropas finas, comían manjares traídos de la ciudad y miraban a los campesinos de la parte baja con desprecio. En la parte baja, donde las casas eran pequeñas y hechas de adobe, vivían los campesinos, como la familia de Mateo. Ellos cultivaban la tierra con sus manos callosas, comían lo que la tierra les daba y miraban con respeto, pero también con un poco de resentimiento, a los ricos de la parte alta.
El río Huatanay era la vida del pueblo. De él bebían, con él regaban sus campos y en él pescaban. Pero los dueños de las minas lo usaban para lavar la tierra que sacaban de las entrañas de la montaña. El agua del río, antes cristalina y llena de vida, ahora se había vuelto turbia y amarillenta, como si llorara oro.
Mateo pasaba sus días observando el río. Le dolía ver cómo se enfermaba. Un día, vio a Don Ricardo, el dueño de la mina más grande, arrojando desechos tóxicos al río. El corazón de Mateo se encogió. Don Ricardo era un hombre corpulento, con una voz que resonaba como un trueno y una mirada que helaba la sangre. A pesar del miedo, Mateo se acercó a él.
"Señor Ricardo," dijo Mateo con voz temblorosa, "¿por qué ensucia el río? Es la vida de nuestro pueblo."
Don Ricardo soltó una carcajada. "Niño tonto," respondió, "el río está ahí para servirme. El oro es más importante que vuestras vidas miserables."
Mateo se sintió impotente. Regresó a su casa con el corazón apesadumbrado. Su abuela, Mamá Elena, una mujer sabia y de rostro arrugado como una pasa, lo consoló. "Hijo," le dijo, "el río está sufriendo, pero no está muerto. Todavía hay esperanza. Debemos luchar por él."
Mamá Elena le contó a Mateo historias antiguas, historias de los Apus, los espíritus de las montañas, y de la Pachamama, la Madre Tierra, que protegían a los que la amaban y castigaban a los que la dañaban. Le habló de la importancia de la comunidad, del trabajo en equipo y de la defensa de sus derechos.
Inspirado por las palabras de su abuela, Mateo decidió hacer algo. Habló con sus amigos, con sus vecinos, con todos los campesinos de la parte baja del pueblo. Les contó lo que había visto, les habló del sufrimiento del río y les recordó la importancia de la unidad.
Al principio, muchos se mostraron temerosos. Don Ricardo era un hombre poderoso y vengativo. Pero la valentía de Mateo y la sabiduría de Mamá Elena fueron contagiando a la gente. Poco a poco, los campesinos fueron perdiendo el miedo y encontrando la fuerza para luchar.
Un día, se reunieron todos en la plaza del pueblo. Decidieron marchar hacia la mina y exigir a Don Ricardo que dejara de contaminar el río. Llevaban banderas blancas, cantaban canciones antiguas y rezaban a la Pachamama. La marcha fue lenta y silenciosa, pero llena de determinación.
Al llegar a la mina, se encontraron con los guardias de Don Ricardo, hombres armados y con rostros severos. Hubo un momento de tensión. Parecía que la violencia era inevitable. Pero entonces, Mateo se adelantó. Se plantó frente a Don Ricardo y lo miró a los ojos.
"Señor Ricardo," dijo Mateo con voz firme, "no queremos violencia. Solo queremos que respete nuestro río, que respete nuestra vida. El oro no lo es todo. La tierra, el agua, la comunidad, son mucho más importantes."
Don Ricardo se quedó mirando a Mateo, sorprendido por su valentía. Vio en sus ojos la fuerza de la comunidad, la sabiduría de los antepasados y el amor por la tierra. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un poco de vergüenza.
Después de un largo silencio, Don Ricardo asintió con la cabeza. "Está bien," dijo, "dejaré de contaminar el río. Pero necesito tiempo para encontrar otra forma de extraer el oro."
Los campesinos celebraron con alegría. Sabían que la lucha no había terminado, pero habían dado un paso importante. El río Huatanay, aunque todavía turbio, parecía sonreír de nuevo. Mateo, el niño de la parte baja del pueblo, había demostrado que la valentía, la unidad y el amor por la tierra pueden vencer la desigualdad y la injusticia.
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