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Gratis · elegí una vozEn una callejuela empedrada, lejos del bullicio de la ciudad (se oía un leve rumor lejano), se encontraba una tienda peculiar. Su letrero, casi borrado por el tiempo, rezaba: "La Tienda de los Relojes Rotos". Mateo, un hombre con el corazón lleno de arrepentimientos, sintió una extraña atracción hacia ese lugar. La puerta crujió al abrirse (¡creeeak!), revelando un interior atestado de relojes de todas las formas y tamaños. ¡Pero ninguno funcionaba! Un silencio sepulcral, roto solo por el eco de un lejano *tic-tac*, envolvía el lugar.
Un hombre anciano, con gafas redondas y una sonrisa enigmática, apareció tras un mostrador lleno de polvo. "Bienvenido, Mateo", dijo el hombre, como si lo estuviera esperando. "Soy el Señor Tic Tac. Veo que te atrae el tiempo detenido".
Mateo asintió, asombrado. "¿Por qué todos los relojes están rotos?"
El Señor Tic Tac sonrió. "No están rotos, pequeño. Simplemente, han dejado de contar el tiempo hacia adelante. Pero... pueden viajar hacia atrás".
Mateo frunció el ceño. "¿Viajar hacia atrás? ¿Cómo es eso posible?"
"Te ofrezco una experiencia única", respondió el Señor Tic Tac, sacando un pequeño reloj de bolsillo con una aguja temblorosa. "Puedes vivir un día que ya pasó, un día que te atormenta. Tendrás la oportunidad de cambiar una decisión, una sola. Pero ten cuidado, Mateo. El tiempo es como una tela de araña: si tocas un hilo, toda la estructura puede cambiar".
Mateo pensó en el día en que, siendo niño, no compartió su último helado con su mejor amigo, Lucas, quien luego se mudó y nunca volvieron a verse. Siempre se había arrepentido de ese pequeño acto de egoísmo. Aceptó la oferta del Señor Tic Tac.
El Señor Tic Tac ajustó el reloj. "Piensa en ese día, Mateo. Concentra toda tu energía en ese momento". De repente, todo se volvió borroso. El *tic-tac* del reloj se hizo ensordecedor. Mateo sintió un vértigo intenso y, cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en su infancia.
Estaba en el parque, sentado en un banco, con un helado de fresa en la mano. Allí estaba Lucas, con su sonrisa pícara. "¿Me das una probadita, Mateo?", preguntó Lucas.
El viejo Mateo, atrapado en el cuerpo de un niño, sintió un nudo en la garganta. Esta era su oportunidad. Con una sonrisa, le ofreció el helado a Lucas. Lucas lo tomó y le dio una gran lamida. Ambos rieron.
Mateo se sintió aliviado. Había cambiado el pasado. Pero, al instante siguiente, algo cambió. Un niño que nunca había visto antes tropezó y le tiró el helado a Lucas. Lucas, en lugar de reír, se enfadó mucho. Comenzó una pelea. Mateo intentó separarlos, pero también se vio envuelto en la riña. Un adulto los regañó y Lucas, enfadado, se marchó corriendo.
Mateo se sintió devastado. Había intentado arreglar las cosas, pero solo las había empeorado. El día transcurrió de manera diferente. Lucas no se fue de la ciudad al día siguiente, pero su amistad se había enfriado. Ya no eran tan unidos. Mateo sentía que algo importante se había perdido.
Cuando el sol se puso, Mateo volvió a sentir el vértigo. El *tic-tac* del reloj resonaba en su cabeza. Despertó de nuevo en la tienda del Señor Tic Tac.
"¿Cómo te fue, Mateo?", preguntó el Señor Tic Tac, con la misma sonrisa enigmática.
Mateo suspiró. "No salió como esperaba. Intenté cambiar algo pequeño, pero todo se complicó".
El Señor Tic Tac asintió. "El pasado es como un río, Mateo. Puedes intentar desviarlo, pero siempre encontrará su propio cauce. A veces, las cosas que lamentamos nos convierten en quienes somos".
Mateo entendió la lección. El arrepentimiento era parte de su historia, y aunque doliera, lo había moldeado. Devolver el reloj al Señor Tic Tac, Mateo se dio cuenta de que no quería cambiar nada. El pequeño acto de egoísmo del pasado le había enseñado la importancia de compartir y valorar la amistad. Ahora entendía el valor del presente.
"Gracias, Señor Tic Tac", dijo Mateo. "Ya no quiero cambiar nada".
El Señor Tic Tac sonrió. "Entonces, has encontrado el verdadero valor del tiempo".
Mateo salió de la tienda, dejando atrás los relojes detenidos. El sol brillaba en la callejuela. Oyó un *tic-tac* en su propio corazón, un ritmo que lo impulsaba a vivir el presente con alegría y a aceptar el pasado con gratitud.
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