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Lucas era un niño pequeño, con un pelo alborotado como un nido de pájaro y unos ojos brillantes como dos canicas azules. A Lucas le encantaban las papas fritas. ¡Las amaba con todo su corazón! Cada vez que veía a su papá, lo bombardeaba con la misma petición: "Papá, cómprame papas, cómprame papas!" Lo decía como un mantra, una canción pegadiza que repetía sin cesar.
Un día, Lucas y su papá fueron al supermercado. Lucas, con su energía inagotable, corría entre los pasillos, dejando un rastro de risas y pequeños pies apurados. De repente, ¡allí estaban! Las papas fritas. Bolsas de todos los colores, con dibujos divertidos de animales y personajes de caricaturas. Los ojos de Lucas se iluminaron como fuegos artificiales. "Papá, cómprame papas, cómprame papas! ¡Por favor! ¡Por favor!" rogó, tirando de la manga de su papá.
El papá de Lucas, un hombre alto y de sonrisa amable, se agachó para estar a la altura de su hijo. "Lucas," dijo con voz suave, "Ya hemos hablado de esto. No podemos comprar papas fritas todos los días. Son una golosina, no una comida."
Lucas frunció el ceño. Estaba a punto de empezar a lloriquear, pero entonces, ¡algo mágico sucedió! Una de las bolsas de papas fritas, una bolsa grande y roja con un dibujo de un payaso sonriente, ¡pareció guiñarle un ojo! Lucas parpadeó. ¿Había visto bien? Miró de nuevo. ¡Sí! El payaso le había guiñado un ojo y una pequeña luz dorada brillaba alrededor de la bolsa.
"Papá, mira!" exclamó Lucas, señalando la bolsa de papas fritas. "¡Esa papa me guiñó un ojo!" El papá de Lucas sonrió. "Lucas, estás imaginando cosas. Las papas fritas no guiñan el ojo." Pero Lucas estaba convencido. Él sabía lo que había visto.
De repente, la bolsa de papas fritas comenzó a temblar. Luego, ¡empezó a saltar! Primero un poco, luego más alto, hasta que la bolsa de papas fritas estaba brincando por todo el pasillo, dejando un rastro de papas sueltas a su paso. Los otros clientes del supermercado se detuvieron a mirar, boquiabiertos.
"¡Mira, papá! ¡Las papas están saltando!" gritó Lucas, riendo a carcajadas. El papá de Lucas, aunque un poco sorprendido, no pudo evitar sonreír ante la alegría de su hijo. Juntos, comenzaron a seguir a la bolsa de papas saltarinas, recogiendo las papas sueltas que dejaba atrás.
La bolsa de papas saltarinas los llevó por todo el supermercado, a través del pasillo de las frutas y verduras, pasando por la sección de los lácteos, hasta llegar a la caja registradora. Allí, la bolsa de papas saltarinas se detuvo frente a una anciana con un carrito lleno de plátanos.
La anciana, al ver la bolsa de papas saltarinas, soltó una risita. "¡Qué maravilla!" exclamó. "Nunca había visto algo así." La bolsa de papas saltarinas, como si entendiera lo que decía la anciana, le dio un pequeño empujón a su carrito de plátanos.
De repente, los plátanos comenzaron a brillar. ¡Brillaban con una luz dorada, igual que la que había visto Lucas alrededor de la bolsa de papas fritas! La anciana, sorprendida, tomó un plátano y lo probó. "¡Oh, qué delicioso!" exclamó. "¡Estos plátanos saben como el sol!"
Lucas entendió. Las papas saltarinas no solo querían ser compradas. Querían compartir un poco de magia, un poco de alegría. Le explicò a su papá.
El papá de Lucas, conmovido por la historia y por la expresión de felicidad en el rostro de su hijo, compró la bolsa de papas saltarinas. Pero no solo eso, también compró un racimo de los plátanos brillantes para la anciana.
Al salir del supermercado, Lucas abrazó la bolsa de papas saltarinas. "Gracias," susurró. "Por mostrarme que a veces, las cosas más pequeñas pueden traer la mayor alegría." Esa noche, Lucas comió solo unas pocas papas fritas. El resto, las compartió con su papá y con la anciana del supermercado. Y cada vez que comía una papa frita, recordaba la aventura de las papas saltarinas y aprendió que compartir es mucho más divertido que tenerlo todo para sí mismo. Además, aprendió que no siempre se puede tener lo que se quiere, pero a veces la magia se presenta de maneras inesperadas. Desde ese día, Lucas a veces pedía "Papá, cómprame papas, cómprame papas!" pero siempre recordaba el tesoro más grande: compartir la alegría. Y a veces, las papas le guiñaban el ojo.
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