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Gus era un gusanito muy pequeño, de un color verde brillante como una esmeralda recién pulida. Le encantaba explorar el jardín, un mundo inmenso para una criatura tan diminuta. Su actividad favorita era, sin duda, comer hojas. ¡Oh, las hojas! Crujientes, jugosas, y llenas de un sabor delicioso que hacía bailar su barriguita.
Un día soleado, Gus encontró la hoja perfecta. Era grande, verde y con un aroma que lo atraía como un imán. "¡Esta es la hoja más deliciosa que he visto en mi vida!", pensó Gus, mientras empezaba a mordisquearla con entusiasmo. Cada bocado era una explosión de sabor en su pequeña boca. Estaba tan absorto en su festín que no se dio cuenta de lo que ocurría a su alrededor.
De repente, un ruido fuerte lo sobresaltó. ¡Clo, clo, clo! Gus levantó la cabeza y vio una enorme gallina, con plumas marrones y amarillas, picoteando el suelo cerca de él. Sus ojos eran brillantes y curiosos, y miraban directamente a Gus. El gusanito se asustó muchísimo. ¡Nunca había visto una gallina tan de cerca! Su corazón latía a mil por hora y sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
Sin pensarlo dos veces, Gus se levantó sobre sus pequeñas patitas y echó un vistazo alrededor. La gallina parecía inofensiva, pero el miedo lo paralizaba. Decidió que lo mejor era alejarse de allí lo más rápido posible. Se arrastró a toda velocidad, dejando atrás su deliciosa hoja. Solo quería estar a salvo.
Después de alejarse lo suficiente de la gallina, Gus se detuvo para recuperar el aliento. Miró hacia atrás, hacia la hoja que había abandonado. "¡Qué pena!", pensó. "Era tan deliciosa…". Pero la seguridad era lo primero. Con un suspiro, decidió buscar otra hoja para comer.
Cuando volvió sobre sus pasos, ¡oh, sorpresa!, la hoja ya no estaba donde la había dejado. Gus frunció el ceño, confundido. "¿Dónde está mi hoja?", se preguntó. "¡Estaba aquí hace un momento!". Empezó a buscar alrededor, moviendo pequeñas piedrecitas y hojitas secas con su cabeza.
De repente, vio algo moverse debajo de una flor. Se acercó con cautela y ¡oh, sorpresa otra vez!, allí estaba su hoja, pero no estaba sola. Una hormiga, una hormiga muy grande y fuerte, estaba intentando llevarse la hoja. La hormiga era de color negro brillante y tenía unas antenas largas y delgadas que se movían de un lado a otro. Parecía muy decidida a quedarse con la hoja.
Gus se acercó un poco más y vio que la hormiga lo miraba fijamente. ¡Tenía una mirada muy enfadada! Sus ojos eran pequeños y brillantes, pero transmitían una furia que asustó a Gus. La hormiga gritó: "¡Esta hoja es mía! ¡La encontré primero!". Su voz era aguda y resonante.
Gus se sorprendió. "Pero… pero yo estaba comiendo esa hoja", tartamudeó. "La encontré yo primero y la gallina me asustó. ¡Es mi hoja!".
La hormiga cruzó los brazos (bueno, las patas delanteras) y lo miró con desprecio. "¡No me importa! Ahora es mía. Necesito esta hoja para llevar comida a mi hormiguero. ¡Tenemos muchos bebés hambrientos que alimentar!".
Gus se sintió un poco culpable al escuchar eso. Él solo era un gusanito hambriento, pero la hormiga necesitaba la hoja para alimentar a toda su familia. Pensó por un momento y luego dijo: "Está bien, puedes quedarte con la hoja. Pero… ¿podrías darme al menos un pedacito pequeño? Solo tengo mucha hambre".
La hormiga lo miró con sorpresa. No esperaba que Gus cediera tan fácilmente. Después de pensarlo un poco, dijo: "Bueno… supongo que puedo compartir un poco. Pero solo un pedacito pequeño, ¿entendido?".
Gus asintió con entusiasmo. La hormiga rompió un trozo pequeño de la hoja y se lo entregó a Gus. Luego, con gran esfuerzo, empezó a arrastrar el resto de la hoja hacia su hormiguero. Gus observó cómo se alejaba, agradecido por el pequeño pedazo de hoja que había recibido.
Con su pequeño trozo de hoja en las manos (bueno, en su boca), Gus se fue a buscar un lugar tranquilo para comer. Encontró una pequeña flor amarilla y se acurrucó entre sus pétalos. Mientras comía su pedacito de hoja, pensó en la gallina, en la hormiga y en la aventura que había vivido.
"¡Qué día tan loco!", pensó Gus. "Pero al final, conseguí un pedacito de hoja y aprendí que a veces es importante compartir, incluso cuando tienes mucha hambre". Y con una sonrisa en su cara de gusanito, terminó de comer su hoja y se durmió plácidamente entre los pétalos de la flor amarilla, soñando con hojas gigantes y hormigas amigables.
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