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Gratis · elegí una vozWolfgang Amadeus Mozart, un niño travieso con rizos dorados y una sonrisa brillante, amaba la música más que a las galletas de jengibre. Vivía en Viena, una ciudad llena de melodías, y pasaba sus días componiendo piezas hermosas que hacían bailar hasta a las estatuas. Un día, mientras Mozart preparaba su nueva sinfonía para el gran concierto del Emperador, ¡oh, no!, descubrió algo terrible. ¡Su música había desaparecido!
“¡No puede ser!”, exclamó Mozart, con los ojos muy abiertos. “¡Alguien ha robado mi sinfonía!”
Su fiel amigo, Pipo, un pequeño gorrión con un chaleco rojo y una gorra azul, pió con preocupación. “¡Pío, pío! ¿Quién haría algo tan horrible?”
Mozart frunció el ceño. “No lo sé, Pipo, pero debemos encontrarla. El Emperador está esperando mi nueva sinfonía, y el concierto es mañana”.
Y así, Mozart y Pipo se embarcaron en una emocionante aventura para recuperar la melodía perdida. Primero, fueron a la panadería de la esquina. La Señora Schmidt, la panadera, siempre tarareaba sus melodías.
“Buenos días, Señora Schmidt”, dijo Mozart. “¿Ha visto a alguien actuando de forma sospechosa hoy?”
La Señora Schmidt se rascó la cabeza con su gorro de panadero. “Hmm, ahora que lo dices, un hombre con un abrigo largo y un sombrero grande compró muchos panecillos y parecía muy nervioso. Iba murmurando algo sobre ‘silenciar la música’”.
“¡Silenciar la música!”, exclamó Pipo. “¡Eso suena mal!”
Mozart y Pipo siguieron las huellas del hombre con el abrigo largo hasta el parque. Allí, vieron a un grupo de niños jugando al escondite. Preguntaron a los niños si habían visto algo inusual.
Una niña con trenzas rubias dijo: “Sí, vi a un hombre esconder algo grande debajo de un banco cerca del estanque”.
Mozart y Pipo corrieron hacia el estanque. Debajo del banco, encontraron… ¡una jaula vacía!
“¡Oh, no!”, gritó Pipo. “¡Han robado los canarios del Señor Gruber también!” El Señor Gruber era un anciano que amaba a sus canarios y siempre los hacía cantar para los niños del parque.
Mozart comprendió de repente. “El hombre con el abrigo largo no solo robó mi música, ¡también robó los canarios del Señor Gruber! Está tratando de silenciar toda la música en Viena”.
Tenían que detenerlo. Mozart y Pipo siguieron las pistas hasta una vieja fábrica abandonada en las afueras de la ciudad. Al entrar, escucharon una risa malvada.
“¡Ja, ja, ja!”, resonó la voz. “Ahora que tengo la música de Mozart y los canarios del Señor Gruber, Viena será una ciudad silenciosa y aburrida”.
Mozart y Pipo se escondieron detrás de una pila de cajas y espiaron. Vieron a un hombre con un abrigo largo y un sombrero grande sentado en una mesa, rodeado de partituras y jaulas de pájaros. Era el gruñón Señor Sauer, el antiguo profesor de música de Mozart, que siempre estaba celoso de su talento.
“Debemos hacer algo”, susurró Pipo. “Pero ¿qué?”
Mozart sonrió. Tuvo una idea brillante. Tomó su flauta de bolsillo, que siempre llevaba consigo, y comenzó a tocar una melodía alegre y pegadiza. La música resonó por toda la fábrica.
Al escuchar la música, los canarios del Señor Gruber comenzaron a cantar con todas sus fuerzas. Sus trinos llenaron el aire con alegría. El Señor Sauer se tapó los oídos con las manos.
“¡Deténganse!”, gritó. “¡Esa música es insoportable!”
Mozart siguió tocando. La música era tan poderosa que las partituras del Señor Sauer comenzaron a volar por los aires. Confundido y abrumado, el Señor Sauer tropezó y cayó al suelo, soltando las llaves de las jaulas.
Pipo voló rápidamente y abrió las jaulas de los canarios. Los pájaros salieron volando y revolotearon alrededor de la cabeza del Señor Sauer, piando alegremente.
Mozart aprovechó la oportunidad para recuperar su sinfonía. Luego, él y Pipo corrieron fuera de la fábrica con la música y los canarios.
Regresaron al parque y devolvieron los canarios al Señor Gruber, quien estaba muy agradecido. Luego, Mozart corrió a la sala de conciertos y preparó su sinfonía para el Emperador.
Esa noche, el concierto fue un gran éxito. La música de Mozart llenó la sala con alegría y emoción. El Emperador aplaudió con entusiasmo, y todos en Viena bailaron y cantaron.
En cuanto al Señor Sauer, aprendió una valiosa lección: que la música es un regalo que debe compartirse con todos, no silenciarse. Y Mozart, el niño travieso con rizos dorados, siguió componiendo melodías hermosas, sabiendo que la música siempre triunfaría sobre la oscuridad.
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