"¡Salpica, Sofía, Salpica!"
Sofía tiene miedo a nadar y evita el agua a toda costa. Con la ayuda de su abuela Elena, Sofía enfrenta su miedo poco a poco, aprendiendo a disfrutar del agua y finalmente a nadar, descubriendo que la valentía puede convertir el miedo en alegría.
Sofía amaba el verano. Amaba el sol, los helados de fresa y construir castillos de arena gigantes en la playa. Pero había algo que la aterraba más que a un fantasma en una noche oscura: el agua. A Sofía le tenía un miedo terrible a nadar. Cada vez que su familia planeaba un día en la piscina o en la playa, el estómago de Sofía se llenaba de mariposas nerviosas. Imaginaba olas gigantes que la arrastraban hasta el fondo del mar, o algas marinas que se enredaban en sus piernas, convirtiéndola en una prisionera acuática. Su hermano mayor, Mateo, era un pez en el agua. Se burlaba cariñosamente de ella, diciéndole: "¡Vamos, Sofía! ¡El agua es divertida! ¡No seas gallina!". Pero sus palabras, en lugar de animarla, solo aumentaban su ansiedad. Un día, su abuela Elena llegó de visita. La abuela Elena era una mujer sabia y cariñosa, con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa que podía iluminar una habitación entera. Notó la tristeza en los ojos de Sofía cuando la familia habló sobre ir a la piscina municipal. "¿Qué te pasa, mi niña?", preguntó la abuela Elena, sentándose junto a Sofía en el columpio del porche. Sofía, con la voz temblorosa, le confesó su miedo al agua. "Tengo miedo, abuela. Tengo miedo de ahogarme. Tengo miedo de que las olas me lleven lejos." La abuela Elena la abrazó con fuerza. "Mi querida Sofía, el miedo es como una sombra. Se hace más grande cuanto más huyes de él. Pero si lo enfrentas con valentía, se hará pequeño y desaparecerá." La abuela Elena le propuso un plan. "Mañana iremos juntas a la piscina. No tienes que nadar si no quieres. Solo nos sentaremos en el borde y mojaremos nuestros pies. ¿Qué te parece?" Sofía, aunque nerviosa, aceptó. Al día siguiente, la abuela Elena y Sofía llegaron a la piscina. El ruido de las risas y los chapuzones llenaba el aire. Sofía se aferró a la mano de su abuela mientras caminaban hacia el borde de la piscina. Se sentaron juntas y, lentamente, Sofía metió los pies en el agua. Estaba fría y refrescante. Al principio, Sofía sintió un escalofrío de miedo, pero luego, al sentir la mano cálida de su abuela, se relajó un poco. "¿Sientes eso, Sofía?", preguntó la abuela Elena. "El agua no es un monstruo. Es solo agua. Puede ser divertida y relajante." Pasaron un rato chapoteando los pies en el agua. La abuela Elena le contó historias sobre sus propias aventuras nadando cuando era niña. Le habló de cómo había aprendido a nadar en un río cerca de su casa, y de cómo había pasado horas jugando en el agua con sus amigos. Después de un rato, la abuela Elena le propuso a Sofía que se mojara las piernas hasta las rodillas. Sofía dudó, pero finalmente aceptó. El agua llegaba hasta sus rodillas y sentía las pequeñas olas chocando contra sus piernas. No era tan aterrador como había imaginado. La abuela Elena le enseñó a Sofía a flotar. La sujetó con cuidado mientras Sofía se acostaba boca arriba en el agua. Al principio, Sofía estaba tensa y rígida, pero la abuela Elena la animó a relajarse y a confiar en el agua. "Déjate llevar, Sofía. El agua te sostendrá", le dijo la abuela Elena. Poco a poco, Sofía se relajó y sintió que el agua la sostenía. Era una sensación extraña pero agradable. Flotó durante unos minutos, sintiéndose orgullosa de sí misma. Durante los siguientes días, Sofía y su abuela Elena fueron a la piscina todos los días. Cada día, Sofía se sentía un poco más cómoda en el agua. Aprendió a chapotear, a salpicar y a sumergir la cabeza brevemente. Un día, Mateo se acercó a ellas en la piscina. Vio a Sofía chapoteando felizmente en el agua. Se quedó sorprendido. "¡Sofía! ¡Estás nadando!", exclamó Mateo. Sofía sonrió. "Todavía no estoy nadando de verdad, Mateo. Pero ya no tengo tanto miedo." Mateo le ofreció su mano. "¿Quieres que te enseñe a nadar de verdad?" Sofía dudó por un momento, pero luego asintió. Con la ayuda de Mateo y el apoyo de su abuela Elena, Sofía aprendió a nadar. Al principio, le costó un poco, pero con práctica y paciencia, logró dominarlo. Finalmente, llegó el día en que Sofía pudo nadar sola. Nadó de un extremo a otro de la piscina, sintiéndose libre y feliz. Ya no tenía miedo. El agua ya no era un monstruo, sino un lugar divertido y emocionante. Sofía aprendió que el miedo puede ser superado con valentía, paciencia y el apoyo de los seres queridos. Y aprendió que, a veces, lo que más nos asusta puede convertirse en nuestra mayor alegría. Ahora, Sofía era la primera en saltar a la piscina y la última en salir. ¡Y amaba salpicar! Desde ese día, Sofía no solo amó el verano, los helados de fresa y los castillos de arena, sino que también amó nadar. Y cada vez que sentía un poco de miedo, recordaba las palabras de su abuela Elena: "El miedo es como una sombra. Se hace más grande cuanto más huyes de él. Pero si lo enfrentas con valentía, se hará pequeño y desaparecerá."
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