La leyenda del sol y la luna para niños
México, pueblo mexica (Teotihuacán) · Lectura de 4 minutos · De 6 a 11 años
Hace muchísimo tiempo, cuando todavía no existían los días, el mundo entero estaba a oscuras. No había amaneceres ni atardeceres: solo una noche larga y fría que no terminaba nunca.
Los dioses se reunieron en Teotihuacán, una ciudad sagrada con pirámides altísimas, y se hicieron una gran pregunta: «¿Quién de nosotros tendrá el valor de convertirse en el Sol para dar luz y calor al mundo?».
Enseguida dio un paso al frente Tecuciztécatl. Era un dios elegante, con un manto de plumas de colores que brillaban como joyas. «¡Yo lo haré!», dijo con voz fuerte, seguro de que todos lo admirarían.
Los dioses buscaron a alguien más y se fijaron en Nanahuatzin, un dios pequeño y callado, con la piel llena de granos, al que casi nadie tomaba en cuenta. «¿Y tú?», le preguntaron. Nanahuatzin lo pensó un momento y respondió: «Lo haré con gusto».
Durante cuatro días, los dos se prepararon. Tecuciztécatl ofreció regalos lujosos: plumas finas, bolitas de oro y piedras preciosas. Nanahuatzin no tenía nada de eso, así que ofreció lo único que tenía: unas ramitas, unas espinas de maguey y todo su esfuerzo.
Mientras tanto, los dioses encendieron una hoguera gigantesca. Sus llamas eran tan altas que iluminaban las pirámides. Quien saltara al fuego se transformaría en luz.
Le tocó primero a Tecuciztécatl. Corrió hacia las llamas, pero sintió el calor en la cara y se detuvo. Lo intentó otra vez, y otra, y otra más. Cuatro veces se acercó, y las cuatro veces el miedo lo hizo retroceder.
Entonces llamaron a Nanahuatzin. Él cerró los ojos, juntó todo su valor y saltó a la hoguera sin mirar atrás. Al verlo, Tecuciztécatl sintió vergüenza y saltó también. Detrás de ellos se lanzaron un águila y un jaguar: por eso, cuentan, el águila tiene plumas oscuras y el jaguar tiene manchas en la piel.
Los dioses esperaron mirando hacia todos lados, sin saber por dónde aparecería la luz. De pronto, por el oriente, salió un sol enorme y dorado: era Nanahuatzin. Y poco después, por el mismo lado, salió otro sol que brillaba igual: era Tecuciztécatl.
«¡No puede haber dos soles iguales!», dijeron los dioses. Uno de ellos tomó un conejo y lo lanzó con fuerza a la cara del segundo sol. Su luz se apagó poco a poco, hasta volverse una luz suave y plateada. Así nació la Luna, y en su cara quedó dibujada la figura del conejo.
Pero había un problema: el Sol y la Luna estaban quietos en el cielo. Entonces el dios del viento sopló y sopló con todas sus fuerzas, hasta que el Sol empezó a caminar. La Luna se quedó atrás y empezó a caminar más tarde.
Por eso, desde entonces, el Sol alumbra el día y la Luna acompaña la noche. Y si miras con atención la luna llena, todavía puedes ver al conejo.
Moraleja
El valor no depende de lo que tienes ni de cómo te ves: a veces el más humilde es el más valiente.
Preguntas de comprensión
- ¿Cómo era el mundo al principio de la leyenda?
- ¿En qué ciudad se reunieron los dioses?
- ¿Cómo era Tecuciztécatl y cómo era Nanahuatzin?
- ¿Qué ofreció cada uno durante los cuatro días?
- ¿Por qué Tecuciztécatl no saltó a la hoguera la primera vez?
- ¿Por qué los dioses le lanzaron un conejo al segundo sol?
- ¿Qué hizo el dios del viento?
- ¿Qué personaje te parece más valiente y por qué?