Don Tropiezos y la Escuela Encantada
Samenvatting
Don Tropiezos, el torpe trabajador de la Escuela Encantada, siempre se está golpeando. Un día, una caída lo deja incapacitado, pero los niños de la escuela usan su magia para ayudarlo. Don Tropiezos aprende a aceptar su torpeza y la ayuda de los demás, incluso haciendo las paces con un duende travieso.
Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas color esmeralda, un colegio muy especial llamado "La Escuela Encantada". En esta escuela, no solo aprendían los niños a leer y escribir, sino también a usar la magia que llevaban dentro. Y en esta escuela, trabajaba Don Tropiezos. No es que se llamara así de nacimiento, ¡no, no, no! Su verdadero nombre era Don Ramiro, pero todos le decían Don Tropiezos porque... bueno, porque se tropezaba con todo. Con sillas, con mesas, ¡incluso con el aire! Parecía que un duende travieso le ponía piedritas invisibles en el camino.
Don Tropiezos era el encargado de mantener la escuela limpia y ordenada. Barría los patios, limpiaba las ventanas y sacudía el polvo de las estanterías llenas de libros de hechizos. Era un hombre bueno, con un corazón tan grande como una sandía, pero su torpeza era legendaria. Cada día era una aventura llena de caídas, resbalones y pequeños accidentes. A veces, un balde de agua terminaba sobre su cabeza, otras veces, terminaba enredado en una manguera. Los niños de la escuela lo querían mucho, aunque a veces se reían (con cariño, ¡por supuesto!) de sus tropiezos.
Un día, mientras Don Tropiezos intentaba colgar un nuevo cartel que decía "Bienvenidos a la Escuela Encantada", se tropezó con una maceta gigante llena de petunias moradas. ¡Pum! Cayó al suelo con un estruendo. Las petunias salieron volando por todas partes y Don Tropiezos sintió un dolor punzante en la pierna.
"¡Ay, ay, ay!", gritó, llevándose la mano a la pierna. Parecía que esta vez, la cosa iba en serio. Los niños, al oír el ruido, corrieron a ayudarlo. Entre todos, lo levantaron y lo llevaron a la enfermería de la escuela. La enfermera, Doña Remedios, era una señora sabia y amable, con el pelo blanco recogido en un moño y una sonrisa que curaba cualquier dolor.
Doña Remedios examinó la pierna de Don Tropiezos. "Hummm, parece que te has torcido el tobillo", dijo. "Nada grave, pero necesitas reposo". Don Tropiezos suspiró. Reposo significaba no poder trabajar, y no poder trabajar significaba que la escuela estaría sucia y desordenada. Se sentía muy mal por no poder cumplir con su deber.
Pero los niños de la Escuela Encantada no iban a dejar que Don Tropiezos se preocupara. Se reunieron en secreto y decidieron que ellos se encargarían de limpiar y ordenar la escuela. Usando sus pequeñas habilidades mágicas, hicieron que las escobas barrieran solas, que los trapos limpiaran las ventanas con un simple chasquido de dedos y que los libros se ordenaran mágicamente en las estanterías.
Al día siguiente, cuando Don Tropiezos despertó, se sorprendió al ver que la escuela estaba más limpia y ordenada que nunca. Las ventanas brillaban como espejos, el suelo relucía y los libros estaban perfectamente alineados. No entendía nada. ¿Habría sido un sueño?
Salió cojeando de la enfermería y se encontró con los niños. Ellos, con una sonrisa traviesa, le explicaron todo. Le contaron cómo habían usado su magia para ayudarlo. Don Tropiezos se emocionó mucho. Nunca se había sentido tan querido y agradecido.
"¡Sois los mejores!", exclamó, con lágrimas en los ojos. "Gracias, de verdad, gracias".
Los niños siguieron ayudando a Don Tropiezos durante toda su recuperación. Y Don Tropiezos, aprendiendo de sus errores (y de la magia de los niños), empezó a ser más cuidadoso. Ya no se tropezaba tanto. O, al menos, no tan a menudo.
Un día, mientras caminaba por el jardín de la escuela, Don Tropiezos sintió que algo le rozaba la pierna. Miró hacia abajo y vio... ¡un duende! Era un duende pequeño, con una gorra roja y una sonrisa pícara.
"¡Hola!", dijo el duende. "Soy el duende que te ponía las piedritas invisibles. Lo siento, me aburría".
Don Tropiezos, en lugar de enfadarse, se echó a reír. "No te preocupes", dijo. "Ahora sé que tengo a mucha gente que me quiere y que me ayuda. Ya no me importa tropezarme de vez en cuando".
El duende, sorprendido por la reacción de Don Tropiezos, prometió no volver a ponerle más piedritas. Y así, Don Tropiezos, con la ayuda de los niños y la promesa del duende, se convirtió en el trabajador más feliz de la Escuela Encantada. Y aunque a veces todavía se tropezaba, ahora lo hacía con una sonrisa en la cara, sabiendo que siempre tendría a alguien cerca para ayudarlo a levantarse.
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