Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozLuna era una abuela muy especial. No era una abuela que tejía bufandas ni horneaba galletas, aunque le encantaba comerlas. La Abuela Luna tejía arcoíris. Cada mañana, con hilos de luz de sol y gotas de rocío, tejía un arcoíris nuevo para el cielo. Los niños del pueblo, Villa Arcoíris, despertaban cada día con la alegría de ver la creación de la Abuela Luna.
Un día, Luna se despertó y sintió un vacío. ¡Sus hilos de sol estaban apagados y las gotas de rocío se habían secado! No podía tejer el arcoíris. El cielo amaneció gris, y Villa Arcoíris perdió su brillo. Los niños estaban tristes. Ya no reían tan fuerte, ni jugaban con tanta energía. El color de sus ropas parecía haberse desvanecido.
Una niña llamada Sofía, la más curiosa y valiente del pueblo, decidió que debía hacer algo. "¡Tenemos que ayudar a la Abuela Luna!", exclamó a sus amigos, Mateo y Isabella. Los tres, con sus ojos llenos de determinación, emprendieron una aventura para encontrar los colores perdidos del arcoíris.
Primero, fueron a la Montaña del Sol, donde normalmente los primeros rayos dorados se guardaban. Pero la montaña estaba cubierta de niebla, y los rayos de sol no aparecían. "¡Necesitamos algo que disipe la niebla!", dijo Mateo. Recordó que su abuelo le había contado sobre unas flores mágicas que crecían en el Bosque Susurrante y que su aroma podía espantar cualquier nube.
Así que se dirigieron al Bosque Susurrante. El bosque estaba oscuro y silencioso, muy diferente a como lo recordaban. Los árboles parecían tristes, y las hojas no susurraban canciones, sino lamentos. Isabella, que era muy buena escuchando a la naturaleza, se acercó a un árbol y le preguntó qué sucedía. El árbol, con una voz ronca, les contó que un Monstruo de la Tristeza había llegado al bosque y se había robado la alegría de las flores mágicas.
"¡Tenemos que encontrar al Monstruo de la Tristeza!", exclamó Sofía. Siguiendo las huellas oscuras y pesadas, llegaron a una cueva. Dentro, acurrucado en un rincón, estaba el Monstruo de la Tristeza. Era una criatura pequeña y gris, con ojos llorosos y una expresión muy triste.
Sofía, en lugar de asustarse, se acercó al monstruo. "¿Por qué estás tan triste?", le preguntó con dulzura. El Monstruo de la Tristeza, sorprendido por la amabilidad de Sofía, le contó que se sentía solo y que nadie quería jugar con él porque era diferente.
Mateo tuvo una idea. Sacó de su bolsillo una pequeña flauta de madera y comenzó a tocar una melodía alegre. La música llenó la cueva, y el Monstruo de la Tristeza comenzó a sonreír. Isabella, mientras tanto, le ofreció al monstruo una flor silvestre que había encontrado en el camino. El Monstruo de la Tristeza la tomó con cuidado y la abrazó.
De repente, la cueva se iluminó con una luz cálida. El Monstruo de la Tristeza comenzó a cambiar de color. Primero, se puso un poco rosado, luego amarillo, luego verde, hasta que se convirtió en una criatura alegre y colorida. El Monstruo de la Alegría les dio a los niños una bolsa llena de polen brillante de las flores mágicas.
Con el polen brillante, volvieron a la Montaña del Sol y lo esparcieron por la niebla. ¡Al instante, la niebla se disipó y los rayos de sol comenzaron a brillar con fuerza! Recogieron los rayos de sol en frascos de cristal y corrieron de vuelta a Villa Arcoíris.
Luego, se dirigieron al Río de las Lágrimas, donde normalmente las gotas de rocío se formaban. Pero el río estaba seco y polvoriento. Recordaron que su maestra, la Señora Estrella, les había enseñado una canción para llamar a la lluvia. Los tres, tomados de la mano, cantaron la canción con todas sus fuerzas.
De pronto, unas nubes grises aparecieron en el cielo y comenzaron a llover. Las gotas de rocío llenaron el Río de las Lágrimas. Recogieron las gotas de rocío en botellas de vidrio y volvieron corriendo a la casa de la Abuela Luna.
Con los rayos de sol y las gotas de rocío, la Abuela Luna pudo tejer un arcoíris más hermoso que nunca. El cielo se llenó de colores vibrantes, y Villa Arcoíris recuperó su alegría. Los niños volvieron a reír, a jugar y a llenar el pueblo de vida. Y el Monstruo de la Alegría, ahora su amigo, se unió a ellos, aprendiendo que la amistad y la alegría pueden transformar cualquier tristeza.
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