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Don Ruperto era un arcoíris, pero no uno cualquiera. Era un arcoíris tímido. En lugar de brillar con fuerza después de la lluvia, se escondía detrás de las nubes, asustado de que alguien lo viera. Sus colores, normalmente vibrantes, se apagaban cuando sentía miradas curiosas.
"¡Ay, qué vergüenza!", murmuraba Don Ruperto, enrollándose sobre sí mismo. "¡Todos me miran! ¡Mis colores son demasiado brillantes!".
Un día, mientras se escondía detrás de una nube gorda y gris, escuchó un llanto suave. Era una niña pequeña, llamada Lucía, sentada en el jardín, con los ojos llenos de lágrimas.
Don Ruperto, a pesar de su timidez, sintió curiosidad. Se asomó un poquito por detrás de la nube, solo un poquito, para ver qué pasaba. Vio que Lucía tenía un dibujo a medio terminar. Era un arcoíris, pero los colores eran apagados y tristes.
"¿Por qué lloras, Lucía?", preguntó Don Ruperto, su voz un susurro suave como el viento.
Lucía se sobresaltó. Miró hacia arriba, buscando de dónde venía la voz. "¿Quién ha dicho eso?"
Don Ruperto se armó de valor y se mostró un poco más. Un arco pequeño, casi invisible, apareció en el cielo. "Soy yo, Don Ruperto, el arcoíris tímido. He visto que estás triste."
Lucía parpadeó, asombrada. Nunca había hablado con un arcoíris. "Es que... mi arcoíris no me sale bien. No tiene colores bonitos. Quiero que sea como los que veo después de la lluvia, ¡pero no sé cómo!"
Don Ruperto sintió un vuelco en su interior. Él sabía cómo hacer colores bonitos, ¡él era un arcoíris! Pero la timidez lo frenaba. Respiró hondo. "Quizás... quizás yo pueda ayudarte", dijo, con voz temblorosa.
"¿De verdad?", preguntó Lucía, con los ojos brillantes de esperanza.
Don Ruperto asintió. Lentamente, con mucho esfuerzo, comenzó a dejar que sus colores brillaran un poco más. Primero, un rojo suave, como el de una fresa madura. Luego, un naranja cálido, como el sol al atardecer. Después, un amarillo brillante, como el de un girasol feliz. Poco a poco, los demás colores fueron apareciendo: un verde esmeralda, un azul celeste, un añil profundo y un violeta misterioso.
Lucía observaba con la boca abierta. Los colores de Don Ruperto eran los más hermosos que había visto jamás. Tomó sus acuarelas y, inspirada por la magia del arcoíris, comenzó a pintar de nuevo. Esta vez, los colores salían vivos y brillantes, llenos de alegría.
"¡Es precioso, Don Ruperto! ¡Gracias!", exclamó Lucía, mostrando su dibujo. En él, se veía un arcoíris radiante, con todos los colores brillando con fuerza.
Don Ruperto se sintió feliz, más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo. Ver la alegría en los ojos de Lucía le había dado valor. Se dio cuenta de que sus colores no eran algo de lo que avergonzarse, sino algo hermoso que podía compartir con los demás.
"De nada, Lucía", dijo Don Ruperto, sonriendo con todos sus colores. "Me gusta ayudarte. Y... ya no me da tanta vergüenza."
Desde ese día, Don Ruperto dejó de esconderse detrás de las nubes. Después de cada lluvia, se mostraba en todo su esplendor, llenando el cielo de colores vibrantes. Los niños lo señalaban y reían, maravillados por su belleza. Y Don Ruperto, el arcoíris tímido, sonreía con orgullo, sabiendo que había encontrado su lugar en el mundo, no solo como un arcoíris, sino como un amigo.
Un día, Lucía, ya un poco mayor, vio a Don Ruperto particularmente brillante. Se acercó a él y le preguntó: "Don Ruperto, ¿por qué brillas tanto hoy?"
Don Ruperto respondió: "Porque hoy, Lucía, he aprendido que la verdadera belleza está en compartir lo que tenemos con los demás. Y mis colores, ahora lo sé, son para alegrar el mundo."
Y así, Don Ruperto siguió brillando, recordándoles a todos que incluso los más tímidos tienen algo especial que ofrecer. Que la belleza se encuentra en la diversidad de los colores y en la alegría de compartir.
Cada vez que llovía, los niños esperaban ansiosamente la aparición de Don Ruperto, el arcoíris que había superado su timidez y que, con sus colores, les recordaba que siempre hay esperanza y belleza, incluso después de la tormenta.
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