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Gratis · elegí una vozLucía y Abril acompañaban a su papá todos los sábados al mercado. Les encantaba ver los colores brillantes de las verduras, oler el pan recién horneado y escuchar las voces alegres de los vendedores. Pero siempre había un lugar que les daba escalofríos: el Puesto 17. Era un lugar oscuro y polvoriento, donde casi nunca había clientes. Parecía abandonado y misterioso.
Un día, mientras caminaban frente al Puesto 17, escucharon un murmullo suave y tembloroso: —Chicas… esperen…
Lucía y Abril se detuvieron en seco y se miraron con curiosidad. ¿Quién había hablado? Miraron alrededor y vieron que la única persona cerca era un anciano dormitando detrás de una pila de melones. Entonces, una fresa brillante, casi roja como un rubí, las miraba fijamente desde una caja llena de otras fresas. Sus ojos parecían brillar con una luz propia.
—Si quieren saber la verdad del mercado, vengan mañana a medianoche —dijo la fresa con voz apenas audible—. Pero traigan una linterna… y no le digan a nadie. Es un secreto muy importante.
Lucía y Abril se quedaron boquiabiertas. ¡Una fresa que hablaba! Era algo increíble, como sacado de un cuento de hadas. Asintieron rápidamente, prometiendo guardar el secreto. La fresa sonrió, una sonrisa diminuta y juguetona, y luego se quedó quieta, como si nunca hubiera dicho nada.
Esa noche, Lucía y Abril no pudieron dormir bien. La emoción y el miedo se mezclaban en sus estómagos. Esperaron impacientes a que llegara la medianoche. Cuando el reloj de la sala marcó las doce, se levantaron en silencio, se pusieron sus abrigos y tomaron la linterna que habían escondido debajo de la cama.
Salieron de la casa con mucho cuidado, asegurándose de no despertar a sus padres. La luna llena iluminaba el camino, haciéndolo parecer un sendero mágico. Cuando llegaron al mercado, todo estaba oscuro y silencioso. Las luces de las calles parpadeaban suavemente, creando sombras extrañas y danzantes. El Puesto 17 parecía aún más tenebroso que de costumbre.
Respiraron hondo y se acercaron lentamente al puesto. Para su sorpresa, el Puesto 17 no estaba oscuro. Estaba iluminado con un brillo dorado y cálido que emanaba de adentro. Se acercaron con cautela y miraron a través de las rendijas de la madera.
Lo que vieron las dejó sin aliento. Las frutas y verduras saltaban de sus cajas y formaban un círculo alrededor de algo en el centro. Había manzanas rojas, plátanos amarillos, naranjas jugosas, zanahorias crujientes e incluso un repollo morado, todos moviéndose y parloteando en un lenguaje extraño que no entendían.
En el centro del círculo, sobre una mesa vieja y desgastada, había una gran piña con una corona de hojas verdes. La piña sostenía un libro antiguo, con tapas de cuero gastadas y páginas amarillentas. El libro brillaba con la misma luz dorada que iluminaba todo el puesto.
La piña levantó la vista y las vio. —¡Ah, Lucía y Abril! Sabíamos que vendrían. La fresa nos dijo que eran de confianza.
Lucía y Abril se acercaron tímidamente. —¿Qué está pasando aquí? —preguntó Lucía con voz temblorosa.
—Este es el Libro de las Recetas Secretas —explicó la piña con voz grave y sabia—. Guarda la fórmula de un jugo tan especial que quien lo beba podrá entender el lenguaje de los animales y las plantas. Es un poder increíble, pero también muy peligroso. Si alguien malo lo encuentra, podría usarlo para dominar todo el mercado, obligando a las frutas y verduras a hacer su voluntad.
—¡Oh, no! —exclamó Abril, horrorizada.
—El problema es que el libro está a punto de ser descubierto —continuó la piña—. Hemos sentido la presencia de alguien malvado que lo busca. Necesitamos que alguien lo esconda en un lugar seguro antes de que amanezca. Pero no podemos hacerlo nosotros mismos, porque estamos atados a este puesto.
Las frutas y verduras miraron a Lucía y Abril con ojos suplicantes. Sabían que las niñas eran las únicas que podían ayudarlos.
—¿Nos ayudarán? —preguntó la piña.
Lucía y Abril se miraron. Era una misión peligrosa, pero sabían que tenían que hacer lo correcto. Asintieron con decisión.
—¡Sí, las ayudaremos! —dijo Lucía con valentía.
—¡Lo esconderemos donde nadie lo encuentre! —agregó Abril.
La piña sonrió con alivio. —Gracias, niñas. Sabíamos que podíamos contar con ustedes. Tomen el libro y escóndanlo en un lugar donde nadie sospeche. Piensen en un lugar seguro, un lugar que esté a la vista, pero que nadie crea que esconde un secreto.
Lucía tomó el libro con cuidado. Era pesado y sentía una energía extraña que emanaba de él. Lo envolvieron en un paño viejo que la piña les dio y salieron del Puesto 17.
Pensaron y pensaron en un lugar seguro para esconder el libro. De repente, a Abril se le ocurrió una idea.
—¡Ya sé! Lo esconderemos en la tienda de nuestro papá. Tiene tantas cosas que nadie se fijará en un libro viejo.
Fueron corriendo a la tienda de su papá, que estaba cerca del mercado. Entraron con cuidado y buscaron un lugar para esconder el libro. Finalmente, decidieron esconderlo dentro de una bolsa grande llena de semillas de girasol. Era un lugar perfecto, porque nadie pensaría en buscar un libro valioso entre las semillas.
Escondieron el libro con cuidado y volvieron al Puesto 17 antes de que amaneciera. La piña y las demás frutas las estaban esperando con impaciencia.
—¿Lo escondieron? —preguntó la piña.
—Sí, está a salvo —respondió Lucía.
—Gracias, niñas —dijo la piña con gratitud—. Han salvado el mercado.
A la mañana siguiente, el Puesto 17 parecía vacío y abandonado como siempre. Pero cuando las niñas pasaron frente a él, una manzana roja y brillante les guiñó un ojo y susurró:
—El secreto está a salvo… por ahora.
Desde entonces, cada vez que cruzan el mercado, Lucía y Abril sienten que las frutas y verduras las siguen con la mirada… como esperando el día en que deban proteger el secreto otra vez. Saben que la aventura apenas ha comenzado y que, en el corazón del mercado, se esconde un misterio esperando ser revelado.
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