"¡El Secreto de la Mochila Azul!"
Ernesto acosa a Ontabio en la escuela, haciéndolo sentir triste. Pedro y José, amigos de Ontabio, deciden ayudarlo informando a la directora sobre el comportamiento de Ernesto, lo que lleva a su expulsión y a la restauración de la paz en la escuela.
En la soleada escuela "Alegria", vivían cuatro amigos: Pedro, José, Ernesto y Ontabio. Pedro era conocido por su sonrisa contagiosa, José por sus chistes ingeniosos, y Ontabio… bueno, Ontabio era conocido por su mochila azul, un regalo de su abuela, que siempre llevaba consigo. Ernesto, sin embargo, era conocido por algo menos agradable: le gustaba molestar a Ontabio. Casi todos los días, Ernesto encontraba una nueva forma de hacer sentir mal a Ontabio. Le escondía su lápiz favorito, le ponía apodos tontos, y a veces, incluso le empujaba en el patio. Ontabio se sentía cada vez más triste y solo. Le encantaba la escuela, le encantaba aprender, pero la presencia constante de Ernesto lo hacía sentir miserable. Un día, mientras Ontabio dibujaba en su cuaderno, Ernesto se acercó sigilosamente. "¡Vaya, vaya! ¿Qué estás dibujando, Ontabio? ¿Un retrato de tu abuela? ¡Qué aburrido!" Le arrebató el cuaderno y garabateó sobre el dibujo con un plumón rojo. Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Ontabio. Sintió que su corazón se rompía un poco más. Pedro y José, que estaban cerca, vieron lo que había sucedido. Estaban cansados de ver a Ernesto comportarse así. Ya era suficiente. "¡Ernesto, ya basta!" exclamó Pedro, poniéndose de pie. "No puedes seguir molestando a Ontabio." "Sí," añadió José, "es cruel y no es justo. Ontabio no te ha hecho nada." Ernesto se burló. "¿Y qué van a hacer al respecto? ¿Lloriquearle a la maestra?" Pedro y José se miraron. Sabían que tenían que hacer algo más que solo hablar. Tenían que encontrar una forma de detener a Ernesto de una vez por todas. "Ontabio," dijo Pedro suavemente, "no te preocupes. Te ayudaremos." Le devolvió el cuaderno y lo animó a seguir dibujando. Esa noche, Pedro y José se reunieron para planear. Sabían que Ernesto no iba a cambiar por sí solo. Necesitaban ayuda de un adulto. Pero ¿a quién debían contarle? La maestra ya le había dado advertencias a Ernesto antes, pero nada parecía funcionar. "Creo que deberíamos hablar con la directora," sugirió José. "Ella es la que tiene más poder para hacer algo al respecto." Pedro asintió. "Tienes razón. Es la única forma." Al día siguiente, durante el recreo, Pedro y José buscaron a la directora. La encontraron en su oficina, revisando unos papeles. Con un poco de nerviosismo, le contaron todo sobre el comportamiento de Ernesto. Le explicaron cómo molestaba a Ontabio, cómo le hacía sentir mal, y cómo no parecía importarle las advertencias de la maestra. La directora escuchó atentamente, con el ceño fruncido. Estaba muy preocupada al escuchar lo que Pedro y José le contaban. Sabía que el acoso escolar no era aceptable en su escuela y que debía tomar medidas para proteger a sus alumnos. "Gracias por contármelo," dijo la directora con seriedad. "Voy a investigar esto a fondo. Pueden estar seguros de que haré lo correcto." Esa misma tarde, la directora llamó a los padres de Ernesto y les explicó la situación. Los padres de Ernesto se mostraron muy sorprendidos y avergonzados por el comportamiento de su hijo. Prometieron hablar con él y asegurarse de que no volviera a molestar a nadie. Al día siguiente, Ernesto no fue a la escuela. Pedro, José y Ontabio se preguntaron qué había pasado. Durante la clase, la directora entró al salón. "Niños," dijo la directora, "tengo un anuncio importante que hacer. Debido a su comportamiento inaceptable, Ernesto ha sido suspendido de la escuela por un período indefinido." Un silencio llenó el salón. Pedro y José se miraron con alivio. Sabían que habían hecho lo correcto. Ontabio, por su parte, sintió que un gran peso se levantaba de sus hombros. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió feliz y seguro en la escuela. Los días siguientes fueron mucho más agradables para Ontabio. Podía concentrarse en sus estudios, dibujar en su cuaderno sin miedo, y disfrutar de la compañía de sus amigos. Pedro y José se aseguraron de que Ontabio supiera que siempre estarían ahí para él, sin importar qué. Un día, Ontabio se acercó a Pedro y José con una gran sonrisa. "¡Gracias!" exclamó. "Gracias por defenderme y por ayudarme a sentirme mejor. Son los mejores amigos que alguien podría pedir." Pedro, José y Ontabio se abrazaron. Sabían que su amistad era fuerte y que juntos podían superar cualquier obstáculo. Y aunque Ernesto ya no estaba en la escuela, la lección que habían aprendido permanecería con ellos para siempre: siempre es importante defender a los demás y nunca tolerar el acoso escolar.
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