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Ariana era una niña especial, muy especial. Su cabecita era como una computadora súper rápida, llena de ideas brillantes y preguntas curiosas. Le encantaba dibujar. Con sus lápices de colores, podía crear mundos enteros, llenos de dragones amigables, princesas astronautas y árboles que daban caramelos. Pero, ¡ay!, Ariana tenía un secreto, un secreto que la hacía sentirse un poquito triste y un poquito enojada.
Cuando las cosas no salían como ella quería, cuando un dibujo no era perfecto, o cuando no entendía algo a la primera, ¡pum! La frustración explotaba. Y lo peor de todo, descargaba su enojo con sus pobres lápices de colores. Los quebraba, los mordisqueaba, los hacía volar por los aires. ¡Pobrecitos!
Su mamá, Doña Elena, era una mujer muy ocupada. Trabajaba mucho para que a Ariana no le faltara nada. Pero a veces, Doña Elena olvidaba que Ariana era solo una niña. La trataba como si fuera una adulta, esperando que siempre entendiera todo y se comportara a la perfección. Cuando Ariana se equivocaba, Doña Elena la regañaba con palabras afiladas, sin darse cuenta de que a su hija le costaba mucho, muchísimo, expresar lo que sentía.
Un día, Ariana estaba dibujando un unicornio mágico. Quería que fuera el unicornio más hermoso del mundo. Pero las alas no le salían bien, la crin era demasiado corta, y el cuerno parecía un simple palo. La frustración comenzó a crecer dentro de ella como un globo que se infla, se infla, se infla…
¡Crack! Un lápiz rojo fue la primera víctima. ¡Snap! Un lápiz azul le siguió. Ariana lloraba y rompía lápices sin control. Doña Elena entró en la habitación justo en ese momento.
"¡Ariana! ¡Pero qué haces! ¡Mira cómo tienes todo! ¡Siempre igual! ¡No puedes controlar tu temperamento!" La voz de Doña Elena era dura y regañona.
Ariana no dijo nada. Simplemente se escondió detrás de su mesa, sintiendo que las lágrimas le quemaban los ojos. No podía explicarle a su mamá por qué se sentía así. Las palabras se le atascaban en la garganta, como si fueran trozos de carbón.
Al día siguiente, Ariana encontró una cajita de madera en su escritorio. Era una cajita pequeña, decorada con flores pintadas a mano. Dentro, había una nota que decía: "Para mi Ariana, la artista más brillante. Con amor, tu abuela Sofía."
Ariana abrió la caja y encontró algo maravilloso: ¡lápices de colores nuevos! Pero estos eran diferentes. Cada lápiz tenía un nombre escrito en letras doradas: Alegría, Calma, Paciencia, Amor, Esperanza.
Esa tarde, la abuela Sofía visitó a Ariana. Era una mujer sabia y dulce, con una sonrisa que iluminaba toda la habitación.
"Ariana, mi niña," dijo la abuela Sofía, sentándose junto a ella. "He notado que a veces te cuesta expresar tus emociones. Es normal, cariño. Todos nos sentimos así a veces."
Ariana asintió, sintiendo que la abuela Sofía la entendía de verdad.
"Estos lápices," continuó la abuela Sofía, "son especiales. Cada vez que te sientas frustrada, toma uno de estos lápices y dibuja lo que sientes. Si te sientes enojada, dibuja un volcán en erupción. Si te sientes triste, dibuja una lluvia suave. Lo importante es que expreses tus emociones, en lugar de guardártelas dentro."
Ariana probó los lápices. El lápiz "Alegría" pintaba un sol radiante. El lápiz "Calma" pintaba un mar tranquilo. El lápiz "Paciencia" pintaba una tortuga caminando lentamente.
A partir de ese día, Ariana empezó a usar los lápices mágicos de su abuela. Cuando se sentía frustrada, ya no rompía sus lápices. En cambio, dibujaba sus emociones. Aprendió que estaba bien sentirse triste, enojada o asustada. Lo importante era encontrar una forma de expresar esos sentimientos.
Un día, Doña Elena llegó a casa cansada y de mal humor. Empezó a regañar a Ariana por una pequeña mancha de pintura en la mesa.
Ariana sintió que la frustración volvía a crecer dentro de ella. Pero esta vez, respiró hondo y tomó el lápiz "Paciencia". Dibujó una tortuga caminando lentamente. Y luego, con el lápiz "Amor", dibujó un corazón grande y brillante.
"Mamá," dijo Ariana con voz suave, "sé que estás cansada. Pero no me gusta que me grites. Me hace sentir triste."
Doña Elena se quedó sorprendida. Nunca antes había escuchado a Ariana expresar sus sentimientos de esa manera.
Se arrepintió de sus palabras y abrazó a Ariana con fuerza.
"Lo siento, mi amor," dijo Doña Elena. "Tienes razón. No debí gritarte. A veces me olvido de que eres una niña. Prometo que intentaré ser más paciente y comprensiva."
Ariana sonrió. Había descubierto el secreto de los colores: ¡el poder de expresar sus emociones! Y gracias a ese secreto, ella y su mamá comenzaron a entenderse mucho mejor. Ya no quebraba sus lápices. En cambio, los usaba para crear un mundo lleno de amor, alegría y comprensión.
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