¡Las Cerezas Voladoras del Califa Sonriente!
Un califa se enamora de las cerezas durante un viaje, pero se marchitan en el camino de regreso. Los ministros intentan animarlo hasta que un gobernador ingenioso envía cerezas frescas por paloma mensajera, devolviéndole la alegría al califa.
Hace muchísimos años, un califa quiso conocer todo su reino y emprendió un largo viaje a través del desierto. Era un califa curioso y le encantaba descubrir cosas nuevas. Un día, llegó a una lejana ciudad, escondida entre dunas doradas y palmeras altísimas. El gobernador de la ciudad, un hombre corpulento con una barba blanca y rizada, lo recibió con una gran sonrisa y le ofreció una canasta llena de frutos rojos y brillantes. Parecían pequeñas joyas relucientes bajo el sol del desierto. El califa, que nunca había visto nada igual, quedó entusiasmado por el sabor de aquellos frutos. Eran dulces, jugosos y refrescantes, ¡una verdadera delicia! "¿Cómo se llaman estas maravillas?", preguntó, con los ojos brillando de alegría. "Son cerezas, señor", respondió el gobernador, inclinándose respetuosamente. "Son el orgullo de nuestra ciudad". Durante los días que estuvo en aquella ciudad, el califa no paró de comer aquellas frutas dulces y fresquísimas. Las cerezas estaban por todas partes: en el desayuno, en el almuerzo, en la cena... ¡hasta soñaba con cerezas! Le recordaban a pequeños rubíes llenos de sol. Y cuando llegó el momento de regresar a la capital, el califa, con el corazón un poquito triste por tener que despedirse de las deliciosas cerezas, mandó cargar varios camellos con canastas repletas de cerezas. Quería compartir esta maravilla con toda su gente. Pero, ¡ay!, por el camino, con el calor abrasador y el polvo del desierto, las cerezas se echaron a perder. Llegaron a palacio blandas, arrugadas y sin su brillo original. El califa se puso muy triste. Ya no podría disfrutar de su sabor exquisito ni compartirlo con los demás. Una vez en palacio, el califa, con la esperanza de volver a probar esas delicias, ordenó sembrar los huesos de las cerezas. Pero hacía falta mucho tiempo, ¡años!, para que los cerezos crecieran y dieran fruto. La tristeza del califa crecía cada día más. "Hay que hacer algo para que el califa recobre su alegría", decían los ministros, preocupados. "¡Nunca lo habíamos visto tan desanimado!". Todos intentaron entretener a su señor. Organizaron fiestas con música y bailarines, trajeron acróbatas y magos, idearon juegos y diversiones de todo tipo. Pero nada podía alejar la tristeza del califa. Seguía suspirando por sus cerezas. Entonces, los ministros, desesperados, decidieron mandar un emisario, un mensajero veloz y confiable, para informar al gobernador de la lejana ciudad sobre la tristeza del califa y su deseo de volver a probar las cerezas. Y pensando, pensando, el gobernador, que era un hombre muy inteligente y astuto, tuvo una idea brillante. "¡Ya sé cómo alegrar al califa!", exclamó. "Escoged seiscientas parejas de cerezas, las más rojas y jugosas, unidas por el tallo", ordenó. "Y que venga el encargado de las palomas mensajeras. ¡Tenemos un plan!". El gobernador ató cuidadosamente cada par de cerezas a la pata de una paloma mensajera. ¡Seiscientas palomas, cada una con dos cerezas! Era un espectáculo increíble. Las palomas, entrenadas para volar largas distancias, se prepararon para el viaje. Un buen día, el califa, sentado en su trono, mirando al horizonte con tristeza, vio llegar a su palacio una bandada enorme, ¡una nube! de seiscientas palomas. Al principio, se sorprendió. ¿Qué estaba pasando? Y luego, ¡oh, maravilla!, vio que cada una llevaba en el pico una ramita con dos cerezas rojas y brillantes. Las cerezas que tanto amaba. La cara del califa se iluminó como un sol. Una sonrisa enorme se dibujó en su rostro. Allí estaban, las cerezas intactas y frescas, como recién cogidas del árbol. ¡Yanotendría que esperar años para que sus cerezos crecieran! El ingenioso gobernador había encontrado la manera de llevar las cerezas hasta él, salvando el calor del desierto. Entonces, el califa recuperó la alegría y mandó recompensar generosamente al ingenioso gobernador. Organizó una gran fiesta en honor a las cerezas y a las valientes palomas mensajeras, y todo el reino celebró con él. Y desde entonces, cada año, el califa recibía una bandada de palomas con cerezas frescas, manteniendo viva la alegría en su palacio. Y aprendió que la amistad y la inteligencia son los mejores tesoros.
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