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Gratis · elegí una vozRomina Brodo tenía una cabeza llena de nubes, o quizás, llena de agujeros. Porque Romina perdía todo. ¡Todo, todo, todo!
Yendo a la playa, con el sol brillando y las olas llamándola, ¡puf! Perdió la malla. Imaginen la escena: Romina corriendo hacia el mar, feliz y despreocupada, y de repente… ¡oh, no! Su traje de baño desapareció como por arte de magia. Tuvo que nadar en ropa interior, un poco avergonzada pero sin perder la alegría.
Yendo a la escuela, con sus libros y cuadernos apretados contra el pecho, ¡zas! Perdió una muela. No es que se le cayera, simplemente… ¡desapareció! Romina sintió un hueco en su sonrisa, pero siguió cantando canciones en el camino.
Una mañana, mientras el gallo cantaba y el sol estiraba sus rayos dorados, ¡plop! Perdió a su hermana. Sí, a su hermana Sofía. Estaban jugando al escondite en el jardín y, cuando Romina abrió los ojos para buscarla, Sofía ya no estaba. ¡Desaparecida! También, ¡splash! Perdió el cuaderno de matemáticas, que cayó en un charco de barro. Y para rematar la faena, ¡glup! Perdió una banana mordisqueada que guardaba en su bolsillo.
De vuelta en casa, con el pelo revuelto y las mejillas llenas de tierra, mamá la esperaba en la puerta, con los brazos cruzados y una expresión… bueno, digamos que no era la más feliz del mundo.
“Romina Brodo,” dijo mamá, con la voz temblando como una hoja en el viento. “¡Pero qué cosa! ¡Segunda muela que pierdes este mes, quinta banana que desaparece misteriosamente, y cuarta hermana que se extravía esta semana!”
Pero Romina no contestaba. No porque fuera maleducada, sino porque no oía que la retaban. Estaba sorda. ¡Sorda como una tapia! Y no por vieja, no, no. La razón era mucho más… rominesca. Había perdido en la calle… ¡las dos orejas! Sí, las orejas. ¿Cómo? Nadie lo sabe. Quizás se las llevó el viento, o quizás se quedaron enganchadas en una rama de un árbol. El caso es que Romina, la niña olvidadiza, también era ahora la niña sorda.
Mamá suspiró. Ya no sabía qué hacer con Romina. Era un torbellino de olvidos y pérdidas. Un día, harta de tanto desastre, decidió llevar a Romina al Doctor Despiste, un médico muy peculiar que vivía en una casa hecha de calcetines desparejados y curaba con canciones de cuna.
El Doctor Despiste examinó a Romina con una lupa gigante y un estetoscopio hecho de espagueti. Después de una larga y silenciosa reflexión, le dijo: “Romina, no te preocupes. Tu problema no es que pierdes las cosas, ¡es que las regalas al mundo! Tu malla ahora está adornando una estatua de arena en la playa, tu muela está sirviendo de piedrita a un pajarito, tu hermana está explorando el bosque, tu cuaderno está alimentando a los gusanos de tierra, tu banana está endulzando la vida de una ardilla, y tus orejas… bueno, tus orejas seguramente están escuchando los secretos del viento.”
Romina sonrió. Nunca había pensado en sus pérdidas de esa manera. El Doctor Despiste continuó: “Pero, para que no sigas perdiendo cosas importantes, te voy a dar un amuleto mágico: un cascabel hecho con una semilla de diente de león. Cada vez que sientas que algo se te va a escapar, agita el cascabel y recuerda: ¡todo tiene su lugar en el mundo!”
Romina aceptó el cascabel con entusiasmo. Desde ese día, Romina siguió perdiendo cosas, pero ya no se preocupaba tanto. Cada vez que perdía algo, agitaba el cascabel y pensaba en dónde podría estar alegrando la vida a alguien más. Y aunque seguía siendo la niña más olvidadiza del mundo, también era la niña más feliz.
Un día, mientras caminaba por el parque, Romina perdió el cascabel. ¡Oh, no! Pensó que todo volvería a ser un caos. Pero entonces, escuchó un suave tintineo. Siguió el sonido y encontró… ¡una ardilla jugando con el cascabel! La ardilla la miró con ojos brillantes y le ofreció una bellota a cambio. Romina sonrió. Incluso sus amuletos perdidos encontraban su lugar en el mundo.
Desde entonces, Romina Brodo aprendió que perder no siempre es malo. A veces, perder es encontrar la magia en lo inesperado y compartir la alegría con los demás. Y aunque seguía siendo un poco despistada, siempre llevaba una sonrisa en su rostro y un corazón lleno de amor por el mundo y todas sus maravillosas pérdidas. Y colorín colorado, este cuento de Romina Brodo, ¡se ha acabado!
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