Tyqui al Revés y el Calcetín en la Oreja
Tyqui es un mapache travieso que siempre hace todo al revés, desde vestirse hasta organizar sus útiles escolares. A través de divertidas situaciones en casa y en el colegio, Tyqui descubre que seguir una rutina y tener hábitos ordenados le ayuda a divertirse más y a no olvidar sus cosas.

Había una vez en el Bosque de los Árboles Azules, un pequeño mapache llamado Tyqui. Tyqui era muy especial, pero tenía un pequeño problema: ¡todo lo hacía al revés! No era por maldad, ni por pereza, sino porque su cabecita siempre estaba pensando en juegos nuevos. Tyqui desayunaba espaguetis, se ponía los pantalones en los brazos y, lo más gracioso de todo, intentaba caminar con las manos mientras sus pies saludaban al aire. Su mamá, una mapache muy paciente llamada Doña Rayitas, sabía que Tyqui necesitaba aprender una rutina para que la vida en casa y en el colegio fuera más fácil. Un lunes por la mañana, el despertador sonó: ¡RIIING! Tyqui se despertó de un salto, pero en lugar de quitarse el pijama, se puso el abrigo encima del pijama, y luego intentó ponerse los calzoncillos encima del abrigo. —¡Tyqui! —rio Doña Rayitas—. Pareces un superhéroe del revés, pero así no podemos ir al colegio. Primero va el aseo, luego la ropa y después el desayuno. Tyqui asintió con entusiasmo. Fue al baño, tomó el cepillo de dientes y, en lugar de poner pasta en las cerdas, ¡se puso la pasta en la punta de la nariz! —¡Mira, mamá! ¡Soy un muñeco de nieve con olor a menta! —exclamó Tyqui. Doña Rayitas le explicó que los dientes se lavan de arriba abajo para que brillen como perlas. Poco a poco, con muchas risas, Tyqui logró vestirse. Bueno, casi... se puso un calcetín en el pie izquierdo y el otro decidió que se veía mejor colgado de su oreja derecha como si fuera un pendiente de lana. Al llegar al colegio El Tronco Sabio, la maestra, una búho muy elegante llamada Señora Plumas, anunció que era hora de la rutina de entrada. Todos los animalitos debían colgar sus mochilas en los ganchos. Tyqui, distraído por una mariposa, intentó colgarse él mismo del gancho por la cola, dejando su mochila tirada en el suelo. —¡Tyqui! —dijo la Señora Plumas con una sonrisa—. La mochila va en el gancho, y tú vas en tu silla. Tyqui lo intentó de nuevo. Se sentó en la silla, pero lo hizo mirando hacia el respaldo, usando el asiento como mesa. Sus amigos, el conejo Saltarín y la ardilla Bellota, no podían parar de reír. —Es que así veo quién viene por detrás —explicó Tyqui con lógica de mapache. Llegó la hora de la clase de arte. La rutina decía: primero el papel, luego la pintura y al final limpiar. Tyqui, emocionado, decidió que sería más eficiente pintarse la barriga de azul y luego rodar sobre el papel. El resultado fue una obra maestra muy circular, pero Tyqui terminó pareciendo un pitufo peludo. —¡A limpiar! —cantó la Señora Plumas. Tyqui agarró la escoba, pero en lugar de barrer el suelo, empezó a peinar el césped del patio. —¡La tierra necesita estar guapa! —decía mientras los demás recogían los pinceles. Durante el recreo, Tyqui aprendió que para jugar al escondite, primero había que contar y luego buscar. Pero Tyqui contaba: ¡Diez, uno, cinco, chocolate! y salía corriendo a esconderse antes de que nadie se fuera. Sus amigos le explicaron que las reglas y las rutinas son como un mapa del tesoro: si las sigues, ¡llegas a la diversión! De vuelta en casa, llegó el momento más difícil para Tyqui: la rutina de la cena y el baño. Doña Rayitas había pegado unos dibujos en la pared para ayudarlo. 1. Lavarse las manos. 2. Comer sentado. 3. Pijama. 4. Cuento y a dormir. Tyqui miró los dibujos. Fue al lavabo, pero en lugar de lavarse las manos, decidió darle un baño a su patito de goma usando el jabón para hacerle una barba de espuma a su mamá. —¡Tyqui, recuerda el orden! —dijo mamá secándose la espuma. Tyqui suspiró. Se lavó las manos (esta vez sí), se sentó a cenar (aunque intentó comer la sopa con un tenedor al principio) y finalmente llegó el momento del pijama. Esta vez, Tyqui se concentró mucho. Metió una pata, luego la otra... ¡y lo logró! Solo que se lo puso de atrás hacia adelante, con los botones en la espalda. —Bueno —dijo Doña Rayitas—, es un progreso. Al menos no es un sombrero. Antes de dormir, Tyqui tenía que preparar su mochila para el día siguiente. Puso su cuaderno, sus lápices y, por si acaso, un sándwich de mermelada dentro de su zapato. —¡No, Tyqui! El sándwich va en la fiambrera y el zapato en el pie —corrigió su mamá. Tyqui se acostó en su camita. Se sentía cansado pero feliz. Al principio, seguir las rutinas le parecía un poco aburrido, pero se dio cuenta de que cuando hacía las cosas en orden, tenía más tiempo para jugar y no se olvidaba de nada importante. —Mañana —susurró Tyqui bostezando—, intentaré ponerme los dos calcetines en los pies. —Ese es un gran plan, mi pequeño mapache al revés —dijo mamá dándole un beso en la frente. Tyqui se quedó dormido soñando con un mundo donde los árboles crecían hacia abajo, pero donde él siempre sabía dónde había dejado sus zapatos. Había aprendido que, aunque ser un poco loco era divertido, tener una rutina lo ayudaba a crecer y a ser un mapache muy responsable, ¡incluso si de vez en cuando decidía que su nariz necesitaba un poco de pasta de dientes!
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