Yurem y el Secreto del Corazón Servicial
Yurem, una zarigüeya, se siente inferior a los demás animales del bosque. Un viejo carpincho, Saima, le ayuda a darse cuenta de que su amabilidad y disposición para ayudar son valiosas cualidades. Yurem aprende que no necesita ser la mejor en algo para marcar la diferencia en el mundo.
Yurem era una zarigüeya muy divertida. Le encantaba jugar a las escondidas entre las hojas y contar chistes que hacían reír a las ardillas. Pero, con el tiempo, Yurem se fue poniendo triste. Sentía que no era tan especial como los demás animales del bosque. No era ágil como los monos para saltar de árbol en árbol. Era demasiado pequeña para romper piedras, no podía saltar tan alto como un leopardo. No era alta como la jirafa para ver lejos o alcanzar frutas deliciosas en las ramas más altas, ni tenía la fuerza de un búfalo o un rinoceronte para defenderse de los peligros. Tampoco era venenosa como una serpiente, ni peligrosa como una araña, ni respetada como un león. Yurem veía en los demás animales todas sus cualidades espectaculares, y no veía en ella nada que la hiciera sentirse orgullosa de sí misma. Suspiraba mirando al cielo, sintiendo que su pequeño tamaño y su aparente falta de habilidades la hacían insignificante. Un día, Yurem decidió visitar a Saima, un viejo carpincho que vivía cerca del río. Saima era sabio y paciente, y Yurem confiaba en él. "Saima," dijo Yurem con la voz apagada, "no soy buena en nada. Todos los demás animales son increíbles, pero yo solo soy una zarigüeya pequeña y torpe." Saima sonrió con dulzura. "Yurem, querida, no debes compararte con los demás. Cada criatura tiene sus propios talentos y fortalezas. En lugar de enfocarte en lo que crees que te falta, ¿por qué no piensas en las cosas que sí haces bien?" Yurem frunció el ceño. "¿Qué cosas hago bien? No se me ocurre nada." Saima se echó a reír suavemente. "Yurem, ¿recuerdas cuando ayudaste a la ardilla a encontrar sus nueces perdidas? ¿O cuando guiaste al conejo de vuelta a su madriguera después de que se perdiera en la niebla? ¿Y cuando consolaste al pajarito que se había caído del nido?" Yurem parpadeó sorprendida. Era verdad, había hecho todas esas cosas, pero nunca había pensado que fueran importantes. "Pero eso son solo pequeñas cosas," dijo Yurem. "Pequeñas cosas que marcan una gran diferencia," respondió Saima. "Tú tienes un corazón servicial, Yurem. Siempre estás dispuesta a ayudar a los demás, y eso es algo muy valioso. No necesitas ser fuerte como un búfalo o alta como una jirafa para hacer del mundo un lugar mejor." Saima continuó contando historias de cómo Yurem había ayudado a los demás animales. Le recordó cómo había resuelto un problema que la ardilla no podía resolver, cómo su voluntariado había ayudado a los pájaros y cómo su amabilidad había sacado una sonrisa al oso, que estaba melancólico. Le hizo reflexionar, que si era inteligente porque resolvio problemas que otros no podian, que era voluntariosa y ayudo a cada uno de los que ella tenia como increibles, y con sus accionar hizo brillar a los demas, haciendose indispensable para ellos. Yurem escuchaba atentamente, con los ojos cada vez más brillantes. Empezó a darse cuenta de que Saima tenía razón. No necesitaba tener superpoderes para ser importante. Su amabilidad, su ingenio y su disposición para ayudar a los demás eran sus propias fortalezas. Desde ese día, Yurem dejó de compararse con los demás animales. Empezó a enfocarse en sus propias cualidades y a sentirse orgullosa de ellas. Continuó ayudando a los demás, sabiendo que cada pequeña acción podía marcar una gran diferencia. Un día, una gran tormenta azotó el bosque. El río se desbordó y muchos animales quedaron atrapados. El león rugía con frustración, incapaz de llegar a los animales atrapados. El búfalo intentaba abrirse paso entre las rocas, pero era demasiado grande y torpe. Fue entonces cuando Yurem tuvo una idea. Corrió hacia el árbol más alto y empezó a gritar con todas sus fuerzas. "¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Los animales están atrapados!" Los monos, que eran los más ágiles del bosque, escucharon los gritos de Yurem y rápidamente saltaron de árbol en árbol hasta llegar a los animales atrapados. Gracias a la advertencia de Yurem, pudieron rescatarlos a todos antes de que fuera demasiado tarde. Después de la tormenta, todos los animales del bosque se reunieron para agradecer a Yurem. El león, el búfalo, la jirafa, el mono, todos reconocieron la valentía y la inteligencia de la pequeña zarigüeya. Yurem sonrió radiante. Por fin había encontrado su lugar en el mundo. No era la más fuerte, ni la más alta, ni la más rápida, pero era la más servicial. Y eso era lo que la hacía especial. Yurem comprendió que no es necesario ser el mejor en algo para aportar y mejorar la vida del prójimo. Lo importante es tener un corazón servicial y estar dispuesto a ayudar a los demás, sin importar lo pequeños o insignificantes que podamos sentirnos.
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