El Árbol que Daba y Daba
Un árbol ama a un niño que juega en sus ramas y come sus manzanas. A medida que el niño crece, regresa al árbol en busca de ayuda, y el árbol generosamente le da sus manzanas, ramas y tronco. Al final, el hombre anciano regresa al tocón del árbol para descansar, y el árbol se siente feliz de poder ofrecerle consuelo.

Érase una vez, en un campo verde y soleado, un árbol muy especial. No era un árbol cualquiera; este árbol amaba con todo su corazón a un niño pequeño. Desde que el niño aprendió a caminar, el árbol se convirtió en su mejor amigo. Cada día, después de que el sol calentaba la tierra, el niño corría hacia el árbol. Reía y gritaba de alegría mientras jugaba entre sus raíces fuertes y retorcidas. Trepaba por su tronco rugoso, sintiendo la corteza bajo sus pequeñas manos. Se balanceaba en sus ramas, imaginando que era un pirata en un barco navegando por el océano. Cuando el hambre apretaba, el niño recogía las manzanas jugosas y rojas que el árbol le ofrecía generosamente. Las manzanas eran dulces y crujientes, el refrigerio perfecto para un día de aventuras. Y cuando el cansancio lo vencía, se acurrucaba a la sombra fresca del árbol, donde las hojas susurraban canciones de cuna que lo arrullaban hasta dormir. El árbol, a su vez, amaba al niño más que a nada en el mundo. Se deleitaba con su risa, se preocupaba por su bienestar y se sentía feliz simplemente al verlo feliz. Para el árbol, el niño era la razón de ser, el sol que iluminaba sus días. Pero como todo en la vida, el tiempo pasó. El niño creció, sus rodillas se llenaron de cicatrices de mil batallas imaginarias, y sus sueños se hicieron más grandes y complejos. Dejó de venir al árbol tan seguido. El árbol lo extrañaba profundamente, sintiendo un vacío en su corazón de madera. Un día, cuando el árbol casi había perdido la esperanza de volver a verlo, el niño, ahora un joven, regresó. El árbol se llenó de alegría, sus hojas se agitaron con entusiasmo y sus ramas se estiraron para abrazarlo. Pero el joven no venía a jugar. Tenía una mirada preocupada en el rostro. "Árbol", dijo con voz grave, "necesito dinero. Tengo grandes planes, pero no tengo cómo financiarlos". El árbol, sin dudarlo un instante, respondió: "Toma mis manzanas. Están maduras y jugosas. Véndelas en el pueblo. Con el dinero que ganes, podrás empezar a hacer realidad tus sueños". El joven recogió todas las manzanas que pudo cargar y se fue al pueblo a venderlas. Regresó al atardecer, con el bolsillo lleno de monedas. Le dio las gracias al árbol y se marchó, prometiendo volver pronto. El árbol se sintió feliz de haber podido ayudar al joven, pero la verdad era que lo extrañaba aún más. Anhelaba los días en que jugaban juntos, cuando su risa resonaba entre las hojas. Pasó el tiempo. El joven se convirtió en un hombre. Regresó al árbol un día, con el rostro cansado y la ropa desgastada. "Árbol", dijo el hombre, "necesito una casa. Estoy cansado de vagar de un lado a otro. Necesito un lugar al que llamar hogar". El árbol, aunque sintió un dolor profundo al escuchar estas palabras, no dudó en su respuesta. "Corta mis ramas", dijo con voz suave. "Son fuertes y rectas. Con ellas podrás construir una casa sólida y segura". El hombre tomó un hacha y, con gran esfuerzo, cortó las ramas del árbol. Las llevó al pueblo y construyó una casa hermosa y confortable. Le dio las gracias al árbol y se mudó a su nuevo hogar. El árbol se sintió feliz de haber podido ayudar al hombre, pero se sentía más vacío que nunca. Sin sus ramas, se sentía incompleto, vulnerable al viento y a la lluvia. Pasaron muchos años. El hombre, ahora un anciano, regresó al árbol. Estaba encorvado, con el cabello blanco y el rostro lleno de arrugas. "Árbol", dijo el anciano con voz temblorosa, "quiero irme lejos. Quiero navegar por el mar y conocer nuevos mundos". El árbol, que ahora era solo un tronco viejo y desgastado, le dijo con tristeza: "Corta mi tronco y haz un bote. Es lo único que me queda para ofrecerte". El anciano, con lágrimas en los ojos, cortó el tronco del árbol. Con él, construyó un pequeño bote y se adentró en el mar. El árbol, convertido en tocón, se quedó solo en el campo. Mucho tiempo después, el anciano, ya muy viejo y cansado, regresó al campo. El bote se había hundido, sus aventuras habían terminado. Se acercó al tocón del árbol y se sentó en él. "Estoy cansado", dijo con un suspiro. "Ya no quiero viajar ni buscar aventuras. Solo quiero sentarme y descansar". El tocón del árbol, aunque ya no tenía manzanas, ni ramas, ni tronco, le dijo con voz suave y reconfortante: "No tengo nada que darte, solo un tocón viejo y desgastado. Pero siéntate aquí, descansa y recuerda los viejos tiempos". El anciano se sentó en el tocón y cerró los ojos. El sol calentaba su rostro, el viento acariciaba su cabello. Y por primera vez en muchos años, sintió paz y felicidad. El árbol, aunque ya no era un árbol completo, se sintió feliz… otra vez. Porque sabía que, al final, había podido dar al niño, ahora anciano, lo que más necesitaba: un lugar para descansar y recordar. Y así, el árbol que daba y daba, demostró que el amor verdadero no se mide por lo que se recibe, sino por lo que se da.
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