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El gran día había llegado. Veinte niños, nerviosos y emocionados, se reunieron frente a la puerta del Salón de las Artes Escénicas. Alarcón Ruiz Jeremías Daniel, Arias González Pablo Andrés Orlando, Ayala Huenteao Amira Paskal, Calpán Beroíza José Mariano, Castillo Aguayo Jazmín Isidora, Castillo Pérez Agustina Isidora, Cifuentes Orellana Agustín Alberto, Dinamarca Saavedra Leo Nicolás, Huenupe Ortiz Alexia Guadalupe, Maldonado Maldonado Pedro Antonio, Maripí Ancanao David Alejandro, Molina Mellado Camila Belén, Muñoz Olave Valentina Soledad, Oliva Jamett Arleth Valentina, Peña Gómez Vicente Andrés, Rocha Padilla Lukas Agustín, Romero Flores Joaquín Alejandro, Ruiz Carrasco Julieta Antonella Anais, Salamanca Cobian Pía Amanda y Zúñiga Caro Isabella Anibeth. ¡Qué nombres tan largos! Pero todos estaban listos para su primera clase de teatro.
La profesora, la señorita Rosalinda, una mujer con una sonrisa tan brillante como el sol, los recibió con un gran abrazo. "¡Bienvenidos, futuros artistas!", exclamó, con su voz llena de alegría. "Hoy aprenderemos a usar nuestra imaginación para crear mundos maravillosos".
La clase apenas había comenzado cuando un estruendo sacudió el salón. Las ventanas vibraron y un rugido ensordecedor llenó el aire. ¡Era un dragón! Un dragón púrpura, gordo y con una mirada hambrienta, irrumpió en el salón, echando humo por las narices.
"¡Rosalinda! ¡Serás mi postre!", gruñó el dragón, extendiendo una garra gigante hacia la profesora. La señorita Rosalinda, aunque asustada, no perdió la compostura. "¡Por favor, no me comas!", suplicó. "¡Tengo muchos alumnos que necesitan aprender a actuar!".
El dragón, cuyo nombre era Glotón, era famoso por su debilidad por los dulces y… las profesoras de teatro (tenía un gusto peculiar). Estaba a punto de raptar a la señorita Rosalinda cuando Alarcón, el más rápido de todos, gritó: "¡No lo permitiremos!".
Y así comenzó la aventura. Los veinte niños, armados con su ingenio y su recién adquirida (aunque breve) experiencia teatral, decidieron rescatar a su profesora. Arias, el más valiente, propuso un plan: "Lo distraeremos con una obra de teatro tan mala, ¡que se aburrirá y se irá!".
Ayala, la más creativa, rápidamente escribió un guion. Calpán y Castillo Aguayo se encargaron de los disfraces, usando manteles, cortinas y hasta un par de pelucas encontradas en un viejo baúl. Castillo Pérez y Cifuentes prepararon los efectos especiales, usando confeti y un ventilador para simular viento. Dinamarca y Huenupe diseñaron la escenografía, pintando cartones con colores chillones.
Mientras tanto, Maldonado y Maripí intentaban convencer al dragón de que la señorita Rosalinda era alérgica a los dragones (una mentira piadosa, por supuesto). Molina y Muñoz practicaban sus líneas, tratando de actuar lo peor posible, ¡para que la obra fuera un desastre total! Oliva y Peña afinaban sus instrumentos musicales (un par de flautas desafinadas y una pandereta oxidada) para crear una banda sonora espantosa.
Rocha y Romero, los más traviesos, prepararon una trampa: un charco de pegamento gigante cubierto de plumas. La idea era que el dragón se resbalara y quedara pegado al suelo.
Finalmente, la obra comenzó. Ruiz y Salamanca actuaron como reyes gruñones, Zúñiga como una princesa llorona y el resto de los niños interpretaron árboles parlantes, conejos bailarines y hasta una vaca que cantaba ópera. La música era estridente, los disfraces ridículos y la actuación… ¡horrible! Glotón, al principio, se burló, pero pronto comenzó a bostezar. La obra era tan mala que le dolía la cabeza.
En el clímax de la obra (si es que se le podía llamar así), Glotón, aburrido hasta las escamas, intentó escapar. ¡Y cayó directamente en la trampa de pegamento y plumas! Quedó atrapado, graznando y revoloteando como un pollo gigante y emplumado.
La señorita Rosalinda, liberada, corrió a abrazar a sus valientes alumnos. "¡Lo lograron!", exclamó, con lágrimas en los ojos. "¡Son los mejores actores del mundo… aunque actúen muy mal!".
Glotón, cubierto de pegamento y plumas, prometió no volver a molestar a la clase de teatro. Y, avergonzado, salió volando, dejando tras de sí una estela de plumas púrpuras y un olor a caramelo quemado. La clase de teatro continuó, con la señorita Rosalinda y sus veinte valientes alumnos, listos para enfrentar cualquier desafío… ¡siempre y cuando no involucrara a dragones glotones!
Desde ese día, la clase de artes escénicas se convirtió en la más popular de la escuela. Todos querían aprender a actuar… y a defender a sus profesores de dragones hambrientos. Y aunque su primera obra de teatro fue un desastre, ¡fue un desastre épico que nunca olvidarían!
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