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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en el corazón de la tierra roja de Misiones, una pequeña estaca de caña de azúcar llamada Sacarina. Sacarina soñaba con crecer fuerte y alta, como las gramíneas de su familia, bajo el sol intenso que brillaba sobre San Javier. Aunque era solo una bebé caña, escuchaba atenta las historias de sus abuelos, las cañas más viejas del campo. Le contaban de sus orígenes lejanos, en tierras de Nueva Guinea e India, y cómo los valientes españoles y portugueses las habían traído a América hace mucho tiempo. También le hablaban de los jesuitas, quienes las habían introducido en Argentina, y de cómo Tucumán se había convertido en la reina del azúcar.
El ciclo de cultivo era largo, de doce a dieciocho meses, y Sacarina sabía que su misión era esencial. Día tras día, sus raíces fibrosas anclaban la planta en el suelo, mientras que su tallo se segmentaba, formando largos entrenudos destinados a almacenar el más valioso de los tesoros: la sacarosa. Le encantaba sentir la lluvia caer sobre sus hojas verdes, imaginando cómo cada gota se transformaba en dulce azúcar.
Cerca de ella, un productor, Don Ramón, un hombre de manos callosas y sonrisa amable, miembro de la Cooperativa local, cuidaba su crecimiento, asegurándose de que recibiera los 1.200 milímetros de lluvia que necesitaba. Don Ramón hablaba con las cañas, como si fueran sus hijas. Sabía que esta caña era la vida de la región, un motor económico que daba empleo a cortadores y sostenía el ingenio de la comunidad. Le contaba a Sacarina sobre los inmigrantes europeos que habían traído el cultivo a Misiones, haciendo de esta provincia, junto con Tucumán, Salta y Jujuy, una tierra de azúcar.
Sacarina aprendió que el suelo rojo, el clima subtropical y las abundantes lluvias eran sus mejores amigos, los que la ayudarían a crecer hasta alcanzar una altura de 3 a 6 metros. Soñaba con ser tan alta como las cañas más grandes, esas que casi tocaban el cielo. Imaginaba el día en que sus tallos estarían llenos de azúcar, listos para ser cosechados.
Un día, llegó la cosecha. Era un momento de celebración y esfuerzo. El aire se llenó del sonido de los machetes y las voces de los cortadores. Algunos tallos, los más viejos, ya habían soltado su inflorescencia, una "flecha" blanca plateada que indicaba que habían terminado de acumular azúcar. Pero Sacarina era joven y fuerte. Sintió un pequeño susto cuando Don Ramón la cortó con precisión, pero él le sonrió y le dijo: "Ahora empieza tu verdadera aventura, Sacarina".
Fue rápidamente transportada en un camión lleno de cañas felices al ingenio, un lugar grande y ruidoso donde la magia sucedía. Allí, tras la molienda, su jugo fue extraído y purificado, transformándose en cristales dulces, brillantes y dorados. Sacarina se sintió orgullosa de su contribución.
No obstante, su misión no terminó en el azúcar. Sus residuos, el bagazo fibroso, no fueron desechados. En lugar de eso, el ingenio los utilizó para generar energía eléctrica limpia, iluminando las casas del pueblo y haciendo funcionar las máquinas. Y parte de su jugo fermentó para crear etanol, un biocombustible que ayudaría a reducir el CO_{2} en la atmósfera, protegiendo el aire que respiraban todos.
Sacarina se dio cuenta de que era mucho más que solo azúcar. Era parte de un ciclo virtuoso, un regalo de la naturaleza que beneficiaba a todos. Había ayudado a alimentar a las personas, a generar energía y a cuidar el planeta.
En forma de azúcar, energía y alcohol, Sacarina se había transformado en la riqueza renovable de su provincia, un dulce ejemplo de la sustentabilidad que podía surgir de la tierra roja de Misiones. Se convirtió en una leyenda entre las cañas de azúcar, inspirando a las nuevas generaciones a crecer fuertes, a dar lo mejor de sí y a contribuir al bienestar de la comunidad.
Desde entonces, cada vez que un niño de Misiones disfruta de un dulce, o cuando una luz se enciende en una casa, o cuando un coche usa biocombustible, recuerdan a Sacarina, la pequeña caña de azúcar con un gran corazón, que les enseñó que hasta la cosa más pequeña puede marcar una gran diferencia en el mundo. Y Don Ramón, cada vez que veía un campo de caña florecer, sonreía sabiendo que Sacarina vivía en cada una de ellas, llenando la tierra de Misiones de dulzura y esperanza.
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