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Gratis · elegí una vozÉrase una vez en un pueblo pequeño y alegre, donde las flores siempre bailaban con el viento, vivía un conejito muy tierno llamado Timoteo. A Timoteo le encantaba jugar, saltar y, sobre todo, dormir. Tan solo había un pequeño problema: a Timoteo siempre se le hacía tarde.
Un día, la señora Búho, la maestra más sabia del bosque, anunció con un fuerte: ¡cucú!, que harían un paseo al Gran Lago Esmeralda. "Deben estar todos a las 9 en punto en la parada del autobús", les dijo. "Ni un minuto antes, ni un minuto después". La señora Búho era muy estricta con la puntualidad, pues decía que el tiempo era un tesoro que debíamos cuidar.
A la mañana siguiente, el sol ya estaba pintando de dorado el cielo y todos los animalitos estaban emocionados y puntuales. Estaban el osito Bruno con su cesta llena de miel, la ardilla Lila con sus nueces favoritas, y el zorrito Fito con su libro de aventuras. Todos esperaban ansiosamente la llegada del autobús mágico, un vehículo lleno de colores y alegría, conducido por el señor Topo, un conductor muy responsable.
La señora Búho miró su reloj de bolsillo y a las 9 en punto, con un "cucú" fuerte y claro, el autobús partió. Todos los animalitos saludaron con entusiasmo a Timoteo, pensando que estaría en la parada. Pero Timoteo no aparecía por ningún lado. La señora Búho suspiró, ya que sabía del problema de Timoteo con la puntualidad.
Timoteo, que se había quedado dormido, se levantó de un salto al escuchar el sonido del autobús marchándose. ¡Oh, no! ¡Se le había hecho tarde otra vez! Corrió tan rápido como pudo, con sus largas orejas ondeando al viento, pero el autobús ya estaba lejos, muy lejos, perdiéndose entre los árboles del bosque. Triste, Timoteo se sentó en una roca, con las orejas caídas y el corazón apesadumbrado. Se había perdido el paseo al Gran Lago Esmeralda, no vio los coloridos peces que nadaban en sus aguas cristalinas ni disfrutó del picnic con sus amigos. Imaginó a sus amigos riendo y jugando, mientras él estaba solo y triste.
Pasó toda la mañana sintiéndose muy mal. Pensó en la señora Búho y en lo decepcionada que estaría. Pensó en sus amigos y en cómo se estarían divirtiendo sin él. Se arrepintió de no haber puesto una alarma y de haberse quedado dormido. Prometió a sí mismo que nunca más llegaría tarde a nada.
Cuando los demás regresaron, Timoteo los vio sonriendo y con las manos llenas de flores silvestres y piedras brillantes. Le contaron todas sus aventuras, con lujo de detalles. Bruno le describió los deliciosos sándwiches de miel que habían comido. Lila le mostró las nueces brillantes que había encontrado a la orilla del lago. Fito le leyó un fragmento de su libro de aventuras, que trataba sobre un valiente conejo que siempre llegaba a tiempo a todas partes. Timoteo sintió una gran tristeza al escuchar sus relatos, una tristeza aún mayor que la que había sentido antes.
En ese momento, Timoteo entendió que la puntualidad no solo era llegar a tiempo, sino respetar el tiempo de los demás y no perderse de los momentos especiales. Comprendió que su tardanza había afectado a sus amigos y a la señora Búho, y que se había perdido una oportunidad única de vivir una gran aventura. Decidió que debía cambiar su forma de ser y convertirse en un conejo puntual y responsable.
Al día siguiente, Timoteo fue a la tienda del señor Tejón, un anciano muy sabio que vendía todo tipo de artilugios. Le explicó su problema y le pidió ayuda. El señor Tejón, con una sonrisa amable, le vendió una alarma muy especial: una pequeña trompeta que sonaba con un sonido muy divertido y alegre. "Esta trompeta te despertará con una sonrisa", le dijo el señor Tejón.
Desde ese día, Timoteo puso la alarma con el sonido de la trompeta antes de acostarse. Y no solo llegó siempre a tiempo a todas partes, sino que también ayudó a sus amigos a ser puntuales. Le recordaba a Bruno que pusiera su reloj en hora, le ayudaba a Lila a preparar su mochila la noche anterior y le acompañaba a Fito a la biblioteca para que no se perdiera en el camino. Se convirtió en el conejo más puntual y responsable del pueblo.
La señora Búho estaba muy orgullosa de Timoteo. Lo felicitó por su cambio y lo nombró ayudante oficial de puntualidad del bosque. Timoteo, feliz y agradecido, se tomó su nuevo cargo muy en serio. Organizaba juegos para enseñar a los más pequeños la importancia de la puntualidad y les contaba la historia de su aventura perdida en el Lago Esmeralda.
Y así, Timoteo, el conejito que siempre llegaba tarde, se convirtió en un ejemplo para todos los animalitos del bosque. Aprendió que la puntualidad es una virtud que nos permite disfrutar de la vida al máximo y respetar el tiempo de los demás. Y colorín colorado, este cuento sobre la importancia de la puntualidad ha terminado.
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