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Gratis · elegí una vozAugusto bostezó, un bostezo enorme que parecía querer tragarse toda la habitación. Mamá sonrió. "Es hora de dormir, Augusto," dijo ella, apagando la luz principal. Una suave luz de luna, proveniente de una lámpara en forma de estrella, llenó el cuarto con un brillo plateado. Pero Augusto no quería dormir. ¡Absolutamente no!
"¡Pero no tengo sueño!" protestó Augusto, sentándose en la cama. "¡Quiero jugar! ¡Quiero leer! ¡Quiero... quiero... hacer algo!"
Mamá se sentó a su lado, arropándolo con su cobija favorita, una con un dibujo de dinosaurios amigables. "Augusto, incluso los dinosaurios necesitan dormir. Mañana tendremos un día lleno de aventuras. Pero ahora, es hora de descansar."
Pero Augusto seguía sin querer dormir. Cerró los ojos con fuerza, pero la idea de jugar era demasiado tentadora. En su mente, imaginó que su habitación era una jungla llena de peligros y tesoros escondidos.
De repente, escuchó un pequeño ruido. "¿Qué fue eso?" susurró Augusto, abriendo un ojo. El ruido se repitió, un suave tic-tac que venía de su reloj de pared con forma de búho. El búho, con sus grandes ojos amarillos, parecía estar mirándolo fijamente.
Augusto se levantó de la cama en silencio, sintiéndose como un valiente explorador. Se acercó al reloj y lo observó con curiosidad. El búho pareció guiñarle un ojo. "¿Me estás diciendo algo?" susurró Augusto.
De pronto, la lámpara de estrella parpadeó. Y luego, ¡puf!, se apagó. La habitación quedó a oscuras, salvo por la tenue luz de la luna que entraba por la ventana. Augusto sintió un escalofrío, pero no estaba asustado. Estaba... emocionado.
En la oscuridad, escuchó un sonido diferente. Un suave ronroneo. Miró hacia abajo y vio a su gato, Bigotes, acurrucado a sus pies. Bigotes lo miró con sus ojos brillantes y luego, con un movimiento ágil, saltó por la ventana abierta.
"¡Bigotes!" exclamó Augusto, preocupado. Corrió hacia la ventana y miró hacia afuera. Bigotes estaba sentado en la rama del árbol del jardín, mirando hacia la luna.
Augusto nunca había salido de su casa de noche. Sintió una mezcla de miedo y emoción. Pero la idea de dejar a Bigotes solo afuera era insoportable. Así que, con cuidado, trepó por la ventana y se sentó junto a Bigotes en la rama.
El jardín era un lugar mágico de noche. Las flores brillaban pálidamente a la luz de la luna, y las hojas de los árboles susurraban secretos al viento. Augusto nunca lo había visto así.
Bigotes ronroneó y se frotó contra su pierna. Augusto sintió un gran alivio. No estaba solo. Estaba en una aventura.
De repente, escucharon un croac. Augusto miró hacia abajo y vio una rana sentada en una hoja de lirio en el estanque. La rana lo miró con sus grandes ojos saltones y luego saltó al agua con un chapuzón.
Augusto sonrió. El jardín estaba lleno de vida, incluso de noche. Empezó a sentir sueño, un sueño tranquilo y agradable.
Miró hacia el cielo. La luna brillaba intensamente, rodeada de miles de estrellas. Nunca había visto tantas estrellas juntas. Era como si alguien hubiera esparcido diamantes por todo el cielo.
Bigotes bostezó, un bostezo pequeño y adorable. Augusto bostezó también, un bostezo mucho más grande. Empezaba a entender por qué mamá quería que durmiera. Estaba cansado, pero era un cansancio bueno, un cansancio que venía de haber explorado y descubierto cosas nuevas.
En ese momento, escucharon la voz de mamá. "¡Augusto! ¿Dónde estás?"
Augusto se asustó un poco, pero sabía que no había hecho nada malo. Solo estaba cuidando a Bigotes.
"¡Aquí estoy, mamá!" gritó Augusto.
Mamá salió corriendo al jardín, con su bata y sus pantuflas. Al verlo sentado en el árbol con Bigotes, suspiró aliviada.
"Augusto, ¿qué estás haciendo aquí?" preguntó ella, con una mezcla de preocupación y sorpresa.
"Estaba cuidando a Bigotes," explicó Augusto. "Él salió por la ventana y no quería que estuviera solo."
Mamá sonrió y lo abrazó con fuerza. "Eres un niño muy valiente y considerado, Augusto. Pero ahora, es hora de volver a la cama."
Augusto asintió, sintiéndose un poco avergonzado por haber salido de la casa sin permiso. Mamá lo ayudó a bajar del árbol y lo llevó de vuelta a su habitación.
Lo acostó en la cama, lo arropó con su cobija de dinosaurios y le dio un beso en la frente. "Buenas noches, mi amor," dijo ella. "Sueña con los angelitos."
Augusto cerró los ojos, sintiéndose seguro y amado. Recordó la aventura en el jardín, las estrellas brillantes, la rana en el estanque, y el suave ronroneo de Bigotes. Sonrió. Ahora sí tenía sueño. Un sueño profundo y reparador.
Al día siguiente, Augusto se despertó lleno de energía. Le contó a mamá sobre su aventura nocturna en el jardín. Mamá lo escuchó con atención y luego le dijo: "Tal vez, la próxima vez, podamos explorar el jardín juntos, durante el día."
Augusto sonrió. Esa era una idea maravillosa. Pero por ahora, estaba contento de haber tenido su pequeña aventura secreta. Y sabía, con certeza, que incluso si no quería dormir, al final, siempre era lo mejor.
Esa noche, antes de acostarse, Augusto miró por la ventana. La luna brillaba intensamente, y Bigotes estaba acurrucado en su cama, roncando suavemente. Augusto sonrió, cerró los ojos, y se durmió al instante, soñando con junglas, tesoros escondidos, y un gato muy valiente llamado Bigotes.
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