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Gratis · elegí una vozHugo era un adolescente con espinas. No espinas de verdad, claro, sino espinas en su actitud. Siempre estaba criticando a los demás, burlándose de sus errores, y haciendo comentarios sarcásticos. En el recreo, solía sentarse solo, observando a los otros niños jugar, pero en lugar de unirse, encontraba algo que criticar: “¡Mira a Sofía, qué mal corre!”, murmuraba. “Y a Juan, ¡siempre tropieza!”.
Sus compañeros de clase lo evitaban. Nadie quería estar cerca de alguien que siempre tenía algo negativo que decir. La maestra, la Señora Elena, estaba preocupada. Veía la tristeza en los ojos de Hugo, escondida detrás de su fachada de chico malo. Un día, después de clase, la Señora Elena llamó a Hugo a su escritorio.
"Hugo," dijo suavemente, "he notado que últimamente no estás muy contento. ¿Hay algo que te preocupe?"
Hugo se encogió de hombros, mirando al suelo. "Nada," respondió secamente.
"Hugo," insistió la Señora Elena, "a veces, cuando nos sentimos mal por dentro, tendemos a tratar mal a los demás. ¿Crees que esto podría ser lo que te está pasando?"
Hugo se quedó callado por un largo rato. Finalmente, con la voz temblorosa, dijo: "Es que… mi abuela está enferma. Ella siempre me contaba cuentos y jugábamos juntos. Ahora está en el hospital y no puedo ir a visitarla porque tengo muchos deberes."
La Señora Elena asintió con comprensión. "Entiendo, Hugo. Eso debe ser muy difícil para ti." Le puso una mano en el hombro. "¿Sabes? A veces, hablar de lo que nos preocupa puede ayudarnos a sentirnos mejor. Y también, tratar a los demás con amabilidad, incluso cuando nosotros no nos sentimos bien, puede hacernos sentir un poco mejor también."
Hugo se quedó pensando en las palabras de la Señora Elena. Esa noche, en lugar de hacer los deberes, escribió una carta a su abuela. Le contó sobre su día, sobre sus amigos (aunque no tenía muchos), y sobre lo mucho que la extrañaba. Al terminar la carta, se sintió un poco más ligero.
Al día siguiente, Hugo decidió probar algo diferente. En el recreo, vio a Sofía intentando aprender a saltar a la cuerda. Siempre se había burlado de ella, pero esta vez, se acercó y le dijo: "Sofía, ¿quieres que te ayude? Mi abuela me enseñó algunos trucos para saltar a la cuerda."
Sofía lo miró con sorpresa. No estaba segura de si debía confiar en Hugo, pero al final, asintió. Hugo le mostró cómo sujetar la cuerda correctamente y cómo coordinar sus movimientos. Al principio, Sofía seguía tropezando, pero Hugo fue paciente y la animó. Después de un rato, Sofía logró saltar varias veces seguidas. Su rostro se iluminó con una sonrisa.
"¡Lo hice! ¡Lo hice!", exclamó Sofía, emocionada. "¡Gracias, Hugo!"
Hugo sintió una calidez en su pecho que no había sentido en mucho tiempo. Ver la alegría de Sofía lo hizo sentir bien a él también. A partir de ese día, Hugo comenzó a ser más amable con los demás. Ayudaba a sus compañeros de clase con sus deberes, les contaba chistes (¡chistes buenos, no sarcásticos!), e incluso empezó a jugar al fútbol con ellos en el recreo. No fue fácil, al principio le costaba mucho controlar sus impulsos negativos, pero poco a poco, fue aprendiendo a ver lo bueno en los demás y en sí mismo.
Un día, la Señora Elena le dio una sorpresa a Hugo. Le dijo que había organizado una visita al hospital para que pudiera ver a su abuela. Hugo se emocionó muchísimo. Corrió al hospital y abrazó a su abuela con todas sus fuerzas. Le leyó la carta que le había escrito y le contó sobre cómo estaba ayudando a Sofía a saltar a la cuerda. Su abuela sonrió. "Estoy muy orgullosa de ti, Hugo," le dijo. "Recuerda siempre que la amabilidad es como una flor que florece en el corazón, y que al regarla en los demás, también florece en ti."
Hugo nunca olvidó las palabras de su abuela. Aprendió que tratar mal a los demás no lo hacía sentir mejor, sino peor. Descubrió que la verdadera felicidad se encuentra en la amabilidad, la compasión y la conexión con los demás. Y aunque a veces todavía sentía tristeza por la enfermedad de su abuela, sabía que siempre podía encontrar consuelo en la amistad y la amabilidad. El corazón de cactus de Hugo, poco a poco, se fue llenando de flores.
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