¡Huesos Retorcidos Aprende a Jugar Limpio!
Huesos Retorcidos, un esqueleto joven, aprende la importancia de seguir las reglas en el Parque Lincoln, especialmente en el arenero. A través de múltiples accidentes y la ayuda de su amiga, la Serpiente Guía, comprende que las reglas existen para proteger a todos y evitar que sus huesos terminen torcidos. Al final, aprende la lección, aunque no sin algunas complicaciones.
En el soleado Parque Lincoln, vivía un esqueleto muy joven llamado Huesos Retorcidos. Acababa de terminar Kinder 1 y estaba lleno de energía. Un día, mientras jugaba cerca de la fuente, conoció a una serpiente muy larga hecha de hueso. Todos la llamaban la Serpiente Guía. Huesos Retorcidos estaba asombrado por su longitud. "¡Wow! ¡Eres enorme!" exclamó. La Serpiente Guía sonrió (si es que las serpientes pueden sonreír). "Cada año que cumplo, crezco un poquito más. Y como ya soy viejita, ¡mi cola es muy, muy larga!" Huesos Retorcidos y la Serpiente Guía decidieron jugar juntos en el parque. Después de un rato, el hambre comenzó a apretarles el estómago (si es que los esqueletos tienen estómago). "¡Tengo hambre!" gritó Huesos Retorcidos. "¡Yo también!" siseó la Serpiente Guía. Decidieron ir a un restaurante llamado Pacífica porque tenía un arenero para jugar. ¡A Huesos Retorcidos le encantaban los areneros! Apenas entraron, Huesos Retorcidos corrió hacia el arenero. Antes de que la Serpiente Guía pudiera decirle algo, ¡Huesos Retorcidos ya estaba brincando dentro del arenero con todo y zapatos! ¡PLAF! Se resbaló y terminó con todos los huesos pegados y torcidos. Resulta que tenía un pedazo de chicle pegado en el zapato. Giró su cráneo hacia la Serpiente Guía y dijo con una risita nerviosa: "Ups, me equivoqué, debí quitarme los zapatos". Por suerte, la Serpiente Guía tenía una lengua muy larga y pegajosa. Con una lamida, le acomodó todos los huesos en su lugar. "Las reglas son para cuidarnos", le recordó la Serpiente Guía con paciencia. Huesos Retorcidos, un poco avergonzado, se quitó los zapatos y regresó al arenero. Pero, ¡oh, no! Vio a otro esqueleto jugando en el arenero y, lleno de impaciencia, lo empujó para quitarle su lugar. La Serpiente Guía, con su voz suave pero firme, le explicó: "Huesos Retorcidos, debes salir. En las reglas hay una imagen que dice que debes esperar tu turno". El otro esqueleto, al jugar, sin querer le pegó a Huesos Retorcidos, ¡y adivina qué! Huesos Retorcidos terminó de nuevo con los huesos torcidos. La Serpiente Guía, como siempre, lo ayudó y le repitió: "Las reglas son para cuidarnos", mientras le volvía a acomodar los huesos en su lugar. Huesos Retorcidos, con la cabeza gacha, dijo: "Ups, me equivoqué, hubiera esperado mi turno". El otro esqueleto se sintió tan mal por pegarle que le dejó su lugar. Muy alegre, sin zapatos, Huesos Retorcidos regresó al arenero. Pero esta vez, comenzó a aventar arena al aire. ¡La arena le cayó en los ojos! Como no podía ver, tropezó y, ¡otra vez!, quedó con los huesos todos torcidos. Giró su cráneo, suspiró y dijo: "Ups, me equivoqué, no debí lanzar arena al aire". Huesos Retorcidos comenzaba a entender que las reglas visuales eran importantes. ¡Debía hacerles caso para no terminar siempre con todos los huesos torcidos! Con la ayuda de la Serpiente Guía, se puso a revisar las reglas que estaban pegadas en la pared. La Serpiente Guía se las explicó una por una, con mucha calma. Después, juntos se sentaron a jugar tranquilamente, construyendo castillos de arena y respetando el espacio de los demás. La pasaban muy bien, pero Huesos Retorcidos no resistió más. Mientras la Serpiente Guía se volteaba, ¡empezó a lanzar arena de nuevo! En ese momento, la Serpiente Guía volteó y abrió la boca para decirle algo, ¡y fue entonces que tragó la arena que aventó Huesos Retorcidos! Comenzó a toser y toser. ¡Ahora sí, Huesos Retorcidos comenzó a sentirse muy culpable! La Serpiente Guía lo había ayudado muchas veces a colocar sus huesos en su lugar. Se sentía muy, muy mal por lo que había pasado. La Serpiente Guía corrió al lavabo y se enjuagó la boca. Huesos Retorcidos se disculpó arrepentido. La Serpiente Guía le dijo que lo perdonaba, pero que le prometiera que en adelante revisaría las reglas visuales para que pudieran estar a salvo los dos. Huesos Retorcidos aceptó. Tal como decía en el reglamento, al salir se sacudió la arena y se lavó las manos. "Esta vez será diferente", le dijo a la Serpiente Guía. "Mis huesos no se volverán a torcer". Salieron del restaurante y llegaron a casa. De repente, la Serpiente Guía comenzó a sentirse muy mal del estómago. Huesos Retorcidos corrió por una cubeta, pero no alcanzó a llegar y la Serpiente Guía vomitó por todos lados ¡mucha arena! Huesos Retorcidos se resbaló y terminó, ¡sí, adivinaste!, de nuevo con los huesos torcidos. Dijo con tristeza: "Ups, me equivoqué, no debí lanzarte arena a la cara". La Serpiente Guía, vomitando, dijo con voz débil: "Las reglas... son... para... cuidarnos". Esta vez, la Serpiente Guía no podría ayudarlo. Estaba toda torcida porque le dolía mucho el estómago. Estuvieron todos torcidos un buen rato, pero la Serpiente Guía, a pesar de que le dolía su pancita, se puso feliz de repente, pues Huesos Retorcidos le dijo finalmente: "Tenías razón, las reglas sí son para cuidarnos". Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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