
El río Daule estaba crecido como nunca. Las lluvias de enero habían convertido los campos verdes en mares de lodo y los caminos en arroyos peligrosos. El joven Montubio cabalgaba su mula vieja cuando escuchó un relincho desesperado que venía del río. Entre las aguas turbias vio algo imposible: un caballo enorme, más grande y más hermoso que ninguno que hubiera visto, luchaba contra la corriente con una estrella blanca brillando en su frente.
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