
Era un martes perfecto para una aventura. Snoopy se subió al techo de su casita roja, se puso sus gafas de aviador imaginarias y se transformó en el valiente Barón Volador. «¡Enemigos a las tres en punto!», gritó señalando una nube con forma de salchicha. Woodstock, sentado en la antena, agitó sus alitas como si fueran metralletas diminutas. La batalla era épica: giros, piruetas y explosiones imaginarias llenaban el cielo del jardín de Charlie Brown.
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