
Ranita tenía un problema: no podía flotar tranquila. Cada vez que intentaba quedarse quieta en el agua, sus patitas empezaban a moverse solas, salpicando a todos alrededor. «¡Necesito aprender a estar en calma como tú, Capy!», dijo saltando sobre su cabeza. Capy sonrió y se deslizó suavemente al río. «Lo primero es respirar despacio», dijo cerrando los ojos mientras el agua le hacía cosquillas en la barriga.
— 1 / 3 —
1 / 3

