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Gratis · elegí una vozAilin tenía tres años y un perrito llamado Cariño. Cariño no era un perro cualquiera; era un torbellino de energía con un pelaje suave como el algodón de azúcar y unas orejas que parecían antenas parabólicas, siempre atentas a la próxima aventura. Ailin y Cariño eran inseparables. Jugaban en el parque, se escondían detrás de los árboles y compartían secretos susurrados al oído (o, en el caso de Cariño, al hocico). Pero había una cosa que los dos compartían, y no era precisamente una virtud: ¡eran los más lentos del mundo a la hora de comer!
Cada mañana, la mamá de Ailin les preparaba un delicioso desayuno: avena cremosa con fresas para Ailin y pienso especial para cachorros con un chorrito de caldo de pollo para Cariño. La mesa estaba llena de color y olor, pero Ailin y Cariño parecían no tener prisa alguna. Ailin, con su cuchara pequeña, removía la avena con parsimonia, observando las fresas como si fueran pequeños planetas. Cariño, por su parte, olía el pienso con detenimiento, daba un mordisco, lo masticaba lentamente y luego miraba al techo, como si estuviera reflexionando sobre la vida.
"Ailin, Cariño, ¡comed rápido!", decía la mamá de Ailin con una sonrisa paciente. "El sol está brillando y el parque os espera".
Pero Ailin y Cariño seguían a su ritmo, lentos como caracoles en un día lluvioso. Mientras tanto, los otros niños y sus mascotas ya estaban en el parque, jugando al escondite, corriendo tras las palomas y balanceándose en los columpios. Ailin y Cariño los veían por la ventana, con un poco de envidia en sus ojos.
Un día, Ailin tuvo una idea. "Cariño", le susurró mientras revolvía su avena. "¿Por qué no hacemos una carrera de comida? El que termine primero, gana".
Cariño, que entendía todo lo que Ailin le decía (o al menos eso creía Ailin), movió la cola con entusiasmo. La idea de competir le gustaba, aunque no entendiera muy bien de qué se trataba.
"¡Mamá, vamos a hacer una carrera de comida!", anunció Ailin.
La mamá de Ailin sonrió. "Me parece una idea estupenda", dijo. "Pero recordad, ¡nada de atragantarse! Comed con cuidado".
Y así comenzó la primera carrera de comida entre Ailin y Cariño. A la señal de la mamá de Ailin, Ailin cogió su cuchara y Cariño se lanzó sobre su plato de pienso. Ailin intentó comer más rápido de lo que solía, pero le costaba. Cariño, por su parte, seguía masticando con la misma lentitud de siempre.
"¡Vamos, Cariño, vamos!", animaba Ailin, tragando un poco de avena con dificultad. Cariño la miró con sus ojos brillantes y pareció entender el mensaje. Empezó a comer un poco más rápido, aunque sin perder su elegancia característica.
Pero la carrera no duró mucho. A los pocos minutos, Ailin se aburrió de comer rápido. Le dolía la barriga y echaba de menos saborear cada fresa. Cariño también parecía cansado de tragar pienso sin prestar atención. Se sentó junto a Ailin y le lamió la mano.
"Esta carrera no es divertida", dijo Ailin, dejando la cuchara sobre la mesa. "Prefiero comer despacio y disfrutar de la comida".
Cariño ladró en señal de acuerdo.
La mamá de Ailin se acercó a ellos y les abrazó. "Tenéis razón", dijo. "Lo importante es disfrutar de la comida y de la compañía. No importa si tardáis un poco más".
Pero entonces, Ailin tuvo otra idea. "Mamá, ¿y si comemos un poco más rápido, pero sin prisas? Así tendremos más tiempo para jugar en el parque".
La mamá de Ailin sonrió. "Esa es una idea excelente", dijo. "Podemos intentar comer un poquito más rápido, pero sin olvidarnos de disfrutar de la comida".
Y así lo hicieron. A partir de ese día, Ailin y Cariño intentaron comer un poco más rápido, pero sin perder el gusto por la comida. Ailin dejó de observar las fresas como si fueran planetas y Cariño dejó de reflexionar sobre la vida mientras masticaba el pienso. Comieron con un poco más de alegría y un poco menos de lentitud.
Y lo mejor de todo es que, gracias a ese pequeño esfuerzo, ahora tenían más tiempo para jugar en el parque. Corrían, saltaban, se escondían detrás de los árboles y compartían secretos susurrados al oído (o, en el caso de Cariño, al hocico). Ailin y Cariño habían aprendido que, a veces, un pequeño cambio puede hacer una gran diferencia. Y que, incluso los más lentos a la hora de comer, pueden aprender a apresurarse un poco para disfrutar aún más de la vida.
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