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Gratis · elegí una vozEn aquellos tiempos en que los barcos parecían monstruos marinos de madera, llegaron unos señores del Viejo Mundo a tierras nuevas. Eran hombres de fe… y de poco gusto para el arte local. ¡Ay, las cosas que vieron! Estatuas con colores que parecían haber explotado, figuras con demasiadas extremidades (¿cuántas manos necesita un dios, en serio?), y caras con lenguas que parecían burlarse de ellos. "¡Idolatría grotesca!", exclamaban, tapándose la boca para disimular la risa (y quizás un poquito de miedo, porque seamos honestos, algunas de esas estatuas daban un poco de repelús). Se persignaban con fervor, como si ahuyentar a los demonios fuera tan sencillo como agitar los dedos en el aire.
"¿Cómo pueden adorar estas… cosas?", preguntaba Don Rodrigo, un hombre de bigote impecable y una opinión aún más impecable sobre todo. "¡No tienen la elegancia de nuestras imágenes! ¡Ni la sobriedad! ¡Ni… bueno, ni el buen gusto!"
Los demás asentían con la cabeza, convencidos de que su dios, uno muy serio con barba y corona de espinas, era muchísimo mejor que cualquier deidad con plumas de quetzal y nariz de serpiente. Hasta que… ¡oh, sorpresa! Don Fernando, un hombre más interesado en el oro que en la salvación del alma, tropezó con una máscara. No era una máscara cualquiera, no. Era una máscara de oro macizo, brillante como el sol al mediodía, con detalles intrincados que dejaban sin aliento (y con un ligero dolor de cuello al intentar levantarla). La máscara representaba a una de esas divinidades “grotescas”, sí, pero ahora, bajo la luz dorada, la lengua afuera parecía… ¡audaz! Los colores estridentes se transformaron en un vibrante despliegue de poder. Y las formas extrañas… bueno, seguían siendo extrañas, pero ahora eran “únicas” y “fascinantes”.
La burla se le atragantó a Don Fernando. De pronto, esa imagen que antes le parecía repulsiva, ahora le parecía… majestuosa. Imponente. Divina, incluso. Mucho más divina que cualquier santo de madera que hubiera visto en su vida. “Bueno…”, murmuró, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie lo oía, “al menos esta sí brilla”. Y sin pensarlo dos veces, se guardó la máscara bajo el abrigo. Era pesada, sí, pero cada gramo de oro valía la pena.
Regresó al campamento con una sonrisa disimulada. Los demás seguían criticando las “idolatrías grotescas”, pero Don Fernando ya no prestaba atención. Ahora veía el mundo con ojos dorados. Lo feo se había vuelto sagrado… pero sólo porque pesaba más de dos kilos. Y porque podría venderse por una fortuna, claro está.
Al día siguiente, el grupo se preparó para seguir explorando. Don Rodrigo, siempre preocupado por la moral, propuso quemar algunas de las estatuas “para limpiar la tierra de la herejía”. Don Fernando asintió con entusiasmo… siempre y cuando no se acercaran a la máscara dorada, por supuesto.
Pasaron los días, y Don Fernando se volvió cada vez más silencioso y contemplativo. A veces, por la noche, sacaba la máscara de su escondite y la observaba a la luz de la fogata. Ya no la veía como un simple objeto de valor. Empezaba a ver en ella… bueno, no entendía qué veía, pero era algo más que oro. Era la historia de un pueblo, la representación de una creencia, un símbolo de poder y belleza que él, con su arrogancia, había despreciado. Aunque, claro, el hecho de que valiera una fortuna seguía siendo un factor importante.
Un día, llegaron a un pueblo. Los habitantes, al verlos, se escondieron temerosos. Don Fernando sintió un pinchazo de culpa. No era un hombre de remordimientos, pero la mirada asustada de una niña le recordó algo… algo que había olvidado en su búsqueda de riquezas.
Por la noche, mientras sus compañeros dormían, Don Fernando tomó una decisión. Sacó la máscara dorada de su escondite y caminó hacia el pueblo. Dejó la máscara en la entrada, a la vista de todos, y regresó al campamento. No dijo nada a nadie.
A la mañana siguiente, cuando los habitantes del pueblo descubrieron la máscara, la recogieron con reverencia. Don Fernando observó la escena desde la distancia. Vio cómo sus rostros se iluminaban al contemplar el objeto sagrado. Y por primera vez, sintió que había hecho algo… bueno, algo menos egoísta de lo habitual.
Claro, no iba a renunciar a su parte del botín, ni iba a convertirse en un defensor de las culturas indígenas. Pero al menos, por una vez, el brillo del oro no había cegado por completo su juicio. Y quizás, solo quizás, había aprendido que la belleza (y el valor) pueden encontrarse en los lugares más inesperados… incluso en una máscara con la lengua afuera.
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