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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la hermosa ciudad de Quito, un joven indígena llamado Cantuña. Cantuña era un constructor muy hábil, pero también un poco impaciente. Un día, la comunidad le encargó una tarea importantísima: terminar el atrio de la iglesia de San Francisco. ¡Era un trabajo enorme! Piedra sobre piedra, día tras día, Cantuña trabajaba sin descanso. Pero el tiempo pasaba volando, y el atrio parecía nunca terminar.
La gente murmuraba. El Padre Superior fruncía el ceño. Cantuña se sentía desesperado. Una noche oscura, mientras trabajaba bajo la luz de la luna, una figura sombría se materializó frente a él. Era Lucifer, el mismísimo Diablo, con una sonrisa malévola.
"¡Cantuña! Veo que estás en problemas", dijo el Diablo con una voz resonante. "Te ofrezco mi ayuda. Mis demonios terminarán el atrio en una sola noche. A cambio, solo quiero tu alma".
Cantuña, abrumado por la presión, dudó. Pensó en la vergüenza que sentiría si no cumplía su promesa. Pensó en la admiración que recibiría si el atrio se terminaba rápidamente. Al final, aceptó el trato. "¡Hecho!", exclamó Cantuña. "Pero, debes terminar el trabajo antes del amanecer".
El Diablo sonrió. "¡Trato hecho!", respondió. En un abrir y cerrar de ojos, cientos de pequeños demonios aparecieron. Con picos y palas, trabajaron a una velocidad increíble. Piedras volaban por el aire, paredes se levantaban como por arte de magia. Cantuña observaba con asombro y un poco de miedo.
Mientras los demonios trabajaban incansablemente, Cantuña comenzó a sentir remordimiento. ¿Realmente había vendido su alma por un atrio? Pensó en su familia, en sus amigos, en la belleza de Quito que amaba tanto. Tenía que encontrar una manera de romper el trato.
Entonces, una idea brillante cruzó por su mente. Observó detenidamente el trabajo de los demonios y notó algo peculiar. ¡Faltaba una piedra! Un pequeño adoquín había sido dejado a un lado, sin ser colocado.
A medida que las primeras luces del amanecer comenzaban a aparecer en el horizonte, Cantuña se acercó al Diablo. "¡Alto!", gritó. "¡No has cumplido tu parte del trato! Falta una piedra".
El Diablo, furioso, revisó el atrio. Efectivamente, faltaba una pequeña piedra. Los demonios, confundidos, se detuvieron. El Diablo rugió de rabia, pero no podía negar la verdad. El trato estipulaba que el atrio debía estar completamente terminado.
"¡Me has engañado!", gritó el Diablo, desapareciendo en una nube de humo. Los demonios, sin su líder, se desvanecieron también.
Cantuña, aliviado y feliz, colocó la última piedra él mismo. Cuando el sol salió por completo, el atrio de la iglesia de San Francisco estaba terminado, pero no por completo gracias al Diablo. La gente de Quito se maravilló de la belleza del atrio y de la habilidad de Cantuña, sin saber el secreto que guardaba.
Desde ese día, Cantuña aprendió una valiosa lección: que la honestidad y el ingenio son más poderosos que cualquier trato con el Diablo. Y la iglesia de San Francisco, con su hermoso atrio, recuerda a todos la astucia de Cantuña y la importancia de cumplir nuestras promesas con nuestro propio esfuerzo. La piedra que Cantuña escondió, se dice, que aun hoy sigue sin estar puesta. Algunos dicen que si encuentras la piedra faltante, tendrás buena suerte. Otros dicen que es mejor dejarla donde está, para recordar la astucia de Cantuña y que no hay atajos para el verdadero éxito.
Y así, Cantuña se convirtió en una leyenda en Quito, un ejemplo de ingenio y valentía, un hombre que engañó al mismísimo Diablo y salvó su alma. Cada vez que alguien visita la iglesia de San Francisco, recuerda la historia de Cantuña y sonríe, sabiendo que incluso el Diablo puede ser superado con astucia y un poco de ingenio. La leyenda de Cantuña se cuenta de generación en generación, recordándonos que la perseverancia y la fe en uno mismo son las herramientas más poderosas que podemos poseer. Y que, a veces, un pequeño truco ingenioso puede salvarnos de las situaciones más difíciles. ¡Así que, la próxima vez que te enfrentes a un desafío, recuerda a Cantuña y nunca te rindas! ¡Siempre hay una solución, solo tienes que encontrarla!
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