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En el corazón del Río Esmeralda, donde el agua brilla como si tuviera diamantes derretidos, vivía un pequeño cocodrilo llamado Coco. Coco tenía escamas de un verde brillante, una cola poderosa y una colección de juguetes que eran el tesoro más grande de toda la selva. Tenía barquitos de corteza de canela, pelotas de caucho natural y, su posesión más preciada, un conjunto de bloques de piedra lisa pintados con tintes de flores.
Sin embargo, Coco tenía un pequeño gran problema: su temperamento. Cada vez que otro animal se acercaba a sus juguetes, Coco sentía un calorcito que empezaba en la punta de su cola, subía por su espalda y terminaba en sus mandíbulas. ¡Zas! Coco lanzaba un mordisco al aire para alejar a cualquiera. No era que Coco fuera malo, simplemente no sabía qué hacer con ese fuego que sentía por dentro cuando alguien tocaba sus cosas.
Un martes soleado, una pequeña ranita llamada Rina saltó cerca de los bloques de Coco. —¡Qué bonitos son! ¿Puedo ayudarte a construir una torre? —preguntó Rina con entusiasmo. Pero antes de que terminara de hablar, Coco sintió el calor. Sus ojos se entrecerraron y sus dientes castañearon. ¡Zas! Coco lanzó un mordisco protector. Rina, asustada, dio un salto gigante y se escondió tras un helecho.
—¡Nadie toca mis bloques! —rugió Coco, pero por dentro se sentía extrañamente triste. Miró su torre a medio terminar y se dio cuenta de que jugar solo no era tan divertido como parecía.

Desde lo alto de un viejo sauce, la Abuela Tuga, una tortuga que había visto pasar cientos de estaciones, observaba la escena. Bajó lentamente y se sentó junto a Coco. —Ese fuego en tu barriga es muy ruidoso, ¿verdad, pequeño? —dijo con voz pausada.
Coco asintió con la cabeza gacha. —Me quema por dentro y solo quiero morder para que se detenga.
—Hay un secreto para apagar ese fuego antes de que llegue a tus dientes —dijo la Abuela Tuga—. Se llama el Suspiro de Colores. La próxima vez que sientas el calor, imagina que tienes un globo invisible en la barriga. Infla ese globo muy despacio por la nariz, cuenta hasta tres, y luego suelta el aire como si estuvieras soplando una semilla de diente de león.
Coco practicó. Inhaló profundamente, sintiendo cómo su pecho se expandía, y luego soltó el aire con un suave susvido. Sintió que el calor en su cola disminuía un poco.

Al día siguiente, un monito llamado Mico apareció mientras Coco organizaba sus barquitos en la orilla. Mico, que era muy curioso, extendió la mano hacia el barco más grande. Coco sintió el fuego instantáneamente. El calor subió por sus escamas, llegó a su cuello y sus mandíbulas se tensaron. ¡Iba a morder! Pero entonces, recordó a la Abuela Tuga.
Cerró los ojos con fuerza. Inhaló profundamente por la nariz... uno, dos, tres. Retuvo el aire un momento, imaginando que el fuego se convertía en una nube de color azul fresco. Luego, soltó el aire muy despacio. El calor desapareció. Sus mandíbulas se relajaron.
—Mico —dijo Coco, con una voz que sorprendió incluso a él mismo por lo tranquila que sonaba—. Ese es mi barco favorito. Si quieres usarlo, debemos tener mucho cuidado.
Mico abrió mucho los ojos, sorprendido. —¡Claro, Coco! Yo puedo ser el capitán y tú el almirante. ¡Podemos hacer una carrera!
Coco sintió una sensación nueva. No era el fuego del enojo, sino una calidez dulce en el pecho. Por primera vez, dejó que alguien más tocara su barco de canela. Juntos, pasaron la tarde creando olas y rescatando hormigas náufragas. Coco descubrió que cuando compartía sus juguetes, la diversión no se dividía, sino que se multiplicaba.
Con el paso de los días, el Suspiro de Colores se convirtió en el mejor amigo de Coco. Aprendió que no necesitaba morder para ser respetado, y que sus juguetes eran mucho más valiosos cuando servían para crear puentes de amistad. Rina la ranita regresó, y pronto el grupo de amigos creció. Construyeron la torre de bloques más alta que el Río Esmeralda hubiera visto jamás, y aunque a veces la torre se caía, Coco ya no sentía fuego. Solo respiraba profundo, sonreía y volvía a empezar, rodeado de amigos y risas.
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