El Amor de Aymara y el Payaso Perdido
Aymara, una niña aymara de gran corazón, encuentra a un payaso triste y perdido llamado Remigio. Aymara, junto con su abuela Mama Killa, le ayudan a encontrar su circo, demostrando que el amor y la amabilidad pueden superar la tristeza y la soledad.
Aymara era una niña aymara que vivía en un pueblito alto en los Andes. Su corazón era tan grande como el cielo azul que veía cada día, lleno de amor para su familia, sus llamas y, sobre todo, para su abuela Mama Killa, que le contaba historias antiguas bajo las estrellas. Un día, mientras jugaba cerca del mercado, Aymara vio algo extraño: un payaso sentado solo en una esquina, con la cara pintada desdibujada por las lágrimas. No era un payaso alegre y bullicioso como los que había visto en las fiestas. Este payaso parecía… perdido. Aymara, impulsada por su gran corazón, se acercó al payaso. "¿Estás bien?" le preguntó en aymara, su lengua materna. El payaso la miró con ojos tristes. "No entiendo tu idioma," dijo con voz ronca. Aymara probó entonces en español, un idioma que había aprendido en la escuela. "¿Estás bien, señor payaso?" El payaso asintió lentamente. "Estoy perdido," dijo. "Me he separado de mi circo y no sé cómo volver." Aymara sintió pena por el payaso. No le importó que su maquillaje estuviera corrido o que su ropa estuviera sucia. Solo vio a alguien que necesitaba ayuda. "Yo te ayudaré," dijo Aymara con determinación. Tomó la mano del payaso y lo llevó a su casa. Mama Killa, siempre sabia y amable, los recibió con una sonrisa. Le contó al abuela la historia del payaso perdido. Mama Killa, después de escuchar atentamente, le ofreció al payaso un plato de quinua caliente y un lugar para descansar. El payaso, cuyo nombre era Remigio, comió con gusto y se sintió un poco mejor. Mientras comía, Aymara le preguntó sobre su circo. Remigio le explicó que su circo viajaba por todo el país, llevando alegría a los pueblos. Contó historias de malabaristas, trapecistas y animales amaestrados. Aymara escuchaba con los ojos brillantes, imaginando las maravillas del circo. Después de la cena, Aymara y Mama Killa decidieron ayudar a Remigio a encontrar su circo. Sabían que sería difícil, pero no se rendirían. Mama Killa sugirió preguntar a los viajeros que pasaban por el pueblo. Al día siguiente, Aymara y Remigio fueron al camino principal y preguntaron a cada persona que pasaba si habían visto un circo. Muchos negaron con la cabeza, pero Aymara no perdía la esperanza. Después de varios días de búsqueda infructuosa, Aymara comenzó a sentirse desanimada. Pero entonces, un día, un camionero se detuvo y dijo: "¡Claro que vi un circo! Pasaron por el pueblo vecino hace unos días. Iban en dirección al sur." La cara de Remigio se iluminó. "¡Ese es mi circo!" exclamó. Aymara y Mama Killa ayudaron a Remigio a subirse al camión. Aymara sintió una punzada de tristeza al despedirse del payaso. Se había encariñado mucho con él. Remigio, al ver la tristeza en sus ojos, le dio un fuerte abrazo. "Gracias, Aymara," dijo. "Nunca olvidaré tu amabilidad. Eres una niña muy especial." Antes de partir, Remigio le regaló a Aymara una pequeña flor hecha de globos. "Para que siempre recuerdes que incluso en los momentos más tristes, siempre hay esperanza y amor en el mundo," le dijo. El camión arrancó y Remigio se despidió con la mano mientras se alejaba. Aymara se quedó mirando el camión hasta que desapareció en la distancia. De vuelta en casa, Aymara abrazó a Mama Killa. "Lo extrañaré," dijo Aymara. Mama Killa le sonrió. "El amor que le diste a Remigio lo acompañará en su camino," dijo. "Y tú siempre tendrás el recuerdo de haber ayudado a alguien que lo necesitaba." Aymara sonrió. Sabía que Mama Killa tenía razón. El amor que había sentido por Remigio era algo especial, algo que la hacía sentir feliz y orgullosa. Pasaron los días, y Aymara nunca olvidó a Remigio. Un día, un circo llegó al pueblo de Aymara. Aymara corrió emocionada al circo, con la esperanza de ver a Remigio. Y allí estaba, en el centro de la pista, con su maquillaje impecable y una sonrisa radiante. Al ver a Aymara, Remigio corrió hacia ella y la abrazó. "¡Aymara! ¡Viniste!" exclamó Remigio. Aymara sonrió. "No me perdería esto por nada del mundo," dijo. Remigio invitó a Aymara y a Mama Killa a ver el espectáculo. Aymara se maravilló con los malabaristas, los trapecistas y los animales amaestrados. Pero lo que más le gustó fue ver a Remigio, radiante de alegría, haciendo reír a todos con sus payasadas. Al final del espectáculo, Remigio llamó a Aymara al escenario. La presentó al público como la niña que lo había ayudado a encontrar su camino de regreso al circo. El público aplaudió a Aymara con entusiasmo. Aymara se sintió avergonzada, pero también muy feliz. Sabía que había hecho algo bueno, algo que había llenado su corazón de amor y alegría. Y supo que el amor, incluso el amor por un payaso perdido, podía hacer del mundo un lugar mejor.
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