El Banquete Celestial de Don Divino
Diana, Luis, Daniel y sus amigos descubren un jardín secreto donde conocen a Don Divino, un artista que resulta ser Dios. Disfrutan de un banquete celestial lleno de sabores mágicos y aprenden que cada uno de ellos también es un artista capaz de crear cosas maravillosas, pintando el mundo con amor y alegría.

Diana, Luis, Daniel, y sus amiguitos vivían en un pequeño pueblo llamado Colores Vivos. Era un lugar donde el sol siempre brillaba y las flores cantaban melodías silenciosas. Un día, mientras jugaban al escondite en el parque, encontraron una puerta que nunca antes habían visto. Era una puerta de madera pintada con estrellas fugaces y nubes de algodón de azúcar. Con cautela, Diana giró el pomo y la puerta se abrió con un suave susurro. Al otro lado, no había un pasillo oscuro ni un sótano polvoriento, sino un jardín exuberante y brillante. Árboles frutales cargados de frutas resplandecientes se alzaban hacia el cielo, y un río de chocolate caliente burbujeaba alegremente. En medio del jardín, sentado en un caballete gigante, había un hombre con una barba larga y blanca y ojos que brillaban como las estrellas. Llevaba un delantal manchado de todos los colores imaginables y una sonrisa tan cálida que iluminaba todo el jardín. "¡Bienvenidos, pequeños!", dijo el hombre con una voz resonante pero amable. "Soy Don Divino, y este es mi taller de sabores." Los niños, asombrados, se acercaron a Don Divino. Daniel, siempre el más curioso, preguntó: "¿Eres… Dios?". Don Divino soltó una carcajada melodiosa. "Podríamos decir que sí. Soy el artista de la vida, el creador de todos los sabores y colores que disfrutan. Y hoy, les invito a un banquete muy especial." Don Divino señaló una mesa larga y llena de manjares increíbles. Había nubes de merengue que sabían a risas, helado de arcoíris que cambiaba de sabor con cada lamida, y galletas con forma de animales que cobraban vida en la boca. "Todo lo que ven aquí", explicó Don Divino, "es una creación mía. Cada sabor, cada textura, cada color, es una pincelada de amor y alegría." Diana, Luis, Daniel y sus amigos se sentaron a la mesa, maravillados. Probaron las nubes de merengue, que les hicieron cosquillas en la nariz y les llenaron el corazón de felicidad. Comieron el helado de arcoíris, que les transportó a mundos imaginarios llenos de aventuras. Y mordisquearon las galletas de animales, que les contaron historias divertidas en sus oídos. Mientras comían, Don Divino les contaba historias sobre cómo había creado el mundo, cómo había inventado los colores y cómo había descubierto los sabores. Les explicó que cada ser vivo, cada planta, cada estrella, era una obra de arte única e irrepetible. Luis, que siempre había sido un poco tímido, se atrevió a preguntar: "Don Divino, ¿por qué haces todo esto?". Don Divino sonrió. "Lo hago porque amo crear. Amo ver la alegría en los rostros de mis creaciones. Y amo compartir la belleza del mundo con todos ustedes." Después del banquete, Don Divino les regaló a cada uno de los niños un pincel mágico. "Con este pincel", les dijo, "podrán pintar el mundo con amor y alegría. Recuerden que cada uno de ustedes es un artista, capaz de crear cosas maravillosas." Los niños, con los corazones llenos de gratitud, se despidieron de Don Divino y regresaron al parque. La puerta de madera con estrellas fugaces había desaparecido, pero el recuerdo del banquete celestial permaneció grabado en sus corazones. Desde ese día, Diana, Luis, Daniel y sus amigos vieron el mundo con nuevos ojos. Aprendieron a apreciar la belleza en las cosas pequeñas, a compartir la alegría con los demás y a usar sus talentos para hacer del mundo un lugar mejor. Recordaron siempre las palabras de Don Divino: "Cada uno de ustedes es un artista, capaz de crear cosas maravillosas." Y así, los niños de Colores Vivos se convirtieron en pequeños artistas, pintando el mundo con amor, alegría y, por supuesto, con los sabores deliciosos que habían aprendido de Don Divino, el artista más grande del universo. A veces, cuando el sol brillaba de una manera especial, juraban sentir el sabor de las nubes de merengue en el aire y escuchar las risas silenciosas de las galletas de animales. Sabían que Don Divino, el gran artista, siempre estaba cerca, pintando el mundo con su amor infinito.
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