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Gratis · elegí una vozEra el año 2045. Para Nico, un niño de siete años, la vida era muy distinta a la que le contaban sus abuelos. Su auto volador zumbaba por el cielo sin atascos, pues la Alameda, antes llena de autos, ahora era un parque gigante. Todo, absolutamente todo, llegaba volando en un instante gracias a los pequeños drones de delivery: su desayuno de cereal espacial, sus libros de realidad aumentada e incluso sus calcetines con luces.
Vivía con su mamá en un refugio de 20 metros cuadrados en el mismísimo centro de Santiago. Era pequeño, pero acogedor, con paredes que cambiaban de color según su estado de ánimo. Por las noches, antes de dormir, Nico encendía la tele, que proyectaba historias holográficas en el techo, y se dormía soñando con robots y viajes intergalácticos.
Una mañana, a las cinco de la mañana, Nico se despertó sintiéndose muy mal. Le dolía la garganta y su nariz parecía una cascada. Se sentó en la cama, tosiendo, y llamó a su mamá. Ella, preocupada, le tomó la temperatura con un termómetro láser. ¡Estaba ardiendo!
“Tenemos que conseguir un número en el centro de salud familiar”, dijo su mamá, con el ceño fruncido. “Ojalá nos atiendan hoy”.
En el año 2045, aunque la tecnología era asombrosa, conseguir una cita médica seguía siendo una aventura. La mamá de Nico sacó su tablet y comenzó a llamar al centro de salud. La línea estaba ocupada. Intentó una y otra vez, pero nada. Era como intentar atrapar una estrella fugaz.
“¡No puede ser!”, exclamó la mamá, frustrada. “¡Llevo una hora intentando!”.
Nico, con la carita pálida, la miraba con ojitos tristes. Se sentía cada vez peor.
De repente, escucharon un ruido extraño afuera. Un zumbido que no era el de un auto volador. Era el sonido de los drones… ¡pero algo andaba mal! Los drones volaban de manera errática, chocando entre sí y contra los edificios. Algunos caían al suelo, dejando caer paquetes de comida, juguetes y medicinas.
“¡Qué está pasando!”, exclamó Nico, asombrado.
Su mamá encendió la tele. La pantalla se llenó de imágenes de drones descontrolados por toda la ciudad. Un presentador con cara de susto explicaba que una tormenta solar había afectado los sistemas de navegación de los drones, dejándolos completamente fuera de control.
“¡Los drones no vuelan!”, gritó Nico, con los ojos como platos. Era la primera vez que veía algo así.
La mamá de Nico suspiró. “Esto significa que no podremos pedir un drone para que nos lleve al centro de salud. Tendremos que ir caminando”.
Nico se sintió aún peor. Caminar le dolía, pero sabía que no había otra opción.
Se abrigaron bien y salieron a la calle. La ciudad era un caos. La gente corría de un lado a otro, tratando de esquivar los drones descontrolados. Algunos reían, otros lloraban. Era como una fiesta loca y peligrosa.
Mientras caminaban, Nico vio algo que le llamó la atención. Un grupo de niños estaba ayudando a recoger los paquetes que habían caído de los drones. Los organizaban por tipo y los llevaban a un centro comunitario.
“¡Mira, mamá!”, dijo Nico, señalando a los niños. “¡Están ayudando!”.
La mamá de Nico sonrió. “Sí, hijo. A veces, cuando las cosas se ponen difíciles, lo mejor que podemos hacer es ayudarnos mutuamente”.
Nico sintió un calorcito en el pecho. Quizás, después de todo, no era tan malo que los drones no volaran. Quizás era una oportunidad para hacer algo bueno.
Llegaron al centro de salud familiar, cansados y con la ropa sucia. La fila era enorme, pero Nico y su mamá se armaron de paciencia. Mientras esperaban, Nico conoció a otros niños que también estaban enfermos. Compartieron sus juguetes y se contaron historias.
Finalmente, después de muchas horas de espera, llegó su turno. El doctor, con una sonrisa amable, examinó a Nico y le recetó un jarabe mágico para la tos.
De regreso a casa, Nico se sentía un poco mejor. No solo por el jarabe, sino también por haber ayudado a los niños a recoger los paquetes y por haber hecho nuevos amigos en el centro de salud.
Esa noche, antes de dormir, Nico le dijo a su mamá: “Mamá, aunque los drones no volaron hoy, fue un día especial. Aprendí que lo más importante es ayudar a los demás”.
Su mamá lo abrazó fuerte. “Tienes razón, hijo. Y recuerda, incluso en el futuro más avanzado, la bondad y la solidaridad siempre serán lo más importante”.
Nico se durmió soñando no con robots y viajes intergalácticos, sino con niños ayudando a otros niños y con la sonrisa amable del doctor. Y supo, en lo más profundo de su corazón, que incluso cuando los drones volvieran a volar, nunca olvidaría el día que los drones no volaron.
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